En contraste con el viaje anterior, esta vez don Fernando León, el veterano soldado contratado por su padre para garantizar su seguridad, encabezaba la caravana, con Alonzo a su lado. Muy cerca de ellos, Rodrigo los seguía, ansioso tanto por lo tortuoso del trayecto como por la posibilidad de desenterrar más indicios del legado de su bisabuelo.
En medio de aquella jornada caprichosa, se vieron obligados a buscar refugio. Don Fernando dirigió al grupo hacia una saliente de la montaña, instándolos a esperar a que el clima mejorara. De repente, una espesa niebla se levantó, impidiéndoles avanzar con seguridad. Alonzo, que también tenía un oído finísimo, se levantó de golpe, levantando la mano hacia su oreja derecha para captar lo que sucedía.
A lo lejos, en una depresión del terreno que la niebla permitía ver solo intermitentemente, Alonzo distinguió a un joven que gritaba y profería, según él, incoherencias. "Seguramente es un pastor," comentó Rodrigo. "O quizás el caballero Amadís de Gaula, llorando de amor por su señora Oriana," añadió, lo que provocó una mirada severa y reprobadora de don Fernando, que congeló cualquier intento de explicarse ante su amigo Alonzo.
Como el mozo de la hacienda y el hijo del bachiller eran amigos desde la cuna, Alonzo comprendió perfectamente la situación y prefirió no hacer más comentarios, esperando el momento adecuado para hablar con su amigo.
Cuando el clima finalmente se calmó, reanudaron la marcha. Tras horas de una cabalgata silenciosa, en la que solo se oían las indicaciones de Alonzo, lograron salir del paso de Sierra Morena. A sus pies se extendía un valle ligeramente boscoso, protegido por una extensión más pequeña de la sierra que acababan de atravesar. Don Fernando, con su voz de mando inapelable, propuso acampar allí y pasar la noche antes de continuar. Dio instrucciones precisas: que todos desmontaran y ataran sus caballos al mismo árbol mientras él encendía una fogata.
En un inusual arranque de elocuencia, don Fernando les indicó a los jóvenes que partirían al alba en dirección al poblado de Argamasilla, donde buscarían una venta para comer algo y reanudar el viaje. La relación entre Rodrigo y el viejo soldado estaba teñida de desconfianza, ya que el joven sabía que sus padres habían incluido a don Fernando en el viaje no solo por su experiencia y la seguridad que garantizaba, sino porque también estaba allí para impedir que Rodrigo buscara más pistas sobre el legado de don Quijote, su bisabuelo. Desde que salieron de la venta al otro lado del paso de Sierra Morena, Rodrigo había estado ideando cómo eludir al viejo soldado y descubrir algo nuevo sobre el legado de su bisabuelo.
A la mañana siguiente, Rodrigo fue el primero en despertar. Cabalgaron largo rato hasta llegar a un pueblo pequeño pero bien conservado, lo que llamó profundamente la atención de Rodrigo y Alonzo, quienes cabalgaban juntos nuevamente. Al entrar en el pueblo, llegaron a lo que parecía ser la plaza principal, dominada por una gran pérgola con una enorme placa memorial en su interior. “A la memoria del gran e ilustre señor Don Diego de Miranda, filántropo y benefactor del pueblo”.
En ese momento, Rodrigo salió de la pesadumbre con la que había descendido de la Sierra y le susurró a Alonzo: “Se trata del caballero del verde gabán”. Aunque su amigo no comprendió la referencia, fue suficiente para darse cuenta de que era otro vestigio que Rodrigo andaba buscando. Al acercar sus monturas al lugar, notaron la presencia de un hombre adulto, de no más de cuarenta años, que estaba colocando una ofrenda de flores frente al memorial. Tras intercambiar los acostumbrados saludos gentiles que solo los hombres de bien seguían practicando, aquel desconocido se presentó como don Lorenzo de Miranda.
Rodrigo Carrasco, sin lugar a dudas, había heredado el carácter de su padre, aunque solo en términos de fuerza, pues de la soberbia del bachiller Sansón Carrasco no había rastro en su hijo. Con una autoridad inherente, Rodrigo desmontó y anunció que pasarían el día con don Lorenzo de Miranda, quien les había invitado a su hacienda. Cuando don Fernando intentó oponerse a sus deseos, Rodrigo le devolvió una mirada seca, similar a las que su madre lanzaba cuando algo malo ocurría en los viñedos, recordó más tarde Alonzo, quien las conocía bien.
"¿Acaso soy su prisionero, don Fernando León?" Preguntó Rodrigo con firmeza. Completamente vencido, al viejo soldado no le quedó otra opción que llevar las monturas hasta el establo junto con Alonzo, quien lo acompañaba con una sonrisa socarrona, satisfecho por la victoria de su amigo. Luego, don Lorenzo invitó a Rodrigo a pasar a su casa para que pudieran conversar sin interrupciones, asegurándole que no se preocupara por sus amigos, pues había dado instrucciones para que los atendieran como era debido.
Intrigado, Rodrigo preguntó la razón de tantas atenciones, y don Lorenzo le contó la historia de su padre, don Diego de Miranda, un labrador que se había enriquecido gracias a su producción de aceite de oliva. "Nunca desconoció sus orígenes," relató don Lorenzo, "y siempre fue gentil con los viajeros, ayudando a las gentes del pueblo. Todos amaron a mi padre y lo hacen hasta el día de hoy. Si fuese posible, el pueblo llevaría su nombre, pero de todos los buenos atributos de mi padre, la sangre noble no era uno de ellos."
Una vez dentro de la hacienda, entraron en un gran salón rodeado de estanterías repletas de libros, lo que impresionó sobremanera a Rodrigo. Se preguntó si en aquel lugar habría un ejemplar del historiador moro. Percatándose de la reacción del joven viajero, don Lorenzo respondió con un tono de voz tranquilo y severo: "No, no está aquí el libro que busca. En esta casa, mi padre acumulaba libros de todas las ciencias, muchas artes y de historia, pero no de caballería."
Las palabras de don Lorenzo de Miranda dejaron perplejo a Rodrigo. Al quedarse casi sin aliento, no pudo articular respuesta alguna, pues el impacto lo había paralizado. Don Lorenzo, sin dejar de mirarlo, tomó asiento junto a la chimenea en lo que quizá era el sillón favorito de su padre, que ahora ocupaba con total autoridad. Observó con calma de arriba a abajo al joven bien parecido que tenía frente a él y supo de inmediato con quién estaba tratando. Había algo casi místico o mágico en don Lorenzo que dejó a Rodrigo maravillado. "Sabía que este día llegaría," afirmó don Lorenzo, "porque las historias necesitan ser vividas para que perduren en el tiempo. Un legado no puede negarse y estamos obligados a que ese legado nunca muera. Usted bien sabe de lo que hablo," dijo, sorprendiendo aún más a Rodrigo.
La cabeza de Rodrigo, hijo de Antonia Quijano y del bachiller Sansón Carrasco, bisnieto de don Quijote de La Mancha, estaba a punto de estallar. Todas las imágenes de lo que había leído en la abadía lo golpeaban incesantemente, pero había algo en él que no le permitía entenderlas completamente o sentirlas tal como lo anhelaba. "Esta es la casa del Caballero del Verde Gabán," dijo finalmente Rodrigo. "Y usted es el hijo que escribía poesías," añadió, lleno de asombro. "Y también soy el que te ayudará a encontrar el legado de tu bisabuelo, mi querido muchacho," dijo don Lorenzo con una sonrisa en su rostro.
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Fin de la sexta parte de la historia del bisnieto de don Quijote.

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