Ir al contenido principal

Muy honesto o muy tonto.


Hoy estaba algo cansado para bajar a la playa y hacer mi caminata habitual de seis kilómetros, que este año había aumentado a nueve gracias a la nueva línea de buses eléctricos que ahora pasa frente a mi departamento. Pero ese es un tema para otra historia, ya que lo que me propongo relatar hoy es mucho más importante.

Como mencioné antes, ahora el viaje en bus me lleva directamente al corazón del casco histórico de la ciudad de La Serena. Este mercadillo de artesanos, abarrotes y restaurantes cuenta su propia historia. Al bajar del bus, decidí caminar sin rumbo fijo por la calle Cordovez en dirección al poniente. Esa tarde, mi objetivo era actuar como un turista y recorrer las tiendas sin un plan definido. Cuando crucé la calle O’Higgins, me fijé en la conocida multitienda que se encuentra en la vereda izquierda. Recordé que hace pocos días había tenido la suerte de encontrar un bermuda de marca con un asombroso descuento y me propuse regresar por si encontraba nuevamente algo que comprar.

Los que me conocen saben bien que no soy una persona que disfrute comprando ropa. Muy por el contrario, es una de esas actividades que detesto con toda el alma. Como nunca me preocupé por lo físico ni por lo deportivo, tengo un cuerpo común con el cual siempre se generan diversas dificultades al momento de encontrar la prenda correcta y, sobre todo, que se vea bien. Pero estamos en verano y un bermuda es solo eso, un pantalón corto para lucir las piernas. En fin, mis dramas personales con la ropa versus mi antigua y nueva autoestima ciertamente también son tema para otra historia, ya que lo que debo relatar aquí es considerablemente más importante.

Como decía, volví a las góndolas y percheros donde estaba la ropa en oferta y comencé a buscar los productos de la marca que deseaba y obviamente de mi talla. A los cinco minutos de iniciar la faena, ya mi estado de ánimo comenzaba a deteriorarse, porque solo encontraba tallas monumentalmente grandes. Ahora entendía por qué estaba el anuncio de "rebajas sobre rebajas" y cómo no iban a estar en oferta si prácticamente todo lo que había allí era gigante. Cuando llegué al perchero de donde había sacado el bermuda que compré antes, curiosamente comencé a encontrar tallas más pequeñas. Con un poco más de ilusión en mi alma, empecé a revisar las diferentes prendas hasta que logré dar con una de mi talla. La retiré con cuidado del perchero y la levanté para revisar su modelo. Cogí la prenda con ambas manos, cada una puesta en la parte de los bolsillos, y noté en ese momento que el bolsillo derecho, no el mío sino el de la prenda, tenía un bulto muy grande que a primera vista no tenía razón de estar allí.

El hecho me sorprendió y me reí en mi mente diciendo: “Che, qué boludo dejó su billetera en el short”. Al mismo tiempo y mientras aún tenía una sonrisa boba en la cara producto de lo que estaba pensando, metí mi mano izquierda en el bolsillo del bermuda y saqué un fajo de billetes de color naranja, rojo y azul. En una fracción de segundo y conteniendo la respiración, volví a dejar semejante hallazgo en el bolsillo de donde lo había encontrado y mecánicamente volví a colgar la prenda en el perchero. Sin hacer ningún gesto o aspaviento producto de mi sorprendente descubrimiento, me retiré con calma a la siguiente góndola para revisar los modelos y tallas de las prendas que había allí.

En esa góndola no había ninguna prenda que me interesara. De hecho, eran unos modelos de jogger para adolescentes y seguramente si alguien notaba que los estaba revisando, se habrían dado cuenta de lo ridículo que me veía buscando una prenda de mi talla. Claramente, mi objetivo no era buscar una prenda, sino procesar mentalmente lo que había descubierto. Creo que permanecí menos de cinco minutos fingiendo que buscaba el jogger perfecto, pero en realidad mi cabeza estaba en un torbellino de ideas que me tenían en suspenso.

"¿Qué hago?", me dije. Ese dinero no es tuyo, no te lo ganaste así que te marchas de inmediato. Simple, mi pragmatismo y el constructo valórico que he forjado solo durante toda mi vida me obligaban a actuar de esa manera. Pensé en ese momento también en otras opciones. Mi hermano mayor metería el dinero en su bolsillo y se iría de inmediato de la tienda, dije. Mi hermano religioso del medio hubiera llamado a un guardia o a la supervisora de piso para informar del hecho, pensé. Volví a mí con los pensamientos y con absoluta tranquilidad me felicité por no tener la mínima voluntad de llevarme ese dinero.

Pero mi mente pragmática comenzó a tratar de visualizar una plausible explicación. "¿Quién deja una fortuna tirada en el bolsillo de un bermuda?", me pregunté. En un segundo, mi siempre dispuesto y dramático cerebro comenzó a crear los más inverosímiles escenarios. El primero tenía relación con una compleja operación de robo al interior de la tienda. Un grupo de vendedores, muy reducido, había sustraído ese dinero de una de las cajas y lo había dejado en esa prenda lista para que algún cómplice externo la sacara de la tienda sin problemas. Ciertamente, era una posibilidad descabellada, pero me faltaban muchos detalles que comprobar antes de poder considerarla como cierta.

El segundo escenario tenía que ver con un cliente anterior que, luego de probarse la prenda, despreocupadamente había dejado olvidado un fajo casi millonario de dinero en su interior para luego, responsablemente, volver a colgar la prenda en el perchero. Cuando me escuché pensar esa posibilidad, la descarté de inmediato por ser completamente absurda.

El tercer escenario que consiguió tomar forma me provocó un sudor frío que me dejó paralizado. Se trataba de una operación especial y poco vista en el país para el tránsito de dinero por el pago de algún servicio especial o tal vez las ganancias del día producto de venta de drogas o algo similar. Los sujetos, para no parecer sospechosos en público recibiendo uno del otro esas sustanciales cantidades de dinero en efectivo, decidían dejarlas brevemente en prendas para que en cuestión de minutos otra persona accediera a ellos sin levantar sospecha alguna. El problema era que yo, sin tener ninguna intención y bendecido por el hada del infortunio o la estupidez, había llegado en el momento justo en que se realizaba la transacción. Con una mente activa producto de estar más de un año escribiendo historias de todo tipo, honestamente, el último escenario me parecía el más creíble, rebuscado y paranoico, pero más creíble que los anteriores.

Con todo, mi racional cerebro puso fin a las elucubraciones y tranquilamente abandoné la tienda tratando de olvidar lo que había descubierto. Seguí bajando por Cordovez en dirección a la plaza de armas de la ciudad y, al llegar, decidí buscar un lugar para sentarme y recuperar el aliento. Por fuera, mi actitud era natural y nadie podría haber sospechado que me encontraba bastante alterado por lo sucedido, pero dentro de mi cabeza aún quedaban rastros de los posibles escenarios que daban una explicación verosímil a todo esto.

Encontré una banca desocupada bajo uno de los viejos jacarandá que resguardan el centro de la plaza. Dejé mi mente en blanco por un momento y decidí concentrarme en las personas que compartían el espacio conmigo en ese momento. Una pareja de novios, dos niñas de la mano y un pequeño emocionado manejando un autito eléctrico con su madre atenta tras él. Cuando recuperé la paz, me reí de mi capacidad de crear escenarios buscando una explicación y, tratando de darle la vuelta al asunto, me propuse recordar la mayor cantidad de detalles para cuando llegase a casa y comenzar a escribir esta historia. Realmente, ese lugar con toda la actividad vibrante que se desarrollaba a mi alrededor me sacó del estado sombrío que la visita a la tienda me había dejado.

Seguí observando a las personas a mi alrededor buscando más material para mis próximas historias, pero cuando no habían pasado ni veinte minutos de estar descansando bajo la imponente sombra del anciano y disfrutando la brisa tibia que venía desde la costa, fijé mi atención en un hombre a lo lejos. Su aspecto era plenamente peligroso, con ropa de marca con la que usualmente se visten los jóvenes hoy en día, con cadenas al cinto y una cantidad impresionante de aros y perforaciones. Ciertamente, esa descripción concuerda con casi cualquier joven de barrio, por lo que no debería haberme llamado tanto la atención. Lo que me trajo de regreso a la historia de la multitienda fue que este peculiar joven tenía todo su rostro y cuello tatuado. Esta vez, el sudor fue más frío. Ya no había escenarios en mi mente, sino que ahora había una persona de carne y hueso a unos diez metros con el franco aspecto de un pandillero. Recordé a ese distinguido presidente de nombre árabe que hace virales todas las noticias de captura de pandilleros en su país. Mi tercer posible, desquiciado y paranoico escenario se había confirmado.

Me levanté tranquilamente del banco, dándole algo de crédito a mi activa imaginación, y decidí que ya era hora de regresar a casa. Definitivamente no tenía ni las ganas ni la voluntad de seguir recogiendo más material para incluir en esta historia.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Niño raro.

La mañana se derramaba con la rutina de siempre, esa cadencia lenta que, en el oficio de maestro, te arrastra a un modo automático, como si los gestos y las palabras surgieran de una maquinaria invisible que ya no necesita órdenes. A veces, sin embargo, un destello irrumpe —un segundo de lucidez o de extrañeza— y ese instante basta para sobrevivir a la vorágine de emociones que significa trabajar con adolescentes. Con los años, uno desarrolla un sentido que no figura en los manuales: un tercer ojo que no adivina el futuro, pero sabe leer la humedad en un párpado, la fractura invisible de un corazón, o ese chispazo del alma que ni siquiera su dueño ha notado. No es magia ni pedagogía esotérica: es una costumbre afinada, un instrumento secreto que todos los maestros llevan, aunque pocos se detengan a afinarlo. —¿Por qué me dice “niño raro”, maestro? ¿Acaso se burla de mí?— Alonso. El más raro de todos. Y no por el rostro herido de acné, ni por esos lentes enormes que parecen multiplicar ...

La última historia.

 Quedaba un último ritual, el más arduo, el más definitivo. La habitación de mi madre permanecía casi intacta, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante de su partida. Cada objeto seguía en su sitio, cada prenda aguardaba en silencio, y nosotros habíamos decretado que aquel espacio sería un santuario: un refugio de paz, un lugar donde su presencia se mantuviera viva. Pero la verdad era otra. Todo aquello era apenas un simulacro, buenas intenciones sin raíz, un espejismo de consuelo. El paso más doloroso estaba aún pendiente: su ropa. Habíamos decidido entregarla como donación en la parroquia de Santa Gema de Galgani, en Ñuñoa, donde mi madre había sido devota incansable de la Virgen. Recuerdo con nitidez las visitas de mi infancia, la solemnidad de los rezos, y aquella escena imborrable en que ella, con una fe que me desconcertaba, avanzó de rodillas por el pasillo principal, como si cada movimiento fuese una ofrenda. Habíamos hablado de compartir ese momento: separar su...

Dejar huella.

Lo que para muchos fue una sorpresa, para mí ya era una certeza quieta, de esas que se intuyen mucho antes de que el mundo las confirme. El correo del director llegó como llegan todos: seco, sin adornos, sin la menor intención de conmover. Anunciaba que Sahil, el joven profesor de Filosofía, partiría en unas semanas. Había sido aceptado en una beca para continuar sus estudios en Edimburgo. Cruzaría el océano para cambiar los cielos abrasados del norte por un país de lluvias interminables y calles que huelen a historia. Me alegra por él. Lo digo con sinceridad. Aunque entre nosotros hay más de una década de diferencia —yo, casi trece años encerrado entre aulas y recreos; él, recién dos años explorando este oficio—, su presencia supo renovar algo en mí. No fue solo su inteligencia, ni su manera de pensar en voz alta, sino esa forma suya de estar: lúcida, presente, sin estridencias. Me va a doler no verlo más sentado junto al equipo, compartiendo el ritual ya necesario de hablar de lo que...