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Confesiones de un barbero.


Durante la cena, Antonia Quijano no cesaba de hablar. Como de costumbre, sus interminables monólogos eran ignorados por su marido, quien se sumía en la lectura de aquel nuevo libro de filosofía que le había enviado su familia. Antonia había asumido la responsabilidad de la administración de la hacienda de su tío, manejando con destreza todos los asuntos relacionados con la producción y el cultivo. Sansón, por su parte, se ocupaba de las finanzas, gestionando los ingresos obtenidos principalmente de la producción de vino blanco. Su matrimonio, lejos de ser una unión romántica, se había transformado en una sociedad bien estructurada. Ambos compartían la carga de mantener la hacienda a flote, pero más por conveniencia que por afecto mutuo. Aunque su relación era bastante civilizada, la falta de verdadera intimidad y comprensión los había distanciado con el tiempo. Sansón más que nada soportaba a su mujer, y encontraba en sus libros un refugio para escapar de la monotonía y la falta de conexión emocional. Antonia, por otro lado, no parecía darse cuenta de la frialdad que había invadido su matrimonio. Su pasión por mantener la hacienda en buen estado y su atención constante a los detalles administrativos la mantenían ocupada y le daban una razón para seguir adelante. Sin embargo, en el fondo, ambos sabían que lo que una vez podría haber sido una unión de amor, se había convertido en un simple arreglo de negocios.

Antonia, sin detenerse ni un momento durante la cena, centró su atención en su hijo Rodrigo. Siempre había deseado que su primer hijo llevara el nombre de su amado tío, pero sus temores de que él se viera tentado a seguir la misma locura la llevaron a desechar esa idea. Rodrigo, habituado a los monólogos interminables de su madre, solía ignorar cada palabra que ella pronunciaba durante la hora de la cena. Sin embargo, en esta ocasión, se percató de que el mensaje estaba claramente dirigido a él. Antonia le informaba en detalle que todos los preparativos para su traslado a la ciudad de Barcelona iban según lo que ella había meticulosamente planificado. Con precisión y esmero, ya había dispuesto un lugar donde llegar y se había encargado de enviar con mucha anticipación todo lo necesario para que su hijo comenzara su vida en la universidad. Mientras su madre hablaba, Rodrigo no podía evitar sentirse abrumado por la idea de viajar bajo la sombra de tan cuidadoso esmero, deseando en su interior que el viaje le ofreciera una oportunidad para escapar de aquella vida predecible y rígida, al menos por un momento.

Mientras su madre continuaba hablando, Rodrigo se sentía abrumado ante la perspectiva de viajar a Barcelona. Sabía que no estaba en posición de rebatir nada. Sin embargo, a medida que las palabras de Antonia fluían, comenzó a vislumbrar una oportunidad. La idea de realizar el viaje solo, de manera liviana y casi sin equipaje, empezaba a resultarle atractiva. Tal vez, solo tal vez, podría pasarle algo interesante. Se enteró por su madre que en tan solo tres semanas partiría hacia Barcelona, donde pasaría los próximos cinco años, o quizás más, tiempo durante el cual estudiaría para convertirse en un bachiller en leyes como su padre. Aunque la noticia lo abrumaba, Rodrigo no podía evitar sentir una chispa de emoción ante la posibilidad de que este viaje representara un cambio en su vida, una oportunidad para descubrir algo nuevo y escapar de la monotonía que tanto lo agobiaba.

Cuando Antonia dejó de hablar, Rodrigo quiso aprovechar la oportunidad para contarle a su madre que había conocido la razón por la cual las personas del pueblo llamaban "gobernadora" a Teresa Panza. El joven Rodrigo no anticipó que la reacción de sus padres sería tan violenta. Antonia, con el rostro enrojecido por la ira, estuvo a punto de llamarle la atención como si aún fuera un niño de diez años. Le ordenó con severidad que no volviera a mencionarla en esa casa y le advirtió tajantemente que no se relacionara con los Panza, asegurándole que ella misma se encargaría de ir al mercado de abastos por los víveres que necesitaran.

Sansón, que hasta ese momento había permanecido ensimismado en su libro, levantó la vista y apoyó a su esposa con un tono más calmado pero igualmente firme, recordándole a Rodrigo que había ciertos asuntos que era mejor dejar en el pasado. Le dijo que debía enfocarse en su futuro y en sus estudios, y que lo que ocurrió con los Panza y otros desvaríos de antaño no tenían cabida en su vida actual.  Rodrigo, sorprendido por la intensidad de la reacción de sus padres, sintió una mezcla de frustración y resignación. Sabía que, al final, él seguiría haciéndose cargo de esos menesteres, puesto que Antonia prácticamente nunca abandonaba la hacienda. La cena terminó ese día con los tres miembros de la familia sumidos en el más completo silencio. Rodrigo se dio cuenta de inmediato de que había cometido un error al mencionar a los Panza.

Después de la cena, Antonia entró a la habitación de su hijo con una actitud mucho más calmada. Era evidente para Rodrigo que su intervención en la cena había provocado algo en ella, alguna especie de alarma que la llevó a adelantar sus planes de enviar a su hijo a Barcelona. En un arrebato de afecto maternal, se acercó a su hijo y, acariciando su cabello, le dijo que al día siguiente iría a ver a Maese Nicolás para que le ordenara ese desastre de cabello que tenía. Con voz severa, le indicó que tenía que llegar a Barcelona como un gran señor para que lo respetaran. Rodrigo sabía que su madre, con ese acto, insistiría en adelantar su viaje, por lo que el tiempo que tenía para investigar sobre el legado de su bisabuelo se acababa rápidamente.

Al día siguiente, cuando Rodrigo visitó la barbería del pueblo, se encontró con un hombre de avanzada edad que tal vez bordeaba los sesenta años. Su rostro afable reflejaba la sabiduría adquirida con el paso del tiempo. Maese Nicolás, como se hacía llamar, saludó con afecto al joven Rodrigo, lo cual no le resultó extraño, ya que se conocían desde su infancia. Maese Nicolás, mientras comenzaba su faena, empezó a hablarle de lo feliz que estaba de verlo partir a la universidad. Su perorata incluía anécdotas del pequeño Rodrigo, algunas más graciosas que otras, que su improvisada audiencia escuchaba con atención. Las otras personas presentes en la tienda no parecían ser clientes, sino más bien individuos que disfrutaban escuchando las historias que relataba el barbero.

Rodrigo, aún perturbado por el incidente de la cena, había confirmado que sus padres habían ocultado deliberadamente toda mención de las locuras de su bisabuelo. Más decidido que nunca en su obstinada misión de desentrañar su legado, emplazó a maese Nicolás a que le contara sobre él. El barbero se puso visiblemente nervioso al ser interrogado sobre un tema del cual había prometido no volver a hablar. Desde la lectura del testamento de Alonso Quijano, no había mencionado su nombre, y cuando Rodrigo nació, le prometió a sus padres guardar silencio.

Afortunadamente para el hijo de Antonia, el público improvisado de aquel día contribuyó a que sus planes dieran fruto. Un señor aún más arrugado que maese Nicolás comenzó a hablar de un libro titulado "Las ingeniosas aventuras de don Quijote de La Mancha", escrito por un tal Avellaneda. De inmediato, el tema explotó en el lugar, con todos los vetustos hombres discutiendo detalles sobre los diferentes libros y cuáles de ellos eran solo versiones apócrifas y distorsionadas del original, creado por un historiador árabe llamado Cide Hamete Benengeli.

A esa altura, maese Nicolás nada podía hacer para evitar el torrente de información que recibía el joven Rodrigo. Sin mostrar su verdadero interés, se preocupó de escuchar y recordar bien cada detalle, para decidir luego cómo actuar. Uno de los ancianos confirmó la calidad de gobernador de Sancho Panza, pero quien le entregó la mejor pista para comenzar a descubrir su legado fue el propio maese Nicolás. Notoriamente molesto, hizo callar a todos, abriendo los ojos y señalando que el joven que estaba ahí era Rodrigo Carrasco, bisnieto de Alonso Quijano, a quien sus padres habían mantenido ignorante toda su vida de los desvaríos de su antepasado.

El cura Pedro Pérez y él mismo habían prometido no volver a hablar de ningún asunto de caballería, así que el tema se daba por terminado, dijo el barbero a los presentes. Sin embargo, había cometido un error, le había entregado a Rodrigo la mejor pista para comenzar a investigar: el cura. Era de conocimiento público que Pedro Pérez había sido un amante de la literatura y se había declarado el guardián del legado de La Mancha, por lo que, sin lugar a dudas, en su biblioteca habría una copia del libro que Rodrigo necesitaba leer. El hijo de Antonia aprovechó el incómodo silencio que se generó luego del estallido de maese Nicolás para pedirle consejos al barbero sobre cómo sobrevivir a la vida en la gran ciudad. Esto permitió distraer a todos con un nuevo tema que los puso a discutir nuevamente. Sin embargo, Rodrigo comenzaba a planear la manera en que entraría a la abadía del pueblo.

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Fin de la segunda parte de la historia del bisnieto de don Quijote.


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