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El Dios del trueno.


Me considero una persona despreciable, y bien ganado tengo ese título principalmente por ser prejuicioso y estereotipado. Permítanme ponerlos en contexto. Hace algunos meses llegó a trabajar a la oficina un hombre joven, ingeniero de profesión, muy diferente a todos los primates tercermundistas que aquí habitamos. Oliver Andersson, logistic project manager and buyer de la casa central en Europa, llegó a la oficina en febrero de este año. El desgraciado provocó tremendo revuelo desde que llegó porque, para sorpresa de todos, hablaba un español casi perfecto y su personalidad era muy afable. Obviamente, no me permito opinar sobre su calidad profesional porque no tengo dudas de su talento; sin embargo, son otras las cosas que provocaron mi inicial rechazo. Pónganse en mi lugar por tan solo un momento, por favor. Me gusta mi trabajo, llevo varios años en la empresa y la relación con mis compañeros es bastante cordial, no me quejo. Cada mañana, luego de preparar mi moccachino sin azúcar, saludaba a todos los nativos de la reserva. Ninguno destacaba mucho, quizás Laura por su juventud y jovialidad, como así también el inagotable joven en práctica que este año era un flaco muy alto con una actitud voluntariosa extrema. En fin, nada fuera de lo común, pero todo eso cambió cuando llegó Oliver. Él, con su metro noventa, cabello rubio y largo, piel blanca, ojos azules, rasgos atractivos y contextura física atlética, provocaba un contraste abismal con todos nosotros. Francamente, era envidia lo que nubló mis pensamientos al principio y el gran arsenal de prejuicios viles que todos tenemos bien instalados en nuestros corazones. Naturalmente, su llegada provocó una revolución; incluso la señora Marianne, nuestra jefa con rostro de panteón, severa e inmutable, fue seducida de inmediato por el brillo del sueco, lo que provocaría el primer cambio significativo dentro de la oficina. Todo giraba en torno a este hombre: los cafés de la mañana, el almuerzo en el casino de la empresa, el café de la tarde, todo giraba en torno a este tipo. Con su carisma y ciertamente por su trabajo, había influido profundamente en todos y, lo reconozco, también en mí. No pasó mucho tiempo antes de que nuestra secretaria del piso ocupara todo su arsenal de mujer con el objetivo de conquistar al rubio y conseguir una nueva bendición. Para sorpresa de todos, un día don Genaro, nuestro mentor y miembro más antiguo del equipo, se acercó a Oliver para advertirle de los avances predatorios de esta viuda negra. Fue una mañana, mientras conversábamos un café discutiendo los últimos caprichos de uno de los proveedores y, sin mediar pretextos o contextos, el viejo comenzó a hablar con él. Esta historia es de prejuicios y nada más prejuicioso que un tipo de sesenta y tres años que no tiene pelos en la lengua para disparar en contra de las madres solteras y cómo ellas habían sido las responsables de la destrucción de la sociedad. Oliver poco lograba entender lo que el viejo le decía y, por su rostro de desconcierto, quise intervenir para salvar el momento y traducir el mensaje en palabras más sencillas. Ese día reímos y compartimos como nunca lo habíamos hecho; el rostro de espanto del sueco sirvió como punto de unión de varias generaciones de miembros de la oficina que usualmente compartíamos en reuniones técnicas o de negocios, pero producto de la vorágine laboral, nos habíamos distanciado un poco, relegados a nuestros escritorios y encuentros fugaces junto a la cafetera. Así fue como poco a poco comencé a dejar de ver con prejuicios a Oliver y di más importancia a la manera en que su vibra nos había transformado a todos.

Tiempo después, notamos que Laura había cambiado su actitud con Oliver y también con todos nosotros, seguramente por haberla expuesto. Profesional siempre, eficiente con su trabajo, pero ciertamente distante y ofendida con todos por haber arruinado sus planes. Para mí era algo muy chistoso y se sentía como un logro colectivo el haber salvado al rubio de sus garras. El que no lo pasó muy bien fue Oliver, que lamentaba profundamente la actitud de la secretaria. Un día, Oliver me pidió si podíamos conversar luego del trabajo. Había algo extraño en su actitud, lo que me llamó profundamente la atención, por lo que decidí invitarlo a mi departamento para que pudiésemos conversar sin problemas. Era la primera vez que invitaba a un colega del trabajo a mi hogar, pero sabía que esta ocasión sería especial; era el sueco, no me podía negar. Conversamos por horas, conocí detalles de su vida en Estocolmo y de la ciudad en donde había nacido, Sigtuna. En buen chileno, esa fue una tarde de corazón abierto, porque Oliver, en una inusitada candidez, me dijo lo acongojado que lo había dejado lo sucedido con Laura en el trabajo. Ese día toda mi mala vibra y prejuicios se acabaron; me sorprendió que el sueco se mostrara como un ser humano común e igual al resto. Obviamente siempre lo había sido, el problema era que yo lo había tachado con todos mis problemas mentales e idioteces de las que él nada era culpable. Me explicó que él no tenía interés en tener una relación íntima con nadie, ni hombres ni mujeres. Dijo que le gustaba conocer personas y ser amigo de ellas, pero nunca buscaba algo más. Le dije que debía entender que él era diferente, muy atractivo como para pasar desapercibido y era inevitable que provocara algo en la piel de los demás. Me di cuenta de que mis palabras no tendrían ningún significado para él porque era obvio; si había nacido en un país donde todos eran hijos de Odín, cualquier cosa que yo argumentara sería fútil para su perspectiva.

Bebimos demasiada cerveza esa noche, pero tuve la oportunidad de conocer mejor a un tipo que también era tan loco y extraño como yo. Cuando el sueco cerró los ojos en medio de una oración y se quedó profundamente dormido, me di cuenta de lo sencillo que era y lo equivocado que yo había estado. Quedó en una posición bastante cómoda para ser tan grande y estar arrellanado en un sofá de tres cuerpos que le quedaba bastante chico. Como no tenía la fuerza para cargarlo y llevarlo a una cama, decidí cubrirlo con una cobija y dejarlo ahí. Antes de irme a acostar, me detuve a contemplarlo por un momento. "El Dios del trueno duerme en mi sofá", dije. "Más te vale no vomitar, maldito Thor", pensé mientras apagaba la luz y me retiraba tambaleándome en busca de mi cama.

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