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Aurora Roblefuerte.


Era una tradición para la familia Roblefuerte emprender el viaje desde el Valle de la Espada hasta la Ciudad del Lago, atravesando el denso Bosque de los Argénteos, con el propósito de vender en el mercado local las hortalizas que con esmero cultivaban en su pequeña granja. En la carreta, Tirion iba acompañado por su esposa Eliana y su hija Aurora.

Tirion se consideraba un hombre fuerte, no solo por su robusta complexión, sino también por su temple. Sin embargo, en su interior albergaba una inquietud al recorrer el bosque junto a su mujer e hija. Eliana, con una convicción y determinación que superaban a las de su esposo, siempre le recordaba que enfrentarían cualquier destino juntos. Para ella, era preferible enfrentar el riesgo en compañía que quedarse en casa con el temor de no volver a ver al gran amor de su vida.

Eliana Roblefuerte podría haber sido una destacada oficial en la guardia real de Villa del Lago, pero se enamoró siendo muy joven de ese fornido muchacho que llegaba con su padre cada semana, montado en la misma carreta en la que hoy viajaba, para vender sus zanahorias y lechugas. Cuando Aurora nació, hace siete estaciones, la familia se sintió bendecida y agradecida por todo lo que tenía. La granja, los animales y ellos tres juntos componían el escenario de una historia perfecta.

El reino había disfrutado de una paz duradera o, al menos, aquella lejana región había estado libre de invasiones y pestes. Solo las amenazas y peligros naturales del bosque o de los que habitaban en las montañas perturbaban ocasionalmente su tranquilidad, pero rara vez sus vidas se veían alteradas gravemente.

Esa mañana, como cualquier otra, parecía que todo seguiría el curso normal de sus días. Sin embargo, la vida de la familia Roblefuerte estaba a punto de dar un giro extraordinario.

Salir del Valle de la Espada significaba adentrarse en el sinuoso sendero que serpenteaba entre las imponentes montañas Durapenas. Al alcanzar la cima, un vasto valle se desplegaba, dominado por un bosque infinito de robles y alerces. Se decía que en las profundidades de aquel bosque habitaban bestias feroces, y muchos maestros herboristas habían perdido la vida buscando valiosas hierbas medicinales entre sus raíces. Con el tiempo, cada vez era más difícil aventurarse fuera de los senderos naturales, y solo los más valientes se atrevían a arriesgar su vida en busca de esos tesoros botánicos.

Nadie en el Valle de la Espada se quejaba de los precios de las medicinas, ya que era innegable que adentrarse en el Bosque de los Argénteos conllevaba un peligro mortal. Aquella mañana, el sol hacía resplandecer el bosque de una manera distinta. La estación del verano se acercaba, y algunas nubes en el cielo dibujaban un escenario idílico. Los Roblefuerte avanzaban animadamente, aunque Tirion y Eliana observaban a su alrededor con la sagacidad de experimentados aventureros. Su objetivo era atravesar el bosque con precaución, sin alertar a la pequeña Aurora.

El viaje por el sinuoso sendero que atravesaba el bosque duraba dos horas y media, y cada roca y arbusto azotado por el viento representaba una alerta para los padres. Eliana iba preparada con la adarga heredada de su padre, un antiguo capitán de la guardia real de Villa del Lago. Sabía que, si algo sucedía, la empuñaría como lo había hecho su padre, protegiendo a su hija sin temor alguno. Por su parte, Tirion había ocultado hábilmente una enorme alabarda en el diseño de la carreta, dispuesto a usarla sin dudarlo para defender a su familia.

Afortunadamente, el viaje hasta el mercado de Ciudad del Lago no fue diferente a los anteriores, y Aurora se mostró especialmente contenta contando la inusual cantidad de conejos y roedores que los acompañaron durante el trayecto.

La jornada en el mercado provincial de Villa del Lago fue excepcionalmente productiva; las hortalizas y frutas del Valle de la Espada no tenían comparación. Algo había en esas tierras que hacía que todo lo que allí se cosechara fuese más grande y más sabroso que en cualquier otro lugar. Tirion Roblefuerte era conocido y respetado por todos en Villa del Lago, desde las familias más humildes hasta la numerosa familia del magistrado Solomon. Al mediodía, ya no quedaba nada en la carreta para vender; ahora estaba cargada con utensilios y otras mercaderías que Eliana había adquirido, solo disponibles en aquel mercado.

Después de almorzar en la posada de Daniels, Tirion se aseguró de amarrar bien los bultos en la carreta, ayudando a su esposa e hija, quien había caído en un profundo sueño tras el suntuoso almuerzo. Con suavidad, Tirion jaló las riendas de Molly, la robusta yegua percherón gris que había trabajado codo a codo con la familia en todas las tareas del campo, y avanzaron a paso firme de regreso a casa. Atravesaron el pueblo antes de dirigirse por la cañada baja y enfilar por el sendero suave en dirección a la salida del pueblo. Aunque Tirion no había recorrido antes ese trayecto, confió en Molly, quien conocía el camino de regreso a casa de memoria.

Cuando llegaron al linde del valle del Lago y el Bosque de los Argénteos, todo parecía en calma, y ningún miembro de la familia Roblefuerte notó nada extraño. Habían avanzado poco por el bosque cuando la pequeña Aurora despertó de su sueño. Al enderezarse para contemplar de nuevo a los conejos con los que había jugado antes, se entristeció al ver que ya no estaban. Preguntó a su padre por ellos, y antes de responderle, Tirion notó unos pequeños bultos sospechosos entre la hierba paralela al sendero. Con su mirada sagaz, comprendió de inmediato lo que significaban y alertó a Eliana con un gesto. Ella abrazó a la pequeña Aurora, quien también entendió la maniobra de su padre y guardó silencio.

El Bosque de los Argénteos permanecía en un inquietante silencio; incluso la cálida brisa que bajaba de las montañas Durapenas había desaparecido. Era como si el bosque contuviera la respiración antes de la llegada del peligro.

—¡Eliana, prepárate! —gritó Tirion antes de caer de la carreta.

Si el ataque hubiera ocurrido durante el viaje de ida, Eliana y su hija habrían quedado sepultadas por los cajones de hortalizas. Ahora, yacían sobre la hierba junto a la carreta volcada. Tirion, también en el suelo, contempló horrorizado cómo un enorme león de montaña se abalanzaba sobre Molly, destrozándole el cuello y una pierna con sus dientes y garras. En cuestión de segundos, Molly dejó de moverse, y el león retrocedió, evaluando su próximo movimiento.

Eliana sujetó firmemente a Aurora y se resguardó tras la adarga heredada de su padre, el antiguo capitán de la guardia real de Villa del Lago. Al ver las enormes garras del animal, dudó por un instante si podría contener un primer ataque y salir ilesa. No había posibilidad de huir, y si debía morir, lo haría defendiendo a su hija. En el momento en que el león se alejaba del cuerpo sin vida de Molly, Tirion sacó la alabarda oculta en la carreta. Lamentablemente, tras el volcamiento, una cuarta parte de ella se había roto, complicando seriamente su uso.

Lo que Tirion había visto entre la hierba momentos antes eran los restos ensangrentados de los animalitos con los que Aurora se había encariñado durante el viaje. Pensó que esto podría haber atraído a otros depredadores, que insatisfechos por tan frugal alimento, esperaban a algún incauto viajero. Ya era tarde para lamentaciones; solo quedaba morir defendiendo a su familia. Tirion Roblefuerte estaba dispuesto a dar su vida por Eliana y Aurora, no sin antes intentar atravesar el cráneo o el corazón de la bestia.

Tras caer de la carreta, Tirion se había lesionado el codo derecho, lo que le impedía maniobrar eficazmente su improvisada arma. En ese momento, todo parecía perdido. El león de montaña hacía círculos, evaluando la situación, determinando estratégicamente su próximo movimiento.

Ajeno a cualquier otra cosa, el animal, con una arrogancia natural que le otorgaban su fuerza y tamaño, se lanzó sobre Tirion con un enorme salto. Todo indicaba que aquel día, la historia de la familia Roblefuerte estaba a punto de llegar a su fin.

Aurora lloraba en silencio, lamentando la muerte de Molly y temiendo por la vida de sus padres. La primogénita de la familia Roblefuerte había heredado la fuerza y la entereza de sus progenitores, pero su corta edad la hacía aferrarse a su madre y sollozar. Eliana observaba cómo el bosque entero parecía moverse mientras el león de montaña se lanzaba sobre el hombre que más amaba en el mundo.

En un instante, Tirion decidió apoyar el extremo de la alabarda en el suelo, de manera que, aunque el animal lo devorara, la punta de la alabarda impactara en su corazón, matándolo al instante. Al menos, ese era su plan. Los segundos se transformaron en eternos minutos y la escena no terminaba. Tirion y Eliana no comprendían lo que sucedía, y hasta el día de hoy no tienen recuerdos claros de cómo ocurrió exactamente. El león de montaña permanecía en el aire, suspendido por una fuerza superior a él.

En medio de la adrenalina del momento, lo que Eliana percibió como la danza de los árboles del bosque resultó ser la aparición de un gigante de la montaña. Un viajero errante que ocasionalmente recorría esos senderos y con quien los viajeros evitaban contacto por seguridad, temiendo ser aplastados por sus torpes movimientos. Mucho se decía sobre estos descomunales gigantes, seres de increíble altura y fuerza cuyas costumbres y razones eran desconocidas, ya que casi no tenían contacto con los hombres del valle. Solo las historias tendenciosas de tiempos antiguos, en las que los gigantes dominaban el valle, aplastando y destruyendo todo a su paso, perpetuaban la relación inexistente con ellos en la actualidad.

Sin embargo, el gigante que se encontraba frente a la familia Roblefuerte tenía más de veinte pies de altura, con un cuerpo proporcionado, dejando de lado su tamaño titánico. A pesar de su colosal envergadura, sostener al león de montaña por el cuello no representaba un esfuerzo significativo. Contra todo pronóstico, el gigante comprendió la situación y decidió intervenir para salvar a la familia en peligro. Con un rápido movimiento de muñeca, giró violentamente la cabeza del feroz animal, provocando un crujido que resonó por todo el bosque. Luego, tranquilamente lanzó el cuerpo del león a lo lejos y acercó su enorme mano a la carreta volcada junto al camino.

Tirion, desconcertado por lo que estaba sucediendo, seguía en estado de alerta e instintivamente se lanzó contra el gigante. Aunque no superaba los seis pies de altura y, por lo tanto, no podía ser rival para el coloso, se detuvo en seco al ver la actitud de sumisión que el gigantesco ser mostraba. Tirion recobró la razón y comprendió que la amenaza había pasado y que este colosal individuo los había salvado. Además, el dolor en su brazo derecho le hizo soltar el arma y volver a caer al suelo, incapaz de hacer otro movimiento.

Eliana y Aurora se lanzaron sobre Tirion para constatar sus heridas. Al mismo tiempo, el gigante, sin esfuerzo, volvía a colocar la carreta en su lugar. Sin embargo, al contemplar los restos destrozados de la yegua, se dejó caer de rodillas al suelo, provocando un estruendo que sacudió todo a su alrededor. Los Roblefuerte vieron al gigante llorar junto al cuerpo del animal y comprendieron que muchas cosas que se decían de aquellos seres no podían ser ciertas. ¿Acaso era propio de un ser despiadado ayudar a otros? ¿Cómo era posible que un bestial hombre de la montaña llorase por un animal muerto? Ese día, la vida de la familia Roblefuerte daba un giro completo e inesperado.

Tirion se puso de pie como pudo y avanzó hacia el gigante. Ambos cruzaron miradas y no fueron necesarias las palabras para comprender el mensaje. Un pequeño humano, padre de familia, había sido rescatado de las garras de la muerte por un gigante y estaba agradecido. Toda la familia Roblefuerte también lloraba la pérdida de Molly, y juntos desataron al viejo animal de la carreta, observando cómo el gigante, con sus grandes manos, le daba sepultura a pocos metros de ahí. Los tres miembros de la familia y el enorme gigante compartieron un momento juntos mientras despedían a su compañera.

Eliana rompió el silencio para preguntar a Tirion cómo lograrían regresar a su granja. En ese momento, el gigante se puso de pie y, avanzando sin problemas pero con mucho cuidado, se ubicó tras la carreta y, con sus enormes manos, la sostuvo en el aire acunándola contra su cuerpo. Luego miró a la familia y, con un gesto, les señaló que él podría cargarlos hasta su granja. Todo esto lo hizo con una tenue sonrisa que parecía más una infantil mueca, pero que fue bien recibida por la familia, sabiendo que no tenían otra opción que aceptar la oferta.

Rápidamente, el gigante volvió a colocar la carreta en el suelo, cargó algunos de los bultos que habían caído, y Tirion, con la misma atención que al inicio de la jornada, ayudó a su mujer e hija a subir a la carreta. Una vez a bordo, el gigante volvió a poner sus grandes manos a cada lado de la carreta, elevándola por los cielos a gran velocidad. Aurora, sorprendida y maravillada por semejante aventura, puso su mano en uno de los enormes dedos que sobresalían a cada lado, lo que hizo que el gigante se ruborizara brevemente y le devolviera a la niña una sonrisa, ahora mucho más pronunciada que la anterior.

El viaje al Valle de la Espada duró apenas diez minutos. El paso ágil del gigante había acortado considerablemente el trayecto y, sin duda, lo había vuelto mucho más emocionante. Desde esa perspectiva elevada, la familia Roblefuerte pudo contemplar la inmensidad del Bosque de los Argénteos, y a medida que la tarde caía, el espectáculo de colores era algo que ninguno de los tres había presenciado antes.

Para los miembros de la patrulla de caminos del Valle de la Espada, ver a un gigante descendiendo por la ruta de la montaña Durapenas fue motivo de alarma. De inmediato, un grupo de no más de veinte personas, provistas de herramientas agrícolas, se prepararon para defenderse de la aparente amenaza. Tirion había previsto que algo así podría suceder, por lo que le pidió al gigante que los dejara al pie del sendero, asegurándole que su gente los ayudaría a llegar hasta su granja. Sin embargo, el gigante parecía responder solo a las palabras de Aurora. Contradiciendo las instrucciones de su padre, Aurora ya le había dicho al gigante que vivirían todos juntos en la granja. La inocencia de una niña se había convertido en un mandato para el enorme ser.

Aun así, el gigante permitió que Tirion bajara de la carreta y se acercara al grupo de improvisados guerreros para contarles lo sucedido. Ninguno de ellos podía creer lo que escuchaban, pero al tener tamaña evidencia frente a ellos, ninguno se atrevió a seguir empuñando sus herramientas. Todos despejaron el camino y, una vez que Tirion subió de nuevo a la carreta, el gigante avanzó con cuidado hacia la granja de los Roblefuerte, ubicada al otro lado de la Cañada Azul, en dirección al Río Turbio.

Desde aquel día, el gigante se convirtió en un miembro más de la familia. Ayudaba a Tirion en la temporada de siembra, abriendo con sus enormes manos más terreno para cultivar, y de vez en cuando bajaba de la montaña con un par de osos muertos para asarlos y compartir con la gente del pueblo. Se escribió todo un nuevo libro sobre el comportamiento de los gigantes en aquel entonces, y la verdadera protagonista de esa historia fue Aurora Roblefuerte, quien se unió al gigante de una manera sorprendente, convirtiéndose en inseparables desde ese día.


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