No muy lejos, en las sombras, Asmodeus observaba. Este demonio de la lujuria, cliente habitual de los tugurios más oscuros del puerto, había seguido casualmente a una pareja de mortales por la misma calle. Al percatarse de la presencia de Cupido, decidió observarlo detenidamente, consciente de la conducta irresponsable del dios del amor.
Una de las flechas de Cupido impactó en un joven, demasiado joven para el gusto de Asmodeus, desatando un arrebato de pasión que lo llevó a lanzarse sobre una jovencita que esperaba entrar a un pub. La acción del joven provocó una violenta reacción por parte de los amigos que acompañaban a la chica, desatando una pelea en plena calle. Desde lo alto, Cupido reía vulgar y descontroladamente, observando el espectáculo con una orgullosa irresponsabilidad.
En ese momento, Asmodeus decidió intervenir. Apareció junto a Cupido, dándole un susto tremendo. Lo primero que hizo fue criticar su comportamiento impulsivo e irracional, lo que enfureció al dios del amor. Cupido, con desdén, le reprochó su condición de demonio y se burló de sus palabras. Asmodeus se defendió, afirmando que él promueve la lujuria y las fantasías, pero siempre elige cuidadosamente a sus mortales, nunca se involucra con niños ni provoca peleas.
Los dos comenzaron a recriminarse mutuamente por sus acciones, revelando la actitud caprichosa e irresponsable de Cupido en contraste con la personalidad calculadora y pragmática de Asmodeus. El conflicto entre ellos creció a tal punto que cualquiera hubiera pensado que estaban a punto de luchar.
Asmodeus, con la sabiduría propia de uno de los demonios más poderosos del infierno, no estaba dispuesto a seguir luchando con un mocoso querubín del cielo. Decidido a cambiar de táctica, le propuso a Cupido hacer un alto en sus tareas habituales y bajar a beber algo. A Cupido la idea le pareció atractiva, así que ambos adoptaron sus formas mortales y se dirigieron al local que estaba al otro lado de la calle. Al llegar, cruzaron sus miradas y rieron discretamente al ver el nombre del local: "Santo Demonio". Parecía el lugar perfecto, como si el destino les diera la licencia de tomarse un descanso.
El ruido del local dificultaba una conversación fluida al principio. Asmodeus pidió un licor fuerte, mientras Cupido se dedicaba a beber cuantas cervezas llegaban a su mano. Al cabo de un rato, Asmodeus le preguntó a Cupido por qué había comenzado a actuar de esa manera. Cupido, afectado por el alcohol, respondió cabizbajo: "Los mortales ya no me necesitan". Asmodeus, sorprendido por la respuesta, quiso replicar, pero Cupido lo interrumpió diciendo: "Los mortales ya no se enamoran como antes, solo quieren divertirse y no tener responsabilidades. ¿Sabes una cosa? Yo me he vuelto como ellos, así que no te atrevas a reprocharme por causar problemas".
Asmodeus pensó largo rato antes de responder. "Los mortales siguen siendo como niños", dijo con calma. Cupido golpeó la mesa y replicó: "No, no son niños. Los mortales saben exactamente lo que hacen". Luego, Cupido fijó su atención en una pareja de hombres que discutía cerca de la salida. "¿Ves? Nada puede durar, todo lo arruinan. O tal vez tú tengas la culpa de ello", dijo con amargura. Asmodeus, sin inmutarse, respondió que él no tenía nada que ver con romances. "Mi trabajo no es juntar parejas, sino observar lo que hacen", afirmó.
Al rato, Cupido señaló otra pareja que discutía en una mesa cercana. Ella le hablaba con voz golpeada a su compañero y lo reprochaba por algo que Cupido no lograba comprender debido al ruido del local. Asmodeus pensó que tal vez bajar a beber no había sido una buena idea, y decidió llevarse a su compañero de allí. Con una calma y comprensión más propia de un padre que de un demonio, cargó al escuálido querubín y caminaron rumbo a la plaza Vicuña Mackenna. Al llegar, Cupido decidió devolver gran parte de la cerveza que había bebido. Asmodeus, quien detestaba ver gente vomitando, tuvo que contener su asco solo para no dejar abandonado a su compañero en esa situación.
La noche terminó de una manera completamente distinta a lo que habían planeado. Los dos, tirados en el pasto bajo un farol roto de la plaza, miraban a las personas pasar, conscientes de que los mortales realmente no los necesitaban. El demonio disfrutaba de la brisa nocturna con el dios del amor acurrucado a su lado, esperando recuperarse de su embriaguez. Asmodeus iba a recordar cada momento de aquella noche, porque con ello tendría con que fastidiar al querubín por mucho tiempo más.
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