Las cosas no solo habían mejorado para Rodrigo en el ámbito laboral, sino que, en los últimos meses, había conocido a una mujer interesante. Rodrigo se había refugiado en la compañía de su gata Isidora, pero tras su muerte, experimentó una profunda soledad que lo abrumaba. La llegada de Victoria le inyectó energía a su vida, pero al parecer, no sería lo único que iluminaría sus días.
Rodrigo conoció a Pamela de la manera menos romántica e inverosímil posible. Una noche, mientras recolectaba cueros en una cueva llena de Yetis en Feralas para mejorar su profesión de peletero, encontró a otros jugadores haciendo lo mismo. "Odio este servidor de aniversario que está repleto de gente, maldito Blizzard," dijo Rodrigo mientras abría el chat del juego para desahogarse. "Putos gringos," escribió con la seguridad de que nadie entendería sus palabras. Segundos después, recibió un mensaje privado de otro jugador, ofreciendo trabajar juntos para recolectar materiales en la cueva. Era un pequeño gnomo guerrero que buscaba minerales en la misma zona.
Normalmente, estos actos de camaradería son habituales en World of Warcraft, pero en este servidor de aniversario, encontrar a alguien que hablase español era especial. Rodrigo recuerda haber jugado con el desconocido hasta bien entrada la noche, pero cuando el sueño empezó a vencerlo, decidió despedirse. Ese mensaje dio pie a una nueva aventura de descubrimiento. El anuncio de su partida llevó al gnomo a preguntarle de dónde era. La conversación se alargó más de una hora y resultó que el desconocido era otro chileno, que vivía en La Serena y llevaba años jugando el mismo juego.
Al principio, todo esto no significó más que el inicio de una amistad "in-game" común y corriente, pero con el tiempo, se volvió algo especial. A medida que pasaban las semanas, las pláticas con el gnomo se hicieron habituales, y Rodrigo descubrió que se trataba de una mujer, soltera, profesional y tan fanática de Warcraft como él. Poco tiempo después, acordaron verse en el mundo real. No eran muy diferentes, con tres o cuatro años de diferencia, pero curiosamente tenían muchas cosas en común. No solo el juego era su tema de conversación favorito, sino que Pamela también era amante de los gatos.
Desafortunadamente, Pamela había dejado de criar gatos debido a una inesperada alergia de su abuelo, lo que le impidió tener gatitos en casa. Desde la muerte de su "tata Manuel", no se había animado a tener otro gato en casa. Increíblemente, el universo y la magia de Warcraft unieron a dos personas que se complementaban muy bien. Ambos eran solitarios y amantes de su soledad, de su espacio personal y de sus hobbies. Eran adultos y profesionales. Pamela tenía una casa en Tierras Blancas que arrendaba para pagar cómodamente el dividendo, mientras vivía con sus padres. Rodrigo vivía en su departamento en Coquimbo y había regresado a la ciudad hace dos años, tras trabajar en Copiapó.
Definitivamente, todo se confabulaba para que estas dos personas decidieran estar juntas, y todo indicaba que así sería. Sin embargo, la menos motivada con esta relación era Victoria, quien no veía con buenos ojos la llegada de la intrusa. Aunque fue complicado al principio, Pamela supo ganarse a esta terca señorita, ganando espacio siguiendo las reglas que Victoria había establecido para ella. Para alguien ajeno, toda esta situación podría parecer una locura, pero los verdaderos amantes de los gatos entienden los intrincados códigos de conducta de estos animales. Ganarse su corazón a veces resulta una tarea titánica.
Hoy, la presencia de Pamela se ha vuelto frecuente en el departamento, y Victoria la ha aceptado a regañadientes. Ahora, se deja mimar y acepta los sobornos que le traen, pero siempre establece los límites de la relación. Por el contrario, quienes han dado rienda suelta a su vínculo han sido Rodrigo y Pamela, quienes parecen estar a punto de decidir vivir juntos. Y qué mejor ahora que Victoria, muy en el fondo, había empezado a querer a la intrusa.

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