A pesar de saber poco sobre él, Morgomir se convirtió en un miembro integral de nuestro grupo. Su sentido del humor directo y ocasionalmente mordaz nos hacía reír, y su actitud respetuosa y alegre nos hizo sentir como si fuera uno de nosotros. Era asombroso cómo había absorbido nuestra cultura y nuestro lenguaje, bromeando y hablando como si fuera un chileno más. Su presencia en nuestro grupo fue un recordatorio constante de que, a pesar de nuestras diferencias, podíamos encontrar una conexión profunda y significativa con personas de todo el mundo.
Recuerdo las noches interminables en aquel servidor pirata, donde el tiempo parecía detenerse mientras explorábamos los vastos paisajes de Azeroth. El juego no era solo una serie de batallas intensas y desafíos épicos, sino también un espacio para relajarnos, socializar y disfrutar del proceso de crecimiento y mejora de nuestros personajes. La emoción de explorar nuevos lugares, de descubrir secretos escondidos y de superar desafíos imposibles junto a mis compañeros de aventuras se convirtió en algo balsámico.
En aquel mundo virtual, encontré un sentido de pertenencia y propósito. La universidad podía ser abrumadora, pero en Azeroth, encontraba un refugio, un lugar donde podía ser yo mismo sin temor a juicios o expectativas. La emoción de la aventura me unía a mis compañeros en una hermandad indestructible. Éramos el elfo cazador, el gnomo mago, el humano guerrero, la draenei sacerdotisa... Cada uno de nosotros había creado un alter ego que nos permitía expresarnos de manera libre y auténtica.
La diversidad era nuestra mayor fortaleza. Éramos un grupo heterogéneo, compuesto por personas de diferentes edades, géneros, orígenes y estatus sociales. Sin embargo, en ese mundo virtual, las diferencias se desvanecían. No importaba si eras un adolescente en proceso de descubrirse a sí mismo o un adulto con responsabilidades familiares y laborales. En Azeroth, todos éramos iguales, unidos por nuestra pasión por la aventura y la exploración.
Con el tiempo, descubrimos detalles sobre las vidas reales de algunos de nuestros compañeros. Xoxo, el gnomo mago, provenía de una familia acomodada en Antofagasta. Hagan, el draenei chamán, era un hombre adulto con familia y negocios en Concepción. Había estudiantes, trabajadores, amigos y novios, todos unidos por su amor por el juego. Pero esas revelaciones no cambiaron nada. En el juego, seguíamos siendo la misma hermandad, unidos por nuestra pasión por la aventura y la exploración. Y eso era todo lo que importaba.
Mi propio viaje en Azeroth se entrelazó de manera inseparable con mi época universitaria, un período de cinco años que me transformó tanto como profesional como persona. La experiencia en Azeroth moldeó una parte esencial de mi ser, enseñándome sobre perseverancia, trabajo en equipo y la importancia de nunca rendirse ante los desafíos. Y aunque el tiempo ha pasado, los recuerdos y las lecciones aprendidas en ese mundo virtual siguen siendo una parte indeleble de quién soy hoy.
La mañana comenzó con un mensaje inesperado en la pantalla de mi teléfono: "Svartas, llamando". Sergio, nuestro líder de hermandad, había sido el creador de "Immortal Héroes" en uno de los primeros servidores latinos piratas del juego. Habían pasado más de quince años sin saber de él, por lo que su llamada me sorprendió.
Recuerdo que, en una ocasión, mientras subíamos nuestras profesiones secundarias, Svartas había propuesto que sería lindo hacer un encuentro en la vida real de toda la hermandad. En aquel entonces, fue algo que nos ilusionó a todos, pero también sabíamos que las distancias y nuestras propias vidas dificultarían que el sueño de nuestro líder se concretara.
"Sergio, ¿de verdad eres tú? ¡Qué bueno saber de ti!", dije cuando respondí la llamada. "Estoy reuniendo a la mayor cantidad de miembros que aún están disponibles para que hagamos algo", dijo Sergio con su característica cadencia. Ahora, como psicólogo, su voz mantenía la misma calma y autoridad.
Las siguientes semanas fueron una vorágine de ideas y preparativos para el reencuentro. Finalmente, se decidió que iríamos a la casa en Guanaqueros que tenía la familia de Marlon, nuestro humano guerrero con el que habíamos derrotado por primera vez a Ilidan en el Templo Oscuro. Quince miembros pudieron ser contactados y, con mochilas, sacos de dormir y una buena provisión de historias, llegamos a la cabaña.
Al llegar, noté que Sergio estaba inquieto, revisando su teléfono y los mensajes que le llegaban. Elegí el momento preciso para acercarme y preguntar qué pasaba, pero solo me respondió con evasivas. La tertulia del recuerdo y risas me agarró nuevamente, dejándome atrapado el resto de la noche.
La noche fue épica, con historias viejas y desconocidas que en su momento habían sido secretas. Supimos de romances, peleas, hasta un matrimonio entre facciones. Sin embargo, noté que Sergio estaba ansioso, esperando algo o a alguien.
Finalmente, la noche llegó a su fin y tuvimos que arreglarnos para dormir en la pequeña cabaña. "Vamos a ser diecisiete en una cabaña para ocho personas, así que vamos a tener que arreglárselas como podamos y dormir bien apretaditos todos", dijo Svartas con algo de picardía en su voz. Los más astutos capturaron las camas y sillones, mientras que el resto de nosotros nos acomodamos en cualquier lugar disponible, dispuestos a conciliar el sueño después de una noche de risas y recuerdos.
Antes de caer rendido por la cerveza y el sueño, noté que Sergio hablaba con alegría con alguien, enviando audios con indicaciones de dónde estaba la cabaña. Mi curiosidad no se sació esa noche, pero la verdad de esos misteriosos mensajes habría de ser revelada en tan solo unas pocas horas más.
El calor insoportable del día siguiente nos despertó como muertos resucitados. La cabaña, que había sido nuestro refugio la noche anterior, ahora parecía un horno. Sergio, que se había levantado temprano, estaba en la arena conversando con una persona joven y alta, con cabello rubio y una contextura física impresionante.
"Vengan acá todos", dijo Svartas, congregándonos junto a ellos. "Tengo una sorpresa para ustedes". La curiosidad nos consumió, y nos acercamos con intriga. Hagan, siempre rápido con sus comentarios, lanzó una de sus famosas frases: "¿Acaso es tu novio, Sergio?" La risa breve que siguió fue una forma de aliviar la tensión.
La respuesta del desconocido nos dejó estupefactos: "¿Novios? No, che, somos gemelos secretos. Dale, fijate un poquito más". La sonrisa de Sergio nos dio una pista, pero aún así, nos costaba creerlo. Un silencio casi sin respiración nos envolvió, hasta que me acerqué y pregunté: "¿Acaso eres Morgomir?"
La respuesta afirmativa desencadenó un tsunami de alegría. Nos lanzamos sobre él, abrazándolo y saludándolo de la manera más efusiva posible. La sorpresa había sido perfecta, y Sergio recibió nuestras reprimendas por habernos presentado a Morgomir de manera tan inesperada.
La reunión de la hermandad fue un regalo para el alma. La alegría y la emoción de reencontrarnos con Morgomir fueron indescriptibles. El resto del día giró en torno a él, y conocimos al joven y ahora al hombre que era.
El almuerzo fue una fiesta en sí mismo. Hagan nos sorprendió con dos baldes llenos de pescado fresco, que preparó con su característica habilidad. La parrilla estaba llena de sabor y risas, y Morgomir se convirtió en el centro de atención. Contó historias de su vida, de sus logros y desafíos, y nos hizo reír con sus bromas y anécdotas.
Con timidez, pedí una fotografía con Morgomir. "¿Vos sos Milgasia, cierto?", preguntó con una sonrisa. "El que desencantó la capa del concilio de Sunwell, no". La risa que siguió fue una forma de compartir un momento especial.
Nos dimos un abrazo muy fuerte y fraterno, y le dije cuán feliz estaba de verlo en persona. Morgomir sonrió y me dijo: "Yo también, hermano. Yo también". En ese momento, supe que nuestra amistad trascendía el tiempo y el espacio. Que nuestra conexión era más fuerte que cualquier obstáculo.
Cuando el fin de semana llegó a su fin, y la mañana del lunes siguiente nos encontró despidiéndonos y abrazándonos, sentimos que una parte de nosotros se quedaba en ese lugar, junto al mar. La reunión de la hermandad había sido más que un reencuentro; había sido una confirmación de que los lazos que se crean en un mundo virtual pueden ser tan fuertes y duraderos como los que se forjan en la vida real.
Mientras nos abrazábamos, pude sentir el peso de los años que habíamos pasado juntos, luchando en Azeroth, compartiendo risas y aventuras. Y en ese momento, supe que nada podría romper esos lazos. Ni la distancia, ni el tiempo, ni la vida misma.
La hermandad de "Immortal Héroes" había trascendido el juego. Había se convertido en una familia, unida por una experiencia compartida que nos había marcado para siempre. Y al despedirnos de Morgomir, sabíamos que seguiríamos unidos, no solo en el recuerdo de nuestras aventuras en Azeroth, sino en la realidad de nuestras vidas.
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