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La cuenta pendiente.


Lunes 8 de enero de 1996. El sol del verano se filtraba a través de las ventanas polvorientas de la oficina de contabilidad, iluminando un futuro que se me antojaba desolador. Mi primer verano sin el refugio del colegio se extendía ante mí como un abismo, y la perspectiva de encerrarme en aquel espacio claustrofóbico, rodeado de papeles y números, me llenaba de desánimo. La práctica de una carrera que no me apasionaba, que no me hacía latir el corazón, se perfilaba como una condena. El verano que debía ser un tiempo de libertad y aventuras se convertía en una obligación, un deber que debía cumplir sin entusiasmo. La pregunta que resonaba en mi mente era: ¿cómo sobrevivir a este verano sin perder la ilusión?".

Mi primer día en la oficina fue una experiencia surrealista. La bienvenida fue cálida, pero también un poco desconcertante. Tres mujeres sonrientes abandonaron sus escritorios para saludarme, mientras que un joven apuesto y alto, llamado Christian, me estrechó la mano con firmeza y se presentó como el junior de la oficina. Luego, conocí a los jefes. El principal, un hombre anciano y enigmático, se quedó sentado detrás de su escritorio, observándome con una mirada penetrante, mientras que su segundo al mando, un hombre alto y altanero de cincuenta años, se acercó a mí con una actitud de superioridad. La inducción comenzó de inmediato, y me explicaron que mi función sería alimentar al sistema de contabilidad digital con los bauchers que mis nuevos colegas me proporcionarían. Me llamó la atención la ironía de la situación, ya que, a juzgar por la apariencia de los jefes, parecía que aún estaban en la era de los ábacos. La imagen de aquellos hombres maduros y experimentados, rodeados de tecnología moderna, me hizo sonreír por dentro.

Jamás imaginé que medida que el verano avanzara, comenzaría a descubrir un tesoro inesperado: la camaradería con mis compañeros de la oficina. A pesar de estar atrapados en una rutina monótona y repetitiva, sus personalidades brillaban con una alegría y energía contagiosas. Un día, decidimos almorzar juntos en el casino de la universidad, un oasis cercano a la oficina. La mesa estaba llena de risas y conversaciones animadas, y yo, el joven practicante, me sentí honrado de ser el centro de atención. Aunque mi corazón aún se resistía a aceptar que los libros y números serían mi futuro, no podía negar la alegría que me producía estar rodeado de esas personas cálidas y acogedoras. El almuerzo fue un momento mágico, pero, como si el destino quisiera recordarme que la vida no siempre es un jardín de rosas, mi primera mala experiencia laboral me esperaba al regresar a la oficina.

El venerable anciano dueño de la oficina había dejado instrucciones explícitas para que su segundo al mando me supervisara con lupa. Y así fue. Con una mirada severa, revisó mis anotaciones en el sistema, buscando cualquier error que pudiera justificar su intervención. Pero no encontró nada. O al menos, nada que fuera digno de su atención. Hasta que descubrió el pecado capital: mi manera de escribir el número ocho. Mi sorpresa fue mayúscula. ¿Cómo podía ser tan importante la forma en que se escribía un simple número? Pero el jefe no estaba bromeando. Me llamó a su oficina y, con una solemnidad que parecía propia de un ritual antiguo, me enseñó la manera "correcta" de escribir el número ocho. Un solo trazo, fluido y preciso. Mi método, por otro lado, consistía en dos círculos superpuestos, un resultado que, en el mejor de los casos, quedaba aceptable. Para mí, en aquel momento, era una cuestión sin importancia. Pero el jefe tenía argumentos que, aunque no me convencían, tenían cierto valor. La precisión en la escritura era crucial para evitar errores en las cuentas. Aceptar su punto de vista era una cuestión de madurez, pero mi yo de dieciocho años no estaba dispuesto a ceder. La situación se volvió aún más tensa cuando, en un arranque didáctico, el jefe puso una hoja de papel frente a mí y me pasó un bolígrafo. Luego, con una fuerza que me pareció excesiva, puso su mano sobre la mía y me guió para escribir el número ocho con un solo trazo. Me sentí ofendido, vulnerado y humillado. Pero sabía que no podía rebelarme. Me enfrentaba a una tradición contable que se remontaba a siglos atrás, y un simple mocoso recién salido del liceo no podía desafiarla.

La experiencia desagradable con el viejo jefe había sido un golpe contundente para mi ya débil entusiasmo por la contabilidad. Pero, afortunadamente, esa fue la única sombra en un verano que, de otro modo, había sido lleno de risas y momentos divertidos. Al día siguiente, me enteré de que el viejo se iba de vacaciones y que su patiño aprovecharía la oportunidad para ausentarse de la oficina con frecuencia. La verdad era que las tres mujeres de la oficina eran las que hacían todo el trabajo duro, mientras que los jefes se limitaban a firmar documentos y dar su visto bueno de vez en cuando. Pero, a pesar de la rutina y el tedio, había momentos de diversión y alegría. La primera tarde en que estuvimos solos, Christian me incluyó en una tradicional actividad de la oficina: una competencia de aviones de papel. Con hojas de papel añejas, Christian aplicaba sus secretas técnicas para doblar la hoja con cuidado y obtener la nave más aerodinámica conocida por el ser humano. Yo, un tanto incrédulo, también hice mi mejor esfuerzo por construir mi avión de papel y participar dignamente en la competencia. Cuando abrimos las ventanas del piso 18 de la Torre 3 de la Remodelación San Borja, la meta era clara: llegar hasta el otro lado de la Alameda. Con una actitud sonriente y altanera, Christian me permitió lanzar primero. Mi nave realizó un vuelo lento y con estilo, pero su diseño no le permitió llegar a la meta. Mis tres fans aplaudieron con mucho ánimo, señalando que había llegado muy lejos. Luego, llegó el turno de Christian. Lanzó su aeronave de papel con tal fuerza que más pareció un proyectil. La forma del avióncito de papel le permitió llegar a la meta sin dificultades. Las risas fueron espontáneas al ver cómo disfrutaba de su victoria. Después de la competencia, volvimos a nuestros quehaceres, pero parecía que habíamos recibido nuestra cuota diaria de endorfina necesaria para aguantar el tedio de los libros y papeles.

La actividad de los avioncitos de papel fue un oasis de diversión en un desierto de números y cuentas. Aunque había logrado dominar el sistema operativo contable y me había ganado el respeto de mis colegas por mi iniciativa y voluntad de compartir conocimientos, la pasión por la contabilidad seguía siendo un sueño lejano. Sin embargo, la camaradería con mis compañeros de trabajo había crecido exponencialmente. Ellas me habían acogido con brazos abiertos desde el primer día, sin una pizca de arrogancia o superioridad. Al contrario, sentí su respeto y aprecio desde el principio. Y había algo más que nos unía. Dos de mis colegas habían estudiado en el mismo liceo del que yo había egresado. Las bromas y recuerdos compartidos sobre profesores y momentos vividos en aquellos pasillos nos acercaron aún más. Era como si hubiéramos encontrado un lazo invisible que nos conectaba más allá de la rutina diaria de la oficina. Y en esos momentos, la contabilidad se convertía en un segundo plano, y lo que importaba era la conexión humana que se estaba forjando entre nosotros.

En la oficina, una situación graciosa y recurrente era la relación entre mis colegas maduras y el joven y atractivo Junior, Christian. Con su personalidad encantadora y su físico imponente, era un contraste absoluto con los dos viejos jefes que gobernaban la oficina. Pero había algo más que lo hacía irresistible: sus largas y seductoras pestañas. Las tres cuarentonas se derretían cuando él las miraba, y no tardé en darme cuenta de que expresaban su admiración sin vergüenza alguna. Un día, presencié una escena que me dejó sin aliento. Una de mis colegas, la mayor de ellas, perdió la cabeza al ver una de las pestañas de Christian en su mejilla. Con una rapidez y determinación que me sorprendió, se lanzó a arrebatarle ese "tesoro" del rostro y lo guardó en un pañuelo, como si fuera una reliquia preciosa. Las otras dos contadoras manifestaron su frustración por no haber ganado esta vez, mientras que Christian se reía a carcajadas, su ego inflado como un globo. Fue una escena ridícula y divertida, que me recordó que, incluso en el entorno más monótono, siempre hay espacio para la risa y la alegría. Y Christian, con su sonrisa y sus pestañas, era el rey de la oficina, sin duda alguna.

El fin de mes llegó como un suspiro de alivio, poniendo fin a un ciclo de rutina y monotonía. A pesar de la diversión y la conexión que había establecido con mis compañeros de oficina, la verdad era que yo seguía sin sentirme conectado con mi nueva vida profesional. La contabilidad seguía siendo una actividad tediosa y repetitiva, carente de vitalidad y pasión. Mis colegas eran los únicos que le infundían vida a un trabajo que, por sí mismo, no la tenía. Pero yo no estaba dispuesto a resignarme a una vida de monotonía y rutina. Con la inexperiencia y la impulsividad de mis dieciocho años, tomé la decisión más extrema que podía imaginar. Salí de la oficina ese último viernes de enero sin mirar atrás, dispuesto a enfrentar mis dudas y anhelos, sin saber si algún día regresaría a ese lugar. La incertidumbre me envolvía como una niebla, pero estaba decidido a seguir mi instinto y a explorar el camino que se extendía ante mí.


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