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La viuda negra.


 —¿Acaso no me vas a hablar? —preguntó la mujer, con una actitud tan arrogante que irritó a Marcelo. Desde el primer momento, supo que no sería buena idea prestarle atención a una desconocida que lo abordaba de esa manera. No es que le faltara personalidad para conversar, pero los términos con los que se había iniciado la charla no le parecían adecuados.

Marcelo se había sentado hacía pocos minutos en una de las bancas de la plaza principal de la ciudad, dispuesto a disfrutar tranquilamente de su helado de cheesecake de frambuesa. No quería perder su tiempo con una persona difícil. Para él, esta improvisada compañía era más una loca de patio que una bella doncella.

—¿Acaso eres gay? —insistió la mujer, ahora con un tono de sorna que francamente molestó a Marcelo. Trató de contener sus ganas de responderle, no tanto por mantener la compostura, sino porque interactuar con ciertas féminas de dudosa salud mental podría ser peligroso.

—Ah, ya entiendo, de seguro eres de esos machos que hablan con las mujeres para demostrar sus dotes de seducción, pero cuando tienen a una verdadera mujer delante, se acobardan como niños —continuó la mujer, moviendo las manos enérgicamente y vociferando, intentando atraer la atención de los transeúntes. La bizarra escena podía parecer, para quien la viera desde lejos, una simple discusión de pareja en una banca de la plaza.

Marcelo deseaba contestarle, pensaba en diferentes respuestas, cada una más sarcástica e hiriente que la anterior, pero sabía que caer en su juego sería peligroso. Su plan desde el principio había sido descansar un momento y disfrutar su helado. Evitó hacer contacto visual con ella en todo momento, enfocándose exclusivamente en su helado y conteniendo las ganas de responderle, mientras ella seguía balbuceando incoherencias sobre lo que las mujeres deben soportar de hombres como él.

De repente, la historia dio un giro completo: una pequeña niña, de no más de cinco años, llegó corriendo a los brazos de la insana mujer, quien parecía ser su madre. En ese instante, Marcelo pensó que nada podría empeorar ya ese desagradable episodio. Sentía pena por la niña, expuesta a la mente enfurecida de su madre, aunque se veía sana y feliz, lo cual lo consolaba un poco.

Ya con la mitad del helado en el vasito, Marcelo le devolvió una mirada a la mujer, con tal profundidad que su mensaje fue claro y obvio. El golpe que recibió la mujer fue evidente; esa mirada de desaprobación había dado resultado y, por un momento, la había derrumbado. Por un breve instante, toda esa altanería se transformó en vergüenza o, al menos, en incomodidad. Marcelo regresó a disfrutar de lo que le quedaba de helado, más tranquilo al haber zanjado toda posibilidad de seguir siendo vapuleado gratuitamente por el hecho de existir junto a una mujer extraña.

Mientras tanto, ella, recuperándose de la afrenta, llamó a su hija y reanudó las hostilidades, hablando sobre cuánto amaba a su hija y que en su vida no eran necesarios los hombres porque definitivamente no servían para nada. A esa altura, Marcelo ya estaba bebiendo el helado derretido que quedaba en el fondo del vasito, pensando en qué camino seguiría a partir de ese momento. No se dio cuenta de por dónde había seguido la mujer ni se preocupó en buscarla con la mirada. Antes de regresar a casa, Marcelo siguió la ruta que tenía acostumbrada por la plaza, ahora reflexionando sobre lo sucedido. A pesar de todo, no quiso entrar en descalificaciones. Años atrás había tenido un romance y una corta relación con una madre soltera, y no iba a ensuciar sus recuerdos por lo ocurrido hoy. Si bien su relación no había funcionado precisamente por esa maternidad y la sombra del padre de la criatura, no estaba dispuesto a ofender a nadie. Clasificó el incidente como una anécdota y siguió su camino de regreso a casa.


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