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Alguien diferente. Edición aniversario.


Los turistas alienígenas son difíciles de encontrar y fáciles de reconocer. Sus actitudes los delatan. Por más que intenten pasar inadvertidos, suelen distinguirse entre la multitud, ya sea por su tamaño o por pequeños gestos al interactuar con el entorno.

Durante el verano, la Plaza de Armas de La Serena se convierte en un epicentro vibrante y lleno de actividad. Familias enteras se congregan; desde niños que se ríen mientras conducen autitos eléctricos, hasta jóvenes enamorados que se recuestan en el pasto y ancianos que disfrutan de la brisa marina. Observando a las personas, es fácil detectar a quienes no pertenecen al lugar.

Recuerdo una vez, el año pasado, mientras estaba en Copiapó por trabajo. Vi a una pareja peculiar caminando por la calle. Llevaban ropas claras y formales; él, un traje de diario, y ella, un elegante conjunto de dos piezas. Avanzaban con paso sereno, erguidos, y ella tomada del brazo de su compañero. No era solo su piel blanquísima lo que los hacía resaltar, sino también la forma en que miraban a su alrededor. Había algo en su presencia, una energía indefinible, que los diferenciaba de los demás.

Hoy, me encontré con otro de estos personajes en la plaza. Este joven venía descendiendo desde la calle Prat, su aspecto físico era agradable. Confieso que hace tiempo perdí la capacidad de asombro, así que encontrarme con uno de estos turistas espaciales no me genera la euforia o ansiedad de un terrícola común. El joven avanzó hasta el escenario frente a la Intendencia, se sentó en las escaleras de piedra y comenzó a observar toda la actividad a su alrededor. Estaba a menos de diez metros de distancia, lo que me permitió observar en detalle todos sus movimientos.

Vi claramente cuando sacó de entre sus ropas un aparato del tamaño de un teléfono móvil, igual de largo pero la mitad de ancho. Hace un año, en Pisco Elqui, me topé con otro turista de este tipo que usaba discretamente un dispositivo similar. Bombardeado con tanta ciencia ficción en mi vida, deduzco que debe ser un escáner, un traductor universal o incluso un arma, si fuera necesario. Esta vez, el joven observó el aparato brevemente, luego se puso de pie y comenzó a pasear por la plaza.

Primero pasó junto a un grupo de jóvenes que reían en el pasto. La forma en que los observó confirmó mis sospechas. Los chicos, con cabellos teñidos y botas negras con hebillas, componían un clásico cuadro de anarquistas consumistas. Una breve cuota de escepticismo me hizo pensar que el sujeto no era un turista espacial, sino uno del viejo continente, intrigado por esta fauna local. Pero pronto descarté mis dudas, pues en Europa abundan jóvenes alternativos.

Cuando reanudó su camino, fijó su atención en los niños que conducían autitos eléctricos. Podría seguir describiendo cómo parecía descubrir cada detalle que sucedía en la plaza, pero el resultado sería el mismo: aquel sujeto no encajaba en la escena del día.

Lo último que hizo fue sentarse en el pasto y escuchar una actividad de una academia de inglés. Se trataba de un karaoke improvisado y voluntario, que animaba a los transeúntes a vivir su minuto de gloria o vergüenza máxima. Seré honesto, todos los que subían al escenario hacían el ridículo, ya fuera por su pésima entonación o escaso dominio del inglés. Nuestro sujeto observaba con atención todo el espectáculo, hasta que le perdí el rastro.

Mi objetivo del día no era psicopatear turistas, sino disfrutar de un día de verano. Me alejé de la plaza subiendo por la calle Cordovéz y decidí comprar un helado artesanal en una tienda conocida de la región. Mientras esperaba mi turno, sentí una fuerte presencia cerca: era nuestro sujeto de la plaza. De cerca confirmé lo que me rondaba desde el primer momento en que lo vi: el tipo no expresaba ninguna emoción con su rostro. Todas sus expresiones en la plaza habían sido con el mismo rostro inexpresivo.

"Cuarenta y siete… ¡Cuarenta y siete!" llamó enérgicamente el joven del mesón, sacándome de mi asombro. Tal fue mi desconcierto que hasta olvidé el sabor que tenía pensado pedir, distraído por todo lo que sucedía a mi alrededor. Una vez que recibí mi helado, intenté buscar al turista espacial entre la gente, pero ya se había esfumado.

Seguí caminando, algo desanimado por haberlo perdido de vista, pero me consolé al darme cuenta de que aún quedaba mucho verano. Tal vez tendría la oportunidad de encontrarme con otro viajero espacial.


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