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Verano de Conexiones.


Rasmus Leppik es mi nombre. Tengo veintiséis años y soy el típico joven estonio tradicional, con una personalidad que muchos describirían como distante y un tanto fría. Vivo con mis padres en un sencillo apartamento en el barrio de Moustaki, al este del corazón de Tallin, Estonia. Quizás por ser hijo único, la relación con mis padres siempre ha sido estrecha. Siempre han estado presentes en cada etapa de mi vida; sin embargo, no son muy expresivos ni cariñosos conmigo, pero tendría que ser muy injusto si me atreviera a decir que dudo que me amen. Desde pequeño, he sentido su amor y apoyo incondicional, manifestados no tanto en abrazos y palabras cariñosas, sino en enseñanzas y valores. Mi padre, Kaarel, es ingeniero. Me inculcó la perseverancia y el trabajo duro. Por su parte, mi madre, Maarja, profesora de matemáticas, es quien me inspiró una pasión por el conocimiento y la educación. Esta forma sutil de demostrar afecto ha moldeado profundamente mi naturaleza introspectiva y reflexiva. A veces, desearía que fuéramos más abiertos con nuestros sentimientos, pero entiendo que esta es nuestra manera de ser y que, en el fondo, nos queremos y respetamos profundamente.

Desde que tengo memoria, siempre me he inclinado hacia actividades solitarias. Era habitual encontrarme a menudo perdido en mis pensamientos, buscando tranquilidad y silencio para poder reflexionar sobre mi vida y mis emociones. A los catorce años, descubrí el gimnasio, que rápidamente se convirtió en mi refugio. Desde entonces, he mantenido esta práctica con devoción. Para mí, el gimnasio no es solo un lugar para entrenar a diario, sino también un espacio donde puedo desconectarme del bullicio del mundo exterior y centrarme en mejorarme a mí mismo. En cuanto a mi vida social, a pesar de haber mantenido una buena forma física gracias a años de entrenamiento, siempre me he visto como alguien bastante ordinario. Mi extrema timidez ha sido una barrera considerable, especialmente para establecer relaciones amorosas. Anhelo profundamente conectar con alguien a nivel emocional, pero el miedo al rechazo y la inseguridad me han mantenido alejado de tales experiencias. No solo me resulta difícil enamorarme, sino también hacer amigos. Mi naturaleza reservada y mi tendencia a reflexionar en silencio han limitado mi círculo social. Tengo muy pocos amigos cercanos, pero los pocos que tengo significan el mundo para mí. Estos amigos comparten mis intereses en la academia y el deporte, lo que ha creado un vínculo sólido entre nosotros. Valoramos profundamente nuestras conexiones auténticas y, aunque soy muy selectivo con mis amistades, prefiero la profundidad sobre la cantidad.

Mi camino tomó un giro inesperado cuando decidí matricularme en un curso de español como segundo idioma en la Universidad de Tartu. La tutora que me fue asignada, Marta Rubilar, una chilena nacida en Coquimbo que llevaba dos décadas en Estonia, se convirtió rápidamente en una figura significativa en mi vida. Desde el principio, su nombre capturó mi atención; era completamente distinto a todo lo que yo conocía. Marta, con su calidez y humanidad, irradiaba una energía que contrastaba fuertemente con la naturaleza reservada de los estonios. Su candidez y sonrisa siempre presente lograron romper las barreras que yo, y muchos otros, solíamos levantar. Su manera afectuosa de ser me hacía sentir muy extraño, pues era mucho más cariñosa y cercana que cualquiera de mis otros profesores en la universidad. Marta no solo me enseñó el idioma, sino que también me ofreció una ventana a una cultura completamente diferente. Sus lecciones iban más allá de la gramática y el vocabulario; incluían historias fascinantes sobre la calidez y hospitalidad chilena, las coloridas festividades y los paisajes deslumbrantes. Sus relatos sobre Coquimbo, con sus playas bañadas por el sol y su gente acogedora, despertaron en mí un interés especial por ese enigmático país llamado Chile.

Cada historia que Marta compartía sembraba en mí una semilla de curiosidad. Me encontraba ansioso por aprender más, no solo sobre el idioma, sino también sobre la cultura y la gente que ella describía con tanto cariño. La influencia de Marta empezó a transformar mi perspectiva, haciéndome ver más allá de las fronteras de mi propio mundo. Fue así como a través de Marta, empecé a entender que había un mundo lleno de calidez y humanidad esperando ser descubierto. Sus enseñanzas y su manera de ser comenzaron a influir profundamente en mí, despertando un deseo de explorar y conectar con esa parte de mí mismo que desconocía completamente.

Fue así que de ser un joven reservado y distante, empecé a mostrar interés por explorar nuevas facetas de mi personalidad. Marta veía este cambio con alegría y me alentaba constantemente a salir de mi zona de confort y por la misma razón me animó a participar en intercambios lingüísticos en línea con hablantes nativos de español. Estas experiencias no solo mejoraron mi fluidez, sino que también abrieron mi mente a nuevas ideas y perspectivas. A través de conversaciones con personas de diferentes países hispanohablantes, comencé a descubrir un mundo lleno de diversidad y riqueza cultural que desconocía. Me sentía revitalizado al descubrir un nuevo aspecto de mi identidad, impulsado por la calidez y la apertura que había encontrado en la comunidad hispanohablante. La pasión con la que Marta compartía su cultura y su idioma fue contagiosa, y me encontré ansioso por aprender más y más. Cada nueva palabra, cada nueva frase, era una puerta abierta a un mundo desconocido pero fascinante. La influencia de Marta, con su bondad y humanidad, fue el catalizador que necesitaba para empezar a transformar mi visión del mundo y de mí mismo.

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Estoy en mi último año de la universidad y realmente amo mi carrera de Gestión Ambiental, pero escuchar las cautivadoras historias de Marta sobre la belleza y la biodiversidad de Chile me inspiraron a hacer algo diferente este año: emprender un viaje en solitario a Sudamérica, específicamente a Chile. Marta siempre hablaba de su tierra natal con tanto entusiasmo y detalle que no pude evitar sentirme fascinado. Para mí, este viaje sería mucho más que una simple aventura turística, por el contrario, sería la oportunidad para conectar con una cultura que he llegado a admirar profundamente. Quiero caminar por los mismos paisajes que Marta ha descrito con tanto cariño, conocer a las personas que encarnan esa calidez y humanidad que tanto anhelo. Este viaje es mi oportunidad de vivir en carne propia las historias que me han mantenido tan cautivado y, quizás, encontrar respuestas a preguntas que ni siquiera sabía que tenía.

Me puse a explorar la página de Airbnb en busca del lugar perfecto para quedarme, pero nada lograba realmente captar mi atención. Sentía una mezcla de emoción y nerviosismo; después de todo, iba a viajar solo a un continente desconocido. Había tantas preguntas e inseguridades en mi mente. Compartí mis inquietudes con Marta, esperando que pudiera darme algún consejo o sugerencia. De inmediato ella recordó a una joven pareja chilena con la que había trabajado en tutorías online, me habló de Catalina y su novio Renzo. Al escuchar sobre ellos, sentí un entusiasmo creciente que combatía mis temores. La idea de alojarme con esta pareja de jóvenes no solo me ofrecía un lugar donde quedarme, sino también la posibilidad de conocer a personas auténticas y cálidas, características que ya había percibido en otros latinos con los que había interactuado.

Mis emociones oscilaban entre la emoción y la aprehensión. Por un lado, estaba lleno de expectativas positivas, imaginando cómo sería compartir mi tiempo con ellos, aprender más sobre su vida en Chile y quizás encontrar en ellos amigos que compartieran mis intereses por el deporte y la vida saludable. Por otro lado, no podía evitar sentir cierto miedo a lo desconocido. Sin embargo, cada vez que pensaba en los relatos de Marta sobre la calidez y hospitalidad de los chilenos, sentía que este viaje era una oportunidad que no podía dejar pasar. La idea de contactar a Catalina y Renzo para organizar las fechas de mi viaje se convirtió en una tarea emocionante y llena de esperanza. Representaba un paso valiente hacia la exploración de una nueva realidad y la conexión con una parte de mí mismo que apenas comenzaba a descubrir. 

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Al llegar al aeropuerto de La Serena, me sentía un manojo de nervios y emoción. No sabía bien qué esperar, pero estaba listo para sumergirme en esta nueva aventura. Apenas salí de la terminal, vi a Catalina y Renzo esperándome con una sonrisa enorme. Me recibieron de una manera tan afectuosa, como si fuéramos amigos de toda la vida. En ese momento, sentí la misma calidez que experimentaba con Marta y me di cuenta de que no era solo cosa de ella, sino algo que pertenecía a toda una cultura. Me emocioné profundamente y traté de retribuir los gestos de la mejor manera que conocía, aunque no pude evitar sentir cierto temor por no saber realmente cómo comportarme en este nuevo contexto. Cada abrazo y cada risa compartida me hacían sentir más acogido, pero al mismo tiempo, me preguntaba si estaba correspondiendo adecuadamente. El viaje desde el aeropuerto hasta su casa fue breve, o al menos así me pareció. Catalina y Renzo no paraban de hablar sobre las muchas actividades que podíamos realizar juntos ese verano. Sus voces llenas de entusiasmo me contagiaron, y poco a poco mis nervios comenzaron a desvanecerse. Me sentí fuertemente emocionado cuando ambos me dijeron que era una gran alegría tenerme allí y me aseguraron que serían unas vacaciones inolvidables. Mientras avanzábamos por las calles de La Serena rumbo a Coquimbo, miraba por la ventana y trataba de absorber cada detalle del paisaje. Sentía una mezcla de asombro y gratitud. Asombro por la belleza del lugar y gratitud por la calidez humana que me rodeaba. Estaba claro que este viaje sería mucho más que una simple aventura turística; era el comienzo de un viaje de autodescubrimiento y conexión profunda.

Al llegar al departamento de Catalina y Renzo, me recibieron con una sonrisa que irradiaba calidez. La joven pareja me condujo a una acogedora estancia individual, decorada con una cama de madera y una ventana que permitía que la luz del sol inundara la habitación. “Siéntete como en casa”, dijo Renzo mientras dejaba mis maletas en el suelo. Catalina, ya ocupada en la cocina, preparaba una mesa para compartir. Me acerqué al comedor y observé cómo Catalina, con destreza, servía tres tazas de té humeante. “Tenemos pan recién horneado, mermelada de papaya, palta, queso... muchas cosas para que pruebes”, dijo ella sonriendo. A pesar de sentirme abrumado por tanta hospitalidad y variedad de cosas para comer, agradecí con una leve inclinación de cabeza y me senté a la mesa, dispuesto a participar en lo que interpretaba como una costumbre local. Mientras la conversación fluía, aún algo nervioso, expresé mi deseo de conocer más sobre ellos. Renzo fue el primero en romper el hielo: “Soy entrenador personal. Estudié educación física en la universidad, pero no quise trabajar en un colegio. Hace cuatro años que trabajo en el gimnasio GlobalFit aquí en Coquimbo”. Luego fue el turno de Catalina: “Yo soy profesora de inglés y trabajo en un liceo en La Serena. Me encanta trabajar con jóvenes y ayudarlos a descubrir el mundo a través del idioma”. Con las presentaciones hechas, Catalina y Renzo me miraron con curiosidad genuina. “¿Y tú, Rasmus? Cuéntanos cómo eres y cómo es Estonia”, preguntó Renzo. Tomé un momento para ordenar mis pensamientos antes de comenzar a hablar sobre mi vida en Estonia, la relación con mis padres, mi inclinación por las actividades solitarias y mi pasión por el gimnasio. También les conté cómo la influencia de Marta me había llevado a estudiar español y a aventurarme a Chile. Mientras hablaba, Catalina y Renzo me escuchaban con atención y entusiasmo, haciendo preguntas y compartiendo risas. La calidez y hospitalidad de la pareja me hicieron sentir cada vez más cómodo, agradecido por esta oportunidad de conexión y por el inicio de una nueva amistad en un país tan lejano y fascinante.

Conversamos hasta altas horas de la noche aquel primer día. Nos sumergimos en nuestras experiencias con las tutorías, las fascinantes diferencias entre los diversos tipos de español que se hablan en Latinoamérica y, por supuesto, el vínculo especial que compartían con Marta. Era fascinante escuchar sus puntos de vista y aprender de sus vivencias. Tan absorto estaba, que perdí la noción del tiempo hasta que el reloj de la sala anunció la medianoche. Fue entonces cuando Renzo tuvo la idea de hacer una videollamada a Marta para avisarle que todo estaba bien. A pesar de que el agotador viaje y el torbellino de emociones me tenían al borde del sueño, me despabilé un momento para saludar a Marta. Al verla en la pantalla, todos estallamos en risas al darnos cuenta de que también se estaba despertando para ir a trabajar. La situación resultó graciosa y relajante para todos. Marta, siempre tan maternal y llena de energía, me dijo que confiara en Catalina y Renzo. Me explicó que ya se habían puesto de acuerdo para que conociera todas las maravillas de la zona. Sus palabras me llenaron de tranquilidad y entusiasmo por lo que vendría. Finalmente, cuando llegué a mi cama, me dejé caer rendido, pero con una sonrisa en el rostro. Estaba feliz por estar donde realmente había deseado estar durante tanto tiempo. El cansancio pronto me venció, sumergiéndome en un sueño profundo, lleno de expectativas y gratitud.

El siguiente día comenzó antes de que el sol despuntara. El plan era visitar un balneario muy especial al sur de Coquimbo, un lugar llamado Totoralillo. A pesar de mi dominio del español, pronunciar ese nombre se me antojaba casi imposible. Mientras nos preparábamos, charlé con Renzo sobre lo que debía llevar para disfrutar del día. Al cambiarme de ropa, Renzo, con una mirada de admiración, celebró mi estado físico y comenzamos a intercambiar algunas rutinas del gimnasio. Este pequeño gesto me llenó de alegría, pues sentí que había más posibilidades de conectar con mis nuevos amigos. La llegada a la playa fue un espectáculo deslumbrante. Totoralillo era mil veces más hermoso de lo que Marta me había descrito. Mientras contemplaba el paisaje, perdido en mis pensamientos, Catalina notó mi introspección y preguntó con curiosidad si todo estaba bien. Le respondí que estaba feliz y aproveché la oportunidad para expresar mi admiración por esos gestos de calidez a los que no estaba acostumbrado. "¿Qué gestos?", inquirió Renzo. Le expliqué que en Estonia no era habitual que alguien se acercara y dijera: “siento que no estás bien”. Eso era algo único de los chilenos, y ya lo había experimentado con Marta y ahora con ellos. Esa calidez y preocupación por el bienestar ajeno me emocionaba profundamente.

Cuando terminé de hablar, Catalina y Renzo intercambiaron miradas cómplices, llenas de la picardía y alegría que los caracterizaban y que irradiaban en cada momento de su relación. Mientras exploraba la playa con la mirada, sentí una certeza que ese verano iba a ser inolvidable. Renzo interrumpió mis pensamientos con una sonrisa cálida: “Rasmus, tendrás que acostumbrarte a sentir el amor de los chilenos. Y también a transmitirlo, porque es algo natural en todos los seres humanos. No tiene por qué ser algo inalcanzable para ti”. Sus palabras resonaron en mi mente, llenándome de una extraña mezcla de esperanza y desafío. Pero lo que vino después me tomó completamente por sorpresa. Catalina y Renzo se acercaron a mí y me abrazaron muy fuerte, sellando el momento con un beso cariñoso en cada sien. Un intenso calor recorrió mi cuerpo, causándome un rubor que no pude disimular. Todos reímos largo rato, disfrutando de la simplicidad y belleza de ese momento compartido. Pasamos una tarde maravillosa en un mar de aguas turquesas, deleitándonos con las delicias marinas que ofrecía el restaurante del lugar. Sentí algo que nunca antes había experimentado: una profunda conexión humana que me hacía sentir parte de algo más grande. Estaba feliz por ello y, a la vez, ansioso por vivir esas vacaciones al máximo junto con mis nuevos amigos.

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