Su rostro era atractivo, pero había algo en su mirada que me indicó que algo andaba mal. Mi inocencia infantil me llevó a decir en voz alta: "Eres un gigante". Me di cuenta de inmediato que había cometido un error. La forma en que entrecerró los ojos mientras me observaba severamente desde las alturas me lo confirmó.
Sin embargo, su congoja previa le impidió sucumbir a una nueva emoción negativa. Se contuvo y no respondió de manera agresiva. Empático ante lo acaecido, cambié mi tono de voz para disculparme y argumenté que admiraba a las personas que se destacaban por su altura. Mi gigantesco compañero de ascensor me miró con una mezcla de sorpresa y gratitud.
Cuando llegamos al primer piso, él salió primero del ascensor. Su enorme figura pasó frente a mí, dejando una estela de perfume que identifiqué de inmediato. Lo que más me llamó la atención fue que sus ojos se llenaron de lágrimas. Caminé cerca de él y me aparecí sigilosamente desde su ángulo inferior izquierdo. Volví a mirarlo a los ojos y confirmé mi observación anterior.
En ese momento, traté de concentrar toda mi energía en una sola frase y dije: "Siempre es bueno conversar para sacar eso que nos hace daño y no nos deja avanzar". Me di cuenta de que había acertado y que todas las defensas del gigante habían desaparecido. Ahora yo era su centro de atención y me observaba con esos enormes ojos grises mientras apretaba fuertemente sus grandes manos.
Comenzó a señalar una larga letanía de situaciones que lo tenían agotado, insistiendo en que no era un tipo con vicios ni adicciones, solo el gimnasio era su residencia habitual. Mientras hablaba, lo hacía describiendo en detalle situaciones que yo lograba entender a medias, pero era tanta su elocuencia y sinceridad que lo interpretaba como una buena señal de que estaba logrando liberar algo de esa carga que lo estaba oprimiendo.
Una de las cosas que me llamó significativamente la atención fue la naturalidad con la que me contaba cosas demasiado íntimas. Le dije que hablaba tranquilamente de un mundo al que la gente común ni siquiera soñaba con tener acceso, y que, honestamente, cualquiera envidiaría su vida. Cuando lo interrumpí con ese comentario, logré que él hiciera una autoevaluación de todo lo que había dicho y respondió que nunca lo había visto desde esa perspectiva.
Apelando a mis dotes de psicólogo de ocasión, quise destacar que podía ver un patrón en su comportamiento, por lo que la pregunta inevitable en este caso era qué podía reconocer que él había hecho mal todos estos años. Confieso que en ese minuto sentí miedo. Sus enormes manos se detuvieron en seco y pensé que habían solo dos escenarios posibles: o que esos puños caían pesadamente sobre mí en respuesta a mi tremendo atrevimiento o... realmente en cualquier escenario que se me ocurría en ese momento yo terminaba en el suelo fuertemente lastimado.
Cuando desperté de mi ensoñación, lo que realmente me había golpeado fue su mirada junto con una expresión fuerte que resonó en la soledad de la pequeña plaza: "¿Mi error?" Estaba claro que nuevamente había acertado y que la sesión estaba dando frutos.
En ese momento, sus años dedicados a los fierros los cuales habían forjado admirablemente cada centímetro de su cuerpo, muy en silencio también habían forjado su temple interior. Ahora en su mirada ya no había lágrimas, ni la furia contenida de hace un momento, por el contrario, parecía que sus ojos expresaban una claridad nueva, incluso para él y que había sido liberada gracias a mi intromisión.
"Si tomo en cuenta sus infantiles halagos", dijo, "debo reconocer que todo lo que me dice es cierto y nunca me atreví a aceptarlo. Siempre he dado por hecho muchas cosas, como creer que merezco muchas de ellas solo por ser un gigante, como dice usted. Debo reconocer que he sido un necio y he actuado de manera inmadura, muy lejos de lo que usted llamaría la actitud de un gigante".
"Que reconozcas tus errores es cosa que solo los grandes hombres hacen", le respondí, "y no necesitan ser gigantes para ello". En ese momento, sentí que el gigante que tenía a mi lado había reducido su tamaño al de un niño de diez años y agarrando fuertemente mi brazo izquierdo me dijo: "Pero entonces, ¿qué hago ahora?".
"Ahora", desde la perspectiva del recuerdo y de la calma, luego que han pasado varias horas desde que nuestros caminos se separaron y vi cómo el gigante se alejaba con su corazón lleno de nuevas energías y mucho más decisión de cuando lo había conocido, que recuerdo con mucha alegría su expresión y el brillo en sus ojos cuando le dije: "...pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros de hogaño".
Desde la razón que me brindaba mi atrevimiento le dije que desde el minuto en que visualizó sus errores, las cosas han cambiado para siempre y ya no iban a ser como solían ser. Desde ahora debía esforzarse por crear una versión nueva de él, una que no repitiera los errores que jamás se había detenido a ver. Realmente no creo que un psicólogo de verdad hubiera llegado a la misma conclusión. Ciertamente un especialista es precisamente eso, alguien con herramientas verdaderas para ayudar a las personas. Yo por mi parte me las había dado de un curioso impertinente, pero con una noble y desinteresada misión: rescatar gigantes.
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