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El último discurso.


El patio principal del colegio estaba lleno, pero el ambiente era distinto esta vez. No era solo otro evento más; era el último discurso de un profesor que había dejado una marca indeleble en cada uno de los presentes. Se escuchó un murmullo de anticipación mientras el profesor Alejandro subía al escenario. Con un ligero temblor en las manos, ajustó el micrófono y miró a la audiencia. Había tanto que quería decir, tanto que aún no había dicho.

“Señora Directora, Directoras de Ciclo, Profesores, Padres, Apoderados, Alumnos y Personal Administrativo, muy buenas tardes,” comenzó, su voz llenando el espacio con una mezcla de solemnidad y calidez. “La literatura siempre estuvo presente en todos los años que compartimos. Estoy seguro de que jamás olvidarán mis singulares evaluaciones. Hoy, tengo la certeza de que ninguna de las referencias que utilizaré les será indiferente.”

Las palabras fluían como un río que había contenido su fuerza durante demasiado tiempo. Habló de Cervantes, de cómo conocer a alguien era dejarlo hablar, porque de lo que hay en el corazón, hablará la boca. Y así, no escatimó en palabras honestas, dejando que su corazón hablara por él.

“Con Tolkien aprendimos el valor de generar férreos lazos entre las personas que emprenden el mismo camino,” continuó, y sus ojos se detuvieron un momento en un grupo de estudiantes de séptimo año. Recordó cómo muchos habían criticado su cercanía con los estudiantes, pero él sabía que esa cercanía era el fruto de la pasión y el compromiso. Como dijo Bilbo, no valía la pena escuchar a la mitad de esas voces, ni la mitad de lo que querría, y lo que querría era menos de la mitad de lo que la mitad de esas voces merecía.

Alejandro no pudo evitar sonreír al recordar a los pequeños que siempre perdían sus cosas. “Mr, ¿dónde está mi cuaderno?” o “Mr, no encuentro mi estuche”, esas preguntas eran parte de su día a día. Pero esas pequeñas crisis les enseñaron a ser responsables, a entender que su infancia estaba acabando y que debían tomar las riendas de sus vidas.

“El compromiso de los padres y apoderados fue fundamental,” añadió, recordando a aquella madre que disciplinaba a su hijo desde la puerta de la sala, mientras el pobre buscaba su libro de inglés por enésima vez. Era en esos momentos donde la verdadera educación acontecía, más allá de los libros y las aulas.

Con un suspiro, recordó el montaje teatral de octavo. La noche del solsticio de verano, con sus bendiciones de hadas y duendes, era el símbolo perfecto para un nuevo comienzo. “Hipólita y Teseo, interpretados por Paulina y Martín, nos enseñaron que el verdadero amor puede deponer hasta la más funesta semilla de odio. Heather y Javiera, en los roles de la orgullosa Titania y la transgresora Helena, nos enseñaron que cuando el corazón cree verdaderamente en algo, nada puede detenerlo o doblegarlo.”

Las palabras de Calderón de la Barca resonaron en su mente mientras las compartía con sus estudiantes: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ficción; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Y esperaba que esas palabras hicieran eco en sus corazones, dándoles la tranquilidad para seguir persiguiendo sus sueños hasta convertirlos en realidad.

No podía olvidar al doctor Heinrich Fausto. “En los años venideros, tengan cuidado cuando se topen con un andrajoso perro negro mientras caminan por la calle. Es muy probable que sea Mefistófeles tentándolos a firmar un pacto,” advirtió, con una sonrisa melancólica. “Pero no olviden sus valores morales en la vorágine por alcanzar la gloria. Honestamente, espero que la experiencia del doctor Fausto los acompañe toda la vida, para que jamás sean soberbios en el camino al éxito.”

Se permitió un momento de reflexión sobre su propio papel como profesor jefe. Sabía que a veces había sido jactancioso, creyendo que sus consejos eran siempre los mejores. Pero también sabía que había actuado con la convicción de alguien que se entregaba completamente a sus alumnos, conjugando su formación profesional con los valores inculcados por sus padres.

“Queridos jóvenes, si creen que con sus cortos años ya han cometido graves errores, tengan la seguridad de que en los años que les restan cometerán muchos más,” dijo con una firmeza que no dejaba lugar a dudas. “Pero ¡oh vosotros que aquí estáis, jamás abandonéis toda esperanza! Porque precisamente con errores, el ser humano es capaz de forjar su carácter. Tener la fuerza y valor para redimir nuestros actos, aceptar que nos hemos equivocado y ser capaces de resarcir nuestras faltas, nos hacen acreedores de un corazón noble.”

Alejandro hizo una pausa, sus ojos brillando con una mezcla de tristeza y determinación. “Querida generación, quisiera retener este momento por siempre. Pero no puedo darme el lujo de ser tan egoísta. No podemos transformar esta hermosa historia en una inagotable espera. Godot no llegará nunca. Deben ser ustedes los que se levanten y sigan adelante por el camino.”

El salón estaba en silencio absoluto. Las anécdotas de la ruta a Lima, el deseo de Fabián por un café de moda, los bailes de Piera y Heather en Tacna, las bromas de Fu-Yen y las travesuras nocturnas en el hotel; todo parecía cobrar vida a través de sus palabras. “Seguramente seríamos capaces de igualar a Pedro Camacho volviendo a relatar estas historias, y quisiera que incorporaran en sus vidas la misma pasión que tenía este escritor boliviano.”

Finalmente, habló de Meursault y de cómo siempre seríamos extranjeros en un mundo que no nos entiende. “Vivan sus vidas honesta y firmemente,” les dijo. “Sean fieles cada día que pisen esta tierra y, con la gracia de Dios, se encuentren con vida y salud, para que con todas sus facultades, dejen una huella permanente, que brillen disfrutando de sus vidas en lo que decidan ser. Que pueda sentir su fulgor desde donde quiera que se encuentren, y tengan la certeza de que toda la vida, estaré orgulloso de todos ustedes. Muchas gracias.”

Y con eso, el profesor Alejandro Pinto Rojas dejó el escenario. Fue un adiós cargado de emoción e intensidad, un momento que ninguno de los presentes olvidaría jamás. Con su partida, la escuela perdió no solo a un maestro, sino a un guía, a alguien que había sabido tocar los corazones de todos con la magia de la literatura.

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