Ir al contenido principal

El pequeño niño.


El hombre avanzó hasta el final de la fila, resignado a esperar más tiempo del planeado para comprar su helado favorito. No era una delicatessen, solo un sencillo helado de vainilla con salsa de frutilla en un pequeño vaso, ni siquiera publicitado en el local, pero un clásico entre la variedad ofrecida. Al llegar al último lugar, un niño de cabello rubio como el sol saltó de la nada y le devolvió una tierna mirada.

—Yo también estoy esperando —dijo el niño.

El hombre, sin ánimo de amargarse por la espera, le devolvió una sonrisa. La larga espera fue provocada por un grupo de señoras que, en lugar de anticipar su selección de helados, se dedicaron a conversar, haciendo un espectáculo de sus indecisiones. El hombre observaba a la chica de la caja y empatizó con la mirada cansada que les dirigía. Sonrió recordando su juventud y los años trabajando cara al público, entendiendo perfectamente lo que esa mirada significaba: "Estas viejas de mierda que no se deciden".

Al rato, cuando la fila reanudó su movimiento, el hombre notó una fuerte presencia observándolo: un par de ojos verdes bajo una melena rubia. El mismo niño de antes lo miraba fijamente mientras el hombre recordaba su juventud. Al descubrir que lo miraban, el niño desvió la mirada rápidamente, ya que la fila estaba llegando a la caja y pronto sería su turno. El hombre no asignó mayor significado a lo ocurrido, solo pensó en lo excepcional del verde de sus ojos.

La cajera saludó al niño con su discurso corporativo prefabricado. El niño pidió un barquillo de dos sabores simples. La cajera, con una sonrisa inexpresiva, le dijo que solo había de vainilla. El niño, con un claro acento argentino, respondió que no se preocupara, que la vainilla estaba bien. La respuesta del niño sorprendió tanto a la cajera que, por un segundo, toda la mala vibra acumulada en cuatro horas tras la caja desapareció. Aquel niño, con su cabello dorado y ojos verdes profundos, la había renovado completamente.

El primero en beneficiarse de ese acto fue el hombre, recibido por la cajera con una calidez que lo sorprendió.

—Dame un sundae de vainilla con salsa de frambuesa, por favor —pidió, cerrando la transacción con otra sonrisa y un cálido "gracias". Al cambiarse a la fila para retirar su pedido, el hombre notó que las señoras indecisas aún recibían sus complicados postres. El niño volvió a mirarlo, intensificando la fuerza de su mirada. Ajeno a lo que ocurría, el hombre mantuvo la buena vibra de la interacción con la cajera.

Cuando llegó al mesón para retirar su helado, había perdido de vista al niño. Buscó un lugar tranquilo para disfrutar su capricho. Menos de cinco minutos después, el niño apareció con su barquillo a medio comer. Se sentó junto al hombre y le devolvió una sonrisa mientras rescataba una gota de helado de su dedo.

—Lo que vos pediste no estaba en los avisos —comentó el niño.

Desconcertado por la naturalidad del niño, el hombre explicó que siempre pedía lo mismo, y que era un helado viejo que siempre estaba disponible.

—¿Y cómo sabés que está disponible? —preguntó el niño, decidido a acompañar al hombre mientras ambos terminaban sus helados.

—Fíjate que sobre la máquina están estos mismos vasitos de mi helado —dijo el hombre.

El niño, de no más de siete u ocho años, miraba los vasitos con fascinación. El hombre, de más de cuarenta y cinco años, sabía que no era seguro quedarse conversando con un niño en un lugar público. Sin embargo, había algo en el niño que le agradaba, pero su prudencia prevaleció y le preguntó dónde estaban sus padres.

El niño respondió que estaban en la tienda de enfrente, comprando zapatillas.

—Mis padres saben que tengo facilidad para hablar con las personas, según ellos es un don, porque no lo hago con cualquiera, sabés, tiene que ser alguien especial —dijo el niño, hablando casi como un adulto.

El hombre, absorto, escuchaba al niño hablar de sus vacaciones en Coquimbo.

—Jamás me aburro, siempre hay cosas nuevas y amo ir a la playa con mis primos —relató el niño.

Sin quererlo, el hombre se llenó de una energía renovadora. Después de que los padres del niño lo llamaron, el hombre reflexionó sobre la experiencia. El niño había sido real y le había dejado algo grabado dentro que deseaba conservar para siempre. Una semana después, el hombre regresó al centro comercial por su helado de siempre, pero no encontró rastro del niño. Sentado en el mismo lugar, conservaba la energía que le habían regalado. De manera insólita, el universo le había enseñado a redescubrir y fortalecer su niño interior. Desde aquella experiencia, el hombre no fue el mismo. Fue cada vez mejor, gracias a la vibra de aquel pequeño niño.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Niño raro.

La mañana se derramaba con la rutina de siempre, esa cadencia lenta que, en el oficio de maestro, te arrastra a un modo automático, como si los gestos y las palabras surgieran de una maquinaria invisible que ya no necesita órdenes. A veces, sin embargo, un destello irrumpe —un segundo de lucidez o de extrañeza— y ese instante basta para sobrevivir a la vorágine de emociones que significa trabajar con adolescentes. Con los años, uno desarrolla un sentido que no figura en los manuales: un tercer ojo que no adivina el futuro, pero sabe leer la humedad en un párpado, la fractura invisible de un corazón, o ese chispazo del alma que ni siquiera su dueño ha notado. No es magia ni pedagogía esotérica: es una costumbre afinada, un instrumento secreto que todos los maestros llevan, aunque pocos se detengan a afinarlo. —¿Por qué me dice “niño raro”, maestro? ¿Acaso se burla de mí?— Alonso. El más raro de todos. Y no por el rostro herido de acné, ni por esos lentes enormes que parecen multiplicar ...

La última historia.

 Quedaba un último ritual, el más arduo, el más definitivo. La habitación de mi madre permanecía casi intacta, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante de su partida. Cada objeto seguía en su sitio, cada prenda aguardaba en silencio, y nosotros habíamos decretado que aquel espacio sería un santuario: un refugio de paz, un lugar donde su presencia se mantuviera viva. Pero la verdad era otra. Todo aquello era apenas un simulacro, buenas intenciones sin raíz, un espejismo de consuelo. El paso más doloroso estaba aún pendiente: su ropa. Habíamos decidido entregarla como donación en la parroquia de Santa Gema de Galgani, en Ñuñoa, donde mi madre había sido devota incansable de la Virgen. Recuerdo con nitidez las visitas de mi infancia, la solemnidad de los rezos, y aquella escena imborrable en que ella, con una fe que me desconcertaba, avanzó de rodillas por el pasillo principal, como si cada movimiento fuese una ofrenda. Habíamos hablado de compartir ese momento: separar su...

Dejar huella.

Lo que para muchos fue una sorpresa, para mí ya era una certeza quieta, de esas que se intuyen mucho antes de que el mundo las confirme. El correo del director llegó como llegan todos: seco, sin adornos, sin la menor intención de conmover. Anunciaba que Sahil, el joven profesor de Filosofía, partiría en unas semanas. Había sido aceptado en una beca para continuar sus estudios en Edimburgo. Cruzaría el océano para cambiar los cielos abrasados del norte por un país de lluvias interminables y calles que huelen a historia. Me alegra por él. Lo digo con sinceridad. Aunque entre nosotros hay más de una década de diferencia —yo, casi trece años encerrado entre aulas y recreos; él, recién dos años explorando este oficio—, su presencia supo renovar algo en mí. No fue solo su inteligencia, ni su manera de pensar en voz alta, sino esa forma suya de estar: lúcida, presente, sin estridencias. Me va a doler no verlo más sentado junto al equipo, compartiendo el ritual ya necesario de hablar de lo que...