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El último bastión.


Edwin Gálvez había crecido con el deporte en sus venas. Desde que sus padres lo inscribieron en talleres deportivos en la enseñanza básica, supo que el sudor y el esfuerzo serían sus compañeros de vida. Años de disciplina y perseverancia le habían permitido desarrollar un estado físico envidiable, pero también le habían enseñado a enfrentar desafíos en todos los ámbitos de su vida.

En la universidad, Edwin destacaba por su determinación y su capacidad para superar obstáculos. Sin embargo, su familia sabía que detrás de su éxito había una historia más compleja. Edwin había heredado el nombre y el temperamento de su abuelo, un hombre conocido por su terquedad y su pasión.

Aunque nació en el último año del buey antes del cambio de siglo, Edwin no creía en la astrología. Para él, su personalidad era el resultado de su educación y su experiencia. Sin embargo, no podía negar que su terquedad había sido un obstáculo en su vida amorosa. A pesar de ser un joven atractivo y exitoso, Edwin sabía que necesitaba trabajar en su capacidad para conectar con los demás.

Edwin entrenaba todas las tardes en la plaza de Las Américas, en Coquimbo. En la calistenia, había encontrado una realización personal que jamás había experimentado antes. De pequeño, había empezado en una academia de fútbol, pero no duró más de un año, ya que nunca se sintió cómodo con el ambiente. Con el tiempo, probó de todo: básquetbol, voleibol e incluso tenis durante una breve temporada.

Ese periplo deportivo lo llevó a decidir estudiar kinesiología en la universidad, con la meta de especializarse en medicina deportiva. Aunque creía que había comenzado sus estudios tarde, esta diferencia de edad con el resto de sus compañeros marcaba una notable diferencia en actitud y compromiso. Ahora, entrenaba en la plaza con un pequeño grupo de ellos, y ya llevaban siete meses compartiendo y perfeccionando sus técnicas juntos. Esa diferencia de tres o cuatro años no representaba una barrera para mantener una amistad y reciprocidad que Edwin valoraba profundamente.

—Estoy completamente seguro de que esta vez voy a pasar “Fisio” —dijo Edwin mientras terminaba una dominada en la barra con una mano.

—Más nos vale, si estudiamos como locos para el examen final —respondió uno de sus compañeros.

En medio de la conversación sobre sus posibilidades de aprobar por segunda vez la asignatura de “Fisiología de sistemas”, que los había dejado atascados en el tercer año de la carrera, Edwin observó la llegada de un par de mujeres jóvenes a las mismas barras donde ellos estaban entrenando.

—¿Qué sucede, Edwin? De pronto pareces distraído —preguntó su amigo.

La llegada de aquellas chicas a las barras descolocó a Edwin. Para él, las barras eran un santuario, un espacio donde podía entrenar con sus amigos sin distracciones. No le importaba ser tildado de machista o misógino; su preocupación radicaba en mantener la pureza de ese entorno. En efecto, la presencia de las chicas transformó por completo el ambiente en la plaza. Varios de los jóvenes comenzaron a conversar con ellas, y la mayoría abandonó el entrenamiento para socializar y quizás conseguir algo más.

Aunque Edwin no iba a montar una escena, tenía la convicción de que la calistenia no era una actividad para mujeres y compartió su sentir con su amigo.

—Tienes razón, las ponen feas y con un cuerpo que no es agradable —dijo su amigo empatizando con Edwin—, pero tienes que aceptar que no podemos ir y decirles que se vayan. Estás loco, después los que terminaremos mal seremos nosotros —dijo encogiéndose de hombros a modo de resignación.

Juan Carlos conocía a Edwin desde hacía años y sabía que su amigo sobresalía en muchos aspectos. No obstante, también estaba al tanto de los problemas particulares de su compañero de barras. Por eso, pensó que este podría ser un momento adecuado para hablar del tema con Edwin. Su amigo, siempre enfático, admitió que le costaba relacionarse con las mujeres.

—Soy un viejo chico —dijo Edwin con una sonrisa triste, compadeciéndose de sí mismo.

Pero su postura respecto a la presencia de mujeres en las barras tenía otro sustento.

—Con todo esto del feminismo y la guerra de los géneros, lo único que hemos logrado es distanciarnos más —explicó Edwin—. Hay tantos weones sueltos dañando a las mujeres y tantas locas tóxicas, que cada vez estamos más separados. Fíjate, ahora hay peluquerías y barberías: una para mujeres y otra para nosotros, y así está bien —agregó Edwin, ejecutando una plancha perfecta que impresionó a su amigo—. Pero el otro día, fui a la calle Varela y ¡paf!, había una mina trabajando en una barbería. Weón, yo ya me acostumbré a esta diferencia, a tener nuestros propios espacios, y parece que las mujeres, con todo su discurso de independencia y derechos, siguen queriendo ocuparlo todo.

Juan Carlos le devolvió una mirada a media luna, preludio de una respuesta fuerte o irónica. Sin embargo, por alguna razón extraña, se contuvo.

—Ese es el razonamiento más extraño que te he escuchado. Fue como si tu abuelo siguiera vivo —dijo Juan Carlos, en un tono que no le agradó mucho a Edwin.

La tarde parecía estar del lado de Edwin. Las dos mujeres, a quienes Juan Carlos reconoció de la universidad, parecían más interesadas en distraer al grupo de chicos que en las barras. Una de ellas, vestida con ropa ajustada que sugería estar lista para sus primeras dominadas, se dedicaba a tomar fotografías y a chatear con su teléfono móvil desde el momento en que llegó. Su amiga, también vestida para la ocasión, hacía ademanes de intentar algún ejercicio, pero terminaba contemplando cómo los chicos que la rodeaban se ejercitaban frente a ella.

—En realidad, las dos vinieron a dar puro jugo —dijo Juan Carlos, ahora un poco más convencido de los argumentos de su amigo—. ¿Sabes qué? Prefiero a las vecinas que vienen a hacer aerobox. De hecho, me motiva intentar hacerlo alguna vez.

Aprovechando la oportunidad, su amigo añadió con una mirada burlona:

—¿Esa actividad es solo para mujeres?

Edwin respondió levantando una ceja, señal de su molestia ante la broma.

Las horas pasaron y la tarde dio paso a la penumbra. Los grandes focos de la plaza Las Américas se encendieron, devolviendo la luminosidad al santuario de Edwin. A esa hora, solo unos pocos devotos de las barras seguían entrenando; las distracciones habían desaparecido y todo volvía a la normalidad. Edwin y sus amigos continuaron ejercitándose con la misma energía de siempre, discutiendo y charlando sobre sus posibilidades de aprobar la asignatura que tanto los complicaba, mientras competían por hacer flexiones con giros que los dejaban exhaustos.


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