Mientras avanzaban, Rodrigo evocó algo que había leído y, con una sonrisa silenciosa, imaginó la venta como un castillo. Ya había bromeado sobre esto con Alonzo mientras descendían la loma, donde habían contemplado a lo lejos los molinos de viento. Al llegar a la venta, una mujer relativamente joven y un anciano, que apenas los observaba, los recibieron. Rodrigo, con el porte resuelto que había heredado de su padre, descendió de su montura y tomó la iniciativa: "Rodrigo Quijano, para servirle. Somos tres viajeros que buscamos algo de comida, una cama cómoda y alguien que atienda a nuestras monturas," proclamó con una autoridad y confianza que no pasó desapercibida para su amigo.
"¿Quijano? ¿Desde cuándo te presentas con el apellido de tu madre?" inquirió Alonzo, mientras ambos se acomodaban en una pequeña mesa. El asombro teñía su voz, y sus ojos, agudos y llenos de curiosidad, escrutaban sin cesar a su amigo. Para Alonzo, la elección de Rodrigo de usar el apellido materno era intrigante, casi desconcertante. No era una práctica común, y mucho menos esperada. Con su característica perspicacia, Alonzo no pudo evitar preguntar qué traía entre manos. "¿Qué estás tramando, Rodrigo?" insistió, inclinándose hacia adelante, su voz una mezcla de sorpresa y sospecha. Rodrigo, manteniendo la compostura, sonrió con confianza. "No tienes nada de qué preocuparte, Alonzo. Todo está bajo control," respondió, su voz cargada de una calma que solo aumentaba la curiosidad de su amigo.
Mientras tanto, don Fernando, en su habitual silencio, se ubicó en una mesa cercana, desde donde podía observar a todos los presentes en la venta. Su presencia vigilante era un recordatorio constante de las responsabilidades y peligros que les aguardaban en su viaje. Aunque Rodrigo se sentía aliviado por la distancia que el viejo soldado mantenía con ellos, ya fuera por su rol de guardián o por la brecha generacional, no podía evitar sentirse abrumado.
Dos cosas preocupaban a Rodrigo sobre don Fernando. La primera era que el viejo soldado bebía más de la cuenta, lo que ponía en duda su comportamiento en caso de problemas. Además, su temperamento se volvía más agresivo con cada copa, lo que hacía temer que, en lugar de evitar problemas, pudiera causarlos. Esta dualidad en la conducta de don Fernando hacía que Rodrigo se sintiera constantemente en guardia.
Don Fernando representaba una espada de doble filo: su compañía garantizaba la seguridad del viaje, pero también era una amenaza constante para los planes de Rodrigo de descubrir más sobre el legado de su bisabuelo. La mirada vigilante del soldado y su control sobre cada movimiento lo hacían sentir atrapado, consciente de que cualquier intento de explorar esas historias podría ser rápidamente frustrado por la estricta protección de don Fernando.
Rodrigo se debatía internamente entre la gratitud por la seguridad que don Fernando les brindaba y la frustración de ver sus deseos de aventura y descubrimiento constantemente restringidos. La responsabilidad de su viaje pesaba sobre sus hombros, y la presencia del soldado, aunque necesaria, añadía una carga emocional que Rodrigo no podía ignorar. Se preguntaba, con creciente ansiedad, cómo podría sortear la vigilancia de don Fernando cuando llegara la oportunidad de desentrañar los misterios de su bisabuelo en esas tierras.
Aprovechando el calor del lugar, Rodrigo, con un vaso de malta en la mano, comenzó a relatarle a Alonzo las épicas aventuras de su bisabuelo en el paso de Sierra Morena. Alonzo, inicialmente escéptico, terminó haciendo preguntas repetidas y detalladas sobre el relato, pues no lograba entender el enredo amoroso. "¿Quién era la princesa Micomicona?" preguntó Alonzo, impacientando un poco a Rodrigo.
Rodrigo, con una mezcla de paciencia y entusiasmo, respondió: "La princesa Micomicona, mi querido Alonzo, es en realidad Dorotea, una joven que, disfrazada de princesa, se alió con otros personajes para engañar a don Quijote y llevarlo de regreso a su hacienda. Dorotea fingió ser una princesa cuya tierra había sido usurpada por un gigante, lo que despertó en don Quijote su deseo de ayudarla y restaurar su reino. Esta astuta artimaña fue clave para poder devolver a mi bisabuelo a casa." Rodrigo tras apurar un poco su malta, continuó su relato.
Alonzo frunció el ceño, visiblemente confundido. "¿Don Fernando? ¿El mismo que nos acompaña?" preguntó, señalando con la cabeza al soldado que estaba en la otra mesa. Rodrigo no pudo evitar soltar una carcajada. "No, Alonzo, no te confundas. Había otro don Fernando en la historia, un noble y no nuestro guardián de escolta. Ese don Fernando era un caballero que también se involucró en un enredo amoroso. Estaba enamorado de Lucinda, la misma mujer que Cardenio amaba. Pero a través de engaños y manipulaciones, planeaba casarse con ella."
Alonzo, con una expresión de alivio y una sonrisa, comentó: "¡Vaya! Ya estaba pensando que nuestro don Fernando era más versátil de lo que pensaba." "Exacto," dijo Rodrigo, riendo. "Nuestro don Fernando tiene suficientes problemas manteniéndose sobrio, como para añadir enredos amorosos a su lista de hazañas."
Rodrigo continuó, "Pero eso no es todo. En aquella venta se entrelazaron las vidas de Cardenio, Lucinda y el otro don Fernando. La situación se volvió más complicada cuando don Fernando convenció a Cardenio de que le permitiera cortejar a Lucinda para probar su virtud. Lucinda aceptó casarse con Cardenio, pero don Fernando intervino y, a través de engaños y manipulaciones, seguía decidido a casarse con ella en su lugar. Esto llevó a una serie de enredos y conflictos que culminaron en la venta."
Rodrigo observó la expresión de Alonzo, quien parecía más intrigado que nunca. "Voy a empezar el relato otra vez, con más detalles, para que veas cómo todas estas piezas encajan en la locura y genialidad de las aventuras de don Quijote," dijo Rodrigo, esperando que, a la tercera, la historia finalmente se asentara en la cabeza de su amigo.
Mientras Rodrigo y Alonzo conversaban animadamente, un anciano que deambulaba entre las mesas se les acercó y comenzó a hablarles del caballero hidalgo que alguna vez se hospedó en esa venta, y del caos que había provocado. Hasta el día de hoy, lamentaba el vino perdido debido a las fantasías de aquel viejo loco que imaginó que unos cueros de vino eran un gigante que amenazaba a una princesa. El anciano no relataba estas historias con enfado; al contrario, habiendo escuchado la animada charla entre los amigos, quiso intervenir y compartir su propia experiencia con don Quijote.
Rodrigo se sintió emocionado al tener ante sí a alguien que fue testigo de las aventuras de su bisabuelo, considerando esto un golpe de realidad a lo que hasta entonces solo eran historias escritas en un viejo libro. A medida que avanzaba la noche y los clientes de la venta se retiraban a sus habitaciones, el anciano y los jóvenes continuaban conversando animadamente. Pero de repente, sin previo aviso, don Fernando se acercó a ellos de manera violenta, lanzando su daga y clavándola a pocos centímetros del anciano. Con voz seca, ordenó que dejaran de hablar de sandeces y les instruyó a los jóvenes que fueran a dormir, pues al alba reanudarían su camino a Barcelona.
La actitud de don Fernando confirmó a Rodrigo que su misión era evitar a toda costa que Rodrigo se dejara seducir por las historias de su bisabuelo. Con este incidente, Rodrigo empezó a planear cómo eludir la presencia del viejo soldado cuando llegara la oportunidad de encontrar más evidencias de las aventuras de don Quijote en esas tierras. Cabizbajo, decidió ir a dormir, con la esperanza de que el paso de Sierra Morena les revelara sus secretos.
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Fin de la quinta parte de la historia del bisnieto de don Quijote.

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