Los animales tienen la capacidad innata de percibir las energías de las personas, y es en función de estas vibraciones que determinan su comportamiento. En lo que a mí respecta, ha pasado mucho tiempo desde que dejé atrás la larga noche, y aquellos días de malas vibras y pensamientos oscuros quedaron en el olvido. Las circunstancias que me llevaron a atravesar mi propio infierno y alcanzar el paraíso son historias para otro momento. Hoy, mi propósito es ilustrar lo que sucede cuando una persona elige vibrar en una frecuencia alta y se esfuerza por mantener ese estado de armonía.
Detenerme a observar el comportamiento de las aves es una costumbre que adquirí hace muchos años, durante un viaje de trabajo a Playa del Carmen. Agobiado por el calor del amanecer de un día de mediados de noviembre, decidí levantarme y esperar el desayuno sintiendo la brisa marina en el balcón de mi habitación. En esa parte del resort, la vegetación era más abundante y los árboles de frondoso follaje dominaban el paisaje. En el más grande de ellos, se llevaba a cabo una importante reunión de todas las colectividades y familias de aves de esa región del Caribe mexicano. Cada delegación estaba compuesta por varios miembros, todos dispuestos a discutir sus propios asuntos. Ajeno a la complejidad de la estructura social de las aves, me limitaba a contemplar cómo las infinitas voces que entraban y salían de aquel árbol generaban un canto que, en ocasiones, era melodioso y, en otras, se convertía en un armonioso caos.
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Este domingo, decidí regalarme una tarde junto al mar. Decidí salir a caminar por la avenida que bordea la playa de La Serena, entre el casino de Peñuelas y el Faro monumental. Una paz interior tan profunda me permitía percibir el mundo con una claridad y una calma extraordinarias. Creo que era el único que caminaba con una sonrisa en la cara, disfrutando del aire, el viento y el fuerte aroma de las plantas costeras. Como era de esperarse, me dediqué a observar atentamente a cada ave con la que me topaba.
A medio camino, después de una larga caminata, decidí sentarme en un banco que miraba a la playa. La brisa marina acariciaba mi rostro y el susurro de las olas parecía contarme historias en un idioma antiguo. Cerré los ojos por un momento, permitiendo que la serenidad del entorno me envolviera completamente. Fue entonces cuando sentí una ligera agitación a mi lado.
Abrí los ojos y vi a un zorzal posado en el respaldo del banco, a escasos centímetros de mi hombro. Me percaté de que el ave me observaba con curiosidad, emitiendo suaves trinos que llenaban el aire con una armoniosa cadencia. Sumido aún en mi paz interior, sonreí y decidí asumir que el zorzal estaba allí para conversar conmigo.
—Hola, pequeño —dije, respetando los intervalos exactos en que el zorzal guardaba silencio—. Qué maravilloso es verte aquí.
El zorzal lanzó un trino prolongado, y yo le devolví una sonrisa, interpretando sus sonidos como si fueran palabras.
—¿Por qué la gente ensucia la playa? —imaginé que me decía—. Me temo que algunos aún no comprenden la importancia de cuidar nuestro hogar, de preservar la belleza que nos rodea.
El zorzal emitió otro trino, esta vez más agudo.
—Es cierto, las palomas... han cambiado sus costumbres —continué—. Pero ¿no es acaso adaptarse parte de la vida misma? Cada criatura encuentra su camino, aunque a veces nos parezca extraño o no nos guste.
El zorzal inclinó la cabeza, como si ponderara la respuesta. Luego emitió una serie de sonidos rápidos y melódicos.
—Las gaviotas, sí. Es triste ver cómo han disminuido —seguí hablando—. Quizá han encontrado otros lugares donde el mar es más generoso, o quizás nuestras acciones las han ahuyentado. Debemos aprender de estos cambios, entender que todo está conectado.
De pronto, ambos permanecimos en silencio, compartiendo una comunión que iba más allá de las palabras. En aquel intercambio, tuve la certeza de haber encontrado una confirmación más de mi nueva vibra interior, de mi capacidad para conectar con el mundo natural de una manera profunda y significativa.
Finalmente, el zorzal emprendió vuelo, dejándome con una sensación de gratitud y renovación. Me levanté del banco, dispuesto a continuar mi camino, sabiendo que la paz que llevaba dentro era un faro que iluminaba mi vida y la de aquellos que, de una forma u otra, se cruzaban en mi camino.

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