“Yo no leo libros, maestro”, respondió Joaquín con una convicción que sorprendió a su profesor de Literatura. Este, enfurecido, decidió templar su reacción con una sonrisa pobre. El maestro había preparado una actividad para esta primera clase del año, la cual consistía en la lectura de un cuento del escritor chileno José Miguel Varas, llamado "Conducta de un gato". Era conocido por su aulirofilia, por lo que el anuncio del título de la lectura provocó risas entre los alumnos que lo conocían de años anteriores. Sin embargo, este año contaba con algunos estudiantes nuevos, provenientes de otras escuelas de la ciudad, con conductas e historias muy diferentes.
La clase de Literatura, típica en su estructura, se centraba en la lectura en voz alta y la aplicación de estrategias de comprensión. Joaquín, quien no disfrutaba leer, se sintió instantáneamente disgustado. En su escuela anterior apenas aprobó gracias a trabajos en grupo y tareas realizadas por sus amigos. Ver la disposición inmediata de sus compañeros ante la idea de leer sobre gatos le sorprendió aún más. Los alumnos, sin que el maestro se los solicitara, ya tenían sus estuches abiertos con lápices de colores listos para subrayar ideas principales, nombres de personajes y descripciones, cada una con colores distintos. Habían registrado la fecha en sus cuadernos, titulando la hoja con "Bitácora de lectura". Joaquín, aún con la mochila puesta, guardó a regañadientes su celular.
Cuando llegó su turno de leer en voz alta, su humor ya estaba demasiado deteriorado para participar. Su frustración le impedía prestar atención a la lectura, bloqueado por una sola idea: “yo no leo libros”. El maestro, con el mejor ánimo, le instó a leer, explicando que su objetivo era evaluar las competencias iniciales de todos para hacer el debido acompañamiento durante el primer trimestre. Este argumento no tuvo impacto en Joaquín, quien mantenía su estado de negación absoluta. Juan Pablo, el estudiante más pícaro del curso, intervino: "Amigo, con el maestro tenemos una regla: nadie se burla o molesta a un compañero mientras lee. No te imaginas cómo leíamos cuando recién llegamos a esta clase". Su intervención provocó la risa explosiva de toda la clase, ya que todos conocían la trayectoria de Juan Pablo y cuánto había mejorado desde su llegada al colegio un año antes.
Derrotado, Joaquín comenzó a leer, pero al estar distraído, su compañero de banco le ayudó a ubicar el punto en que debía continuar. Como era de esperar, su lectura fue horrible: sin fluidez y sin ritmo adecuado, tartamudeando y esforzándose para iniciar y terminar oraciones. Nadie dijo nada ni se atrevió a molestarle mientras vivía su martirio. Al finalizar, sus compañeros aplaudieron espontáneamente, especialmente Juan Pablo, que lo observaba con orgullo desde el otro extremo de la clase. Joaquín no sabía qué pensar ni cómo reaccionar. Al dejar de leer, se dio cuenta de que estaba completamente sudado, con las manos transpiradas y la polera mojada en la espalda. Su compañero de asiento le murmuró: "Bien hecho, Joaquín". Sintió ganas de llorar, pero como un hombre grande de doce años, no se permitió dar ese espectáculo en público.
La clase continuó, pero ahora Joaquín estuvo atento a la lectura e incluso acertó algunas de las anticipaciones que el maestro proponía durante las pausas. Antes de finalizar, el maestro les propuso un par de preguntas para trabajar en sus bitácoras, y Joaquín sintió que por primera vez podía hacer una actividad de Literatura por sí mismo. No obstante, sus miedos seguían presentes y el fantasma de fracasar lo abrumaba. En una conducta poco habitual, buscó ayuda en su compañero de banco, preguntándole si podían trabajar juntos en la actividad. Le sorprendió que su compañero accediera sin problemas e incluso le ayudara con su terrible ortografía. Joaquín seguía pensando que había llegado a un lugar extraño, pero muy en su interior se había encendido una pequeña llama que, con el paso del tiempo, provocaría grandes cambios en él.
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Joaquín regresó a casa ese día con una tormenta de ideas en la cabeza, como un huracán que amenazaba con arrasar todo su ser. Todo lo que había vivido en la clase del maestro de literatura, la actitud de sus compañeros y, sobre todo, la inesperada felicitación por su tarea terminada, lo habían dejado consternado. Se debatía entre las arraigadas ideas de su flojera crónica y su constante autoconvencimiento de ser un desastre para el estudio. Desde que tenía memoria, había sido un estudiante del montón, si no peor. Tampoco era algo que le motivara cambiar, ya que en casa su padrastro siempre lo había considerado un bueno para nada. Su madre, sumida en su propia miseria, se limitaba a proveerle alimento y abrigo. Rara vez lograba pronunciar una palabra de aliento, mucho menos una felicitación por algo del colegio. De hecho, desde que había comenzado la escuela, su madre solo había sido citada constantemente por problemas de disciplina o bajas calificaciones.
Joaquín estaba sumergido desde hacía años en un océano de mediocridad, y aquel día había sentido, por primera vez, que varias manos lo alentaban a salir a la superficie y poder respirar. Cuando bajó del colectivo que lo llevó a la parte más alta de la ciudad, caminó con una actitud aún peor de la acostumbrada. Su furia se manifestó al patear una piedra con tal fuerza que dio de lleno en un portón de metal de una casa cercana, provocando que una jauría de perros comenzara a ladrarle con furia. Una mujer de aspecto vulgar salió de la casa y lanzó una perorata de insultos dirigidos a Joaquín. Sin embargo, el ruido de su agitado pecho no le permitió escucharla y siguió caminando, ignorándola por completo.
Cuando llegó a su casa, se encontró con la escena de siempre. Su madre y padrastro gritándose desde extremos opuestos de la habitación, el perro en el patio, alterado por el escándalo, ladraba sin parar, convirtiendo la escena en algo mucho peor de lo habitual. Inadvertido como de costumbre, Joaquín se dirigió directamente a su habitación y se dejó caer sobre la ropa desordenada que llevaba días acumulándose sobre su cama. Quería gritar, pero pensó que el ruido de sus padres era suficiente. Nadie se acordó del almuerzo de Joaquín ese día, y él borró de inmediato todas las ideas de oportunidad que habían germinado durante aquel día de escuela. Sin comida y sin esperanza, durmió toda la tarde. En el teléfono que sostenía con su mano, un video se repetía una y otra vez, y en su rostro, lágrimas silenciosas caían sin cesar.
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Al día siguiente, Joaquín llegó temprano al colegio con la sensación de haber arribado a un lugar mejor que su antigua escuela y, sobre todo, mejor que quedarse en su casa. Allí tenía un espacio y existía para otros. Sin embargo, lo vivido la tarde anterior lo había dejado más sombrío que de costumbre. La primera clase de la mañana era de matemáticas y estaba seguro de que sería un nuevo martirio; a diferencia de la clase de Literatura, no tenía esperanzas de salir victorioso por ninguna parte.
Mientras estaban formados para el saludo diario del rector, Juan Pablo se acercó a él y lo saludó de una manera que afectó su ya frágil humor. Este pequeño estaba lleno de energía y, en más de una ocasión, el profesor Juan le llamó la atención mientras el rector hablaba. Con una sensibilidad inesperada, Juan Pablo invitó a Joaquín a trabajar juntos en la clase de matemáticas. Sus otros compañeros, al escuchar esto, se burlaron de inmediato, conscientes de que él estaba lejos de ser un prodigio en esa materia. Las bromas no desalentaron a Juan Pablo, quien le susurró al oído a Joaquín que no sabía mucho de matemáticas, pero que con esfuerzo y la ayuda del profesor Juan, había logrado mejorar sus notas. Le animó a seguir su ejemplo, contando cómo el año anterior había tenido dificultades para seguir el ritmo del resto de sus compañeros y cómo deseaba ayudarlo.
Joaquín se sintió más devastado por la actitud solidaria de Juan Pablo que por los casi imposibles ejercicios que trataron de explicarle ese día. Se enfrentaba a la imposibilidad de procesar las buenas acciones y no sabía cómo manejar la emoción de ser acogido por alguien y recordar una mano amiga. Lo más desconcertante fue que el profesor Juan le informó que iba a inscribirlo en los talleres de reforzamiento para cubrir sus grandes lagunas en matemáticas. “Vamos a empezar por aprender las tablas de multiplicar, jovencito”, dijo con vehemencia, pero su mirada no transmitía severidad; al contrario, Joaquín sintió una calidez inusitada en su interior.
En ese extraño lugar, rodeado de personas tan diferentes a las que había conocido durante su corta vida, Joaquín comenzaba a creer que podía llegar a ser algo que nunca antes se había imaginado. Y lo mejor de todo era que había otros con condiciones similares, historias no tan diferentes, pero todos con la misma idea de poder ser un poco mejores cada día.
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