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El hombre de las estrellas.


 El profesor Th’vaaviq imparte la clase de Astrofísica en el último año de la carrera. A él no le importa que solo seamos un puñado de jóvenes los que asistimos a su clase, ya sea porque muchos abandonaron en el camino o les tomó más tiempo llegar hasta aquí. Este año somos doce hombres y ocho mujeres quienes jamás perdemos su clase, porque la fama del profesor Ian Th’vaaviq es toda una leyenda.

Para ser un profesor universitario, transmite una energía y pasión inigualables cuando comparte su conocimiento. Es evidente que disfruta dar clases. Ciertamente, esto lo distingue del resto de los profesores de la facultad, quienes viven un tanto separados de la realidad y se vuelven entes inalcanzables, siendo sus ayudantes el único medio para sobrevivir a sus clases. Con el profesor Th’vaaviq, es completamente distinto. Posee una personalidad muy diferente, quizás es su cabello blanco y su rostro lleno de arrugas, que le da un aspecto de abuelo bonachón y tierno que a todos nos encanta.

"Hoy descubriremos los secretos de la física que rigen los movimientos de los cuerpos celestes. Desde las leyes de Newton y la teoría de la relatividad de Einstein hasta los misterios de la mecánica cuántica, entenderemos cómo estos principios nos permiten ver el universo con nuevos ojos," nos dijo con entusiasmo.

Para nosotros, su clase es un verdadero desafío, una prueba constante a nuestros conocimientos en matemáticas, física y, sobre todo, a nuestras habilidades analíticas. Pero con el profesor Th’vaaviq ocurre algo tan extraño que nadie lo entiende realmente. En una ocasión, un grupo de estudiantes lo encontró en la nueva cafetería del campus Isabel Bongard. El profesor Ian tenía la costumbre de pedir un mocachino sin azúcar y sentarse a beberlo mientras leía en su Kindle. Entonces, un pequeño grupo de nosotros se acercó a él, y con mucho cuidado de no molestarlo, le pedimos si podíamos acompañarlo. Él nos recibió con la misma actitud radiante que mostraba al principio de la mañana.

Esa es la razón por la que casi todos los estudiantes de la facultad de ciencias adoramos al profesor Th’vaaviq. Es prácticamente el único que, siendo una autoridad en astronomía, también tiene la capacidad de compartir con los adolescentes y con todos en general. Algunos cuentan que, en una ocasión, mientras llegaba a la facultad, encontró a un estudiante de primer año que había sufrido un accidente con su vieja bicicleta. La horquilla había llegado al límite de su vida útil, y el joven había llegado a clases con el pantalón y la polera llenos de tierra producto de la caída. Cuando el profesor Th’vaaviq lo encontró, se quedó conversando largo rato con él y hasta le ofreció ayuda para recuperar su bicicleta. Ese día, tuvimos que esperarlo mucho antes de que empezara su clase, porque había llevado al joven y su bicicleta a un taller en calle Balmaceda. Al preguntarle a la secretaria de la facultad por él, ella se rió y nos dijo que seguramente había ido al taller de bicicletas de su familia para ayudar al joven. Quedamos doblemente sorprendidos. Primero, un profesor de universidad con sentimientos que ayudaba a jóvenes en desgracia; y segundo, ¿qué hacía un astrónomo con un taller de bicicletas?

Sin duda, el profesor Th’vaaviq es sorprendente dentro y fuera de la universidad. Por esa razón, nos atrevimos a interrumpir su café para conocerlo mejor. Nos contó que había nacido en la Tierra y que su familia venía de un lugar muy lejano. Algo nervioso nos dijo: "Ah, sí, mi apellido es de origen eslavo. Mi familia emigró desde Polonia hace varias generaciones, y el apellido se ha mantenido en la familia desde entonces". Hablar con el profesor Th’vaaviq ciertamente es emocionante, ya sea por la energía que transmite o por las historias que cuenta. Cuando le preguntamos por el taller de bicicletas, dijo que ese era el negocio de la familia. Sus padres, Atheb y Eiravyn, lo iniciaron antes de que él naciera, y ahora vivían en una pequeña casita en Pisco Elqui. Él se encarga de mantener el taller funcionando, mientras trabaja en la universidad y en los proyectos de ALMA como especialista consultor. Con una facilidad sorprendente, el profesor Th’vaaviq mezcla la ciencia más sofisticada con bicicletas y horquillas quebradas. Sin duda, nadie lo hubiese imaginado, pero nosotros disfrutamos de compartir con él. Su vitalidad y energía no son las de un hombre de aproximadamente cincuenta años; es una fuerza imparable que contagia a todos. Ese día, nos sentimos realmente afortunados de ser sus alumnos.

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