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Dioh mío…


Felipe Cayupi fue el primer niño que me hizo sentir que todos los sacrificios realizados para cambiar mi destino y convertirme en profesor habían valido la pena. Lo conocí durante mi práctica de observación inicial en el segundo año de universidad, en 2008. Felipe cursaba el octavo año básico en un prestigioso colegio del sector de Bajo Molle en Iquique.

Al finalizar mi práctica, Felipe se acercó a mí con una mezcla de timidez y determinación. En sus manos sostenía un pergamino que había confeccionado con esmero: una hoja de papel envejecido, con los bordes quemados, evocando la apariencia de un antiguo mapa de tesoro pirata. Con una sonrisa nerviosa, me confesó que había decidido escribir el mensaje en su computadora, consciente de que su caligrafía podría desvirtuar la profundidad de sus palabras.

Ese pergamino, que aún conservo dieciséis años después, es un testimonio tangible de la conexión que logramos establecer. Cada vez que lo miro, siento una presión en el pecho que me emociona hasta el alma, recordándome por qué elegí esta noble profesión.

Este recuerdo se ha vuelto aún más significativo este año, cuando conocí a un joven profesional recién egresado de la universidad, licenciado en la misma disciplina que yo. Su nombre es Benjamin Norambuena, y no tengo más que elogios para él, tanto en el ámbito profesional como personal. A lo largo del año, hemos compartido innumerables experiencias que me han permitido constatar su extraordinaria capacidad y su calidad humana.

Hace apenas una semana, cuando los estudiantes terminaron el año y la vorágine del quehacer diario dio paso a tareas más tranquilas, tuve la oportunidad de conocer una faceta más personal de Benjamin. Después de un año compartiendo logros y vicisitudes, habíamos desarrollado una amistad, al menos de ese tipo que se forja en el trabajo.

Un día, Benjamin me dijo: "Tengo veintiocho años", y su respuesta me dejó sin palabras. Traté de disimular mi sorpresa, pero fue en vano. La idea de que aquel niño del pergamino ahora fuese mi colega era demasiado poderosa para ignorarla. En ese momento, comprendí que nuestra conexión iba más allá de la simple camaradería laboral; era una conexión de almas dedicadas a la misma misión, a veces luminosa, a veces infernal, pero siempre significativa.

Nos separan casi veinte años, pero admiro profundamente la valentía profesional y el agudo sentido del humor de Benjamin. Sin que él lo sepa, hoy lo admiro aún más, porque inevitablemente lo asocio con el pequeño Felipe, y me reconecta con esa satisfacción de haber elegido esta profesión. En la calma que siguió al torbellino del fin de año escolar, tuve la oportunidad de conocer a Benjamin en una dimensión más personal. Descubrí en él no solo a un colega brillante, sino a un ser humano excepcional, alguien que, a pesar de su juventud, comparte conmigo la misma pasión por la enseñanza y el mismo compromiso con los estudiantes.

Así, en medio de nuestras diferencias generacionales, encontramos un terreno común, un espacio donde la experiencia y la juventud se entrelazan, enriqueciendo nuestra labor y fortaleciendo nuestras metas comunes. Y es en esa conexión, en ese reconocimiento mutuo, donde reside la verdadera esencia de nuestra profesión.

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