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Los molinos de viento.


El viaje a Barcelona, calculado en unos veinticinco días, era una empresa en la que se contaban los necesarios descansos y las comidas en las ventas más dignas, conforme a los consejos del Bachiller Sansón Carrasco y confiando siempre en la gracia de Dios para que el clima, el estado de los caminos y los peligros no dictasen un destino distinto. Rodrigo, atrapado inevitablemente en los minuciosos y enrevesados planes de su madre, Antonia Quijano, sabía que su travesía no sería solitaria. Le acompañarían dos escoltas cuya compañía era tanto una medida de seguridad como una manifestación de la sobreprotección de su madre.

Alonzo García, el hijo mayor del Ama de la Hacienda, y don Francisco León, un veterano soldado de los Tercios de Flandes y amigo cercano de su padre, constituían su comitiva. Para Rodrigo, la presencia de Alonzo era un bálsamo de familiaridad y confianza, pues este joven había sido como un hermano, creciendo juntos en la Hacienda y compartiendo innumerables momentos que forjaron su infancia y adolescencia. La relación estrecha y fraternal que mantenían había consolidado un vínculo de confianza inquebrantable en Rodrigo, quien se sentía reconfortado por la compañía de Alonzo en esta audaz travesía. Don Francisco León, por otro lado, no solo era un veterano soldado, sino también un símbolo del control que sus padres querían imponer. Rodrigo sospechaba que sus padres estaban al tanto de lo que había descubierto en la abadía del pueblo, y la presencia de don Francisco era una clara señal de que no viajaría sin vigilancia. Esta adición a su escolta traía consigo un aire de vigilancia y autoridad que dejaba claro que sus movimientos serían monitoreados cuidadosamente.

Rodrigo no podía resistirse a la tentación de seguir los pasos de su bisabuelo, don Quijote, y revivir de alguna manera sus aventuras. Sus padres, obedeciendo la última voluntad de Alonso Quijano, le habían ocultado el valioso legado de su linaje. Sin embargo, gracias a sus ingeniosas artimañas, Rodrigo logró acceder a la biblioteca de la abadía del padre Juan Morales, donde descubrió gran parte de ese legado oculto. Durante una semana, se sumergió en la lectura de las páginas desgastadas por la humedad, devorando con avidez casi todo el primer volumen y gran parte del segundo hasta el gobierno de la ínsula. Esta inmersión en las epopeyas de su bisabuelo avivó en él un fervor inagotable por la exploración y la aventura. Rodrigo sentía que este viaje a Barcelona era la única oportunidad que tendría para experimentar lo que su bisabuelo había vivido. Por fortuna, sabía que podía contar con Alonzo, su fiel amigo de la infancia, para ayudarle a alcanzar sus metas durante el viaje. Alonzo, con su espíritu igualmente aventurero y curioso, era el aliado perfecto; alguien que no solo compartía travesuras infantiles, sino que lo apoyaba incondicionalmente en sus decisiones y acciones.

Sin embargo, la presencia de Francisco León, el viejo camarada de su padre, se erigía como una sombra amenazante sobre su libertad. Rodrigo no podía dejar de sospechar que Francisco había sido enviado para vigilarlo y asegurarse de que no se desviara de su camino hacia Barcelona. Lo que Rodrigo desconocía era que don Francisco simbolizaba, de manera casi irónica, el legado del Caballero de la Blanca Luna, el mismo que había puesto fin a las aventuras de don Quijote de La Mancha. Rodrigo no había podido leer ese episodio durante su incursión a la biblioteca de la abadía, pues el deterioro del segundo volumen del libro le había impedido acceder a esa parte crucial de la historia. Parecía como si el destino, con su juego caprichoso, hubiera incluido al villano en la propia aventura de Rodrigo. Esta vigilancia constante despertaba en él una creciente sensación de rebeldía y un ardiente deseo de independencia. Pero con Alonzo a su lado, Rodrigo se sentía más seguro y confiado en su capacidad para desafiar los obstáculos y seguir su propio camino. La lealtad y el espíritu aventurero de Alonzo eran un contrapeso a la presencia opresiva de Francisco, brindándole a Rodrigo la fuerza y determinación necesarias para perseguir sus sueños y vivencias.

El viaje desde La Mancha comenzó sin grandes dificultades; aunque el clima, a veces caprichoso, no los había retrasado hasta el momento. En la ruta, Rodrigo y Alonso cabalgaban lado a lado, conversando animadamente como los grandes amigos que eran. Unos pasos más atrás, don Fernando seguía ajeno a sus conversaciones, pero mantenía una actitud vigilante ante cualquier amenaza inesperada.

Alonso, observando la distracción en el rostro de Rodrigo, le preguntó qué lo tenía tan absorto. Rodrigo respondió que se preguntaba en cuál de los robles a su alrededor Juan Haldudo había azotado a Andresillo. Con su voz seca, herencia de su madre, Alonso le advirtió que no era prudente dejarse seducir por lo que había leído, y que según su madre, todas esas historias habían secado el cerebro a su amo. Rodrigo, con una sonrisa, le aseguró que su deseo no era revivir la figura del caballero andante; ciertamente, no se imaginaba cabalgando como su bisabuelo, resolviendo entuertos y sinrazones. "Además, si quisiera hacer eso, necesitaría un Sancho a mi lado," agregó, y ambos rieron como lo hacían desde niños. Cabalgando casi todo el día sin detenerse, antes de tomar el camino que los llevaría al paso de Sierra Morena, divisaron a lo lejos los campos dominados por una veintena de enormes molinos de viento. Rodrigo se detuvo para contemplarlos, sus ojos recorriendo la vasta extensión de tierra en la que se erguían estas imponentes estructuras. Recordaba vívidamente las páginas que había leído sobre el encuentro de su bisabuelo con estos gigantes imaginarios, y sentía un anhelo profundo de comprender la visión de don Quijote. 

Mientras observaba los molinos, Rodrigo reflexionaba sobre cómo su bisabuelo había visto gigantes donde él solo veía molinos. No lograba percibir aquellas criaturas míticas, pero estaba convencido, después de leer una y otra vez las historias, de que don Quijote no estaba loco. Rodrigo anhelaba alcanzar esa misma claridad de visión, esa capacidad de transformar la realidad con la fuerza de su imaginación y sus convicciones. Deseaba comprender qué había en el corazón y la mente de don Quijote que le permitía ver el mundo de manera tan diferente. Alonso, a pesar de ser un simple mozo de hacienda, poseía un gran sentido común y un profundo respeto por su amigo. Desde su infancia, Alonso y Rodrigo habían compartido incontables momentos, creando un vínculo fraternal que iba más allá de una simple amistad. Eran prácticamente hermanos, creciendo juntos en la Hacienda, compartiendo secretos, sueños y aventuras. Este lazo tan estrecho hacía que Alonso entendiera las motivaciones de Rodrigo, incluso cuando no las compartía del todo.

Viendo la intensidad en los ojos de Rodrigo, Alonso lo aconsejó con sabiduría: que continuara su viaje y que, tal vez, a lo largo del camino, las cosas se volvieran más familiares para él, o al menos las entendiera mejor. Aunque Alonso pensaba que Rodrigo no debía involucrarse demasiado con las historias de don Quijote, comprendía el deseo de su amigo de descubrir el legado que le habían ocultado toda su vida. Alonso sabía que, en el fondo del viaje de Rodrigo, yacía una búsqueda de identidad y conexión con su pasado, y como hermano en espíritu, no podía dejar de apoyarlo. Rodrigo, alentado por las palabras de Alonso, continuó su camino con la esperanza de que cada paso lo acercara más a comprender la esencia de su bisabuelo y la verdadera naturaleza de las aventuras que había vivido. El deseo de entender a don Quijote impulsaba no solo su viaje, sino también su propio crecimiento personal y su búsqueda de un propósito más profundo.

A medida que el día avanzaba y la temperatura descendía, decidieron pasar la noche en una venta cercana, ya que el clima pronosticaba una noche muy helada. Cuando estaban por llegar, Rodrigo, con un toque de humor, comentó que ojalá los enanos tocaran las campanas y encendieran las almenas anunciando su llegada. Nuevamente, ambos amigos rieron juntos, fortaleciendo aún más su vínculo.

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Fin de la cuarta parte de la historia del bisnieto de don Quijote.

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