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Memorias en la penumbra.


 Cinco mujeres de edad avanzada se encontraban en una habitación dentro de un antiguo museo. Cuatro de ellas estaban sentadas juntas, mientras una permanecía un poco más alejada. La luz que iluminaba el cuarto parecía provenir del exterior, revelando solo las siluetas de sus rostros. Todas eran artistas: algunas escritoras, otras pintoras y una famosa escultora. Sabían que su muerte se acercaba y estaban seguras de que su trabajo sería olvidado. El museo, en un estado de abandono, reflejaba su propio destino. La luz exterior simbolizaba una sociedad vibrante y superficial que había dejado atrás las formas clásicas del arte.

Tiempo después, Aria entró en el museo y llegó a la habitación donde aquellas mujeres habían estado. Notó que una de las paredes había sido vandalizada, lo que le provocó furia al pensar que alguna pandilla de la ciudad había tomado el lugar y lo había convertido en una guarida para sus fechorías. La luz exterior iluminaba tenuemente la muralla, permitiendo a Aria ver un primer rayado: un manifiesto escrito a mano, algo extremadamente inusual en una época dominada por ordenadores y sistemas inteligentes. Aunque no lograba entender todo el texto, una frase se destacó con claridad: "El poeta no debe describir el mundo, sino crear un nuevo mundo".

Junto al manifiesto, Aria encontró dos caricaturas de mujeres con firmas exóticas y artísticas. En el extremo de la muralla, donde la luz apenas llegaba, había una pintura en la que los colores negro y terracota se mezclaban violentamente. Aria no pudo apreciarla completamente debido a la penumbra, pero tropezó con algo en el suelo que le permitió anticipar lo que allí se encontraba. Al adaptarse sus ojos a la escasez de luz, vio que se trataban de las ropas de una mujer adulta que yacía en el vértice de la habitación. "Crypsis", susurró al reconocer la droga clandestina utilizada para la eutanasia, que momificaba el cuerpo. Al revisar los restos, Aria encontró un maletín con viejos papeles diamantes llenos de bocetos de esculturas.

Llevó el maletín a la luz exterior y comenzó a revisar las imágenes: un colibrí, una niña con su gato, una pareja de enamorados, entre otras. Aria se sintió abrumada y comenzó a llorar, conectando con aquel panteón destinado al olvido. Desde pequeña había sido diferente, una humanista anarquista en un mundo materialista y superficial. Pasó varias horas abrazando el maletín en aquella habitación en penumbra. Sabía que nadie se preocuparía por su ausencia y podía quedarse allí indefinidamente. El aroma del cuero la transportó a un lugar lejano, un olor que no podía asociar a ningún animal, ya que nunca había visto un toro o un cerdo.

Perdida en sus emociones, se percató de un pequeño compartimiento en el maletín. Al abrirlo, encontró una tarjeta de memoria y una pastilla de comida autoreplicante. Motivada por su curiosidad, avanzó hacia una unidad de datos que parecía estar funcionando. Con su talento natural para las máquinas, logró conectar la memoria a la consola y descubrir sus secretos. La telepantalla, aunque en parte dañada, le permitió ver con claridad las imágenes proyectadas. Aria reconoció las ropas del cuerpo que había encontrado y el bolso que aún tenía a su lado en una de las personas del video. Comprendió que se trataba de un mensaje final de ese grupo de artistas, alternando grabaciones de cada una de ellas en sus momentos de inspiración.

Aria contemplaba las imágenes con una emoción nunca antes experimentada, viendo a una de las artistas modelar en roca la figura de la niña con su gatito. La consola le explicó que el sonido de la grabación era irrecuperable, pero había al menos veintitrés minutos de video en perfecto estado. Aria pasó toda la noche observando repetidamente esa grabación, conociendo y apreciando el arte de esas mujeres.

Cuando salió del museo, cargando el bolso de cuero y apretando la memoria en su mano, el día comenzaba a despuntar entre los grandes edificios de la ciudad. El aroma a carburo inundaba el aire y el ruido de las máquinas anunciaba un nuevo día de trabajo. Aria, ajena a ese inerte escenario, se sentía renovada, inyectada de una nueva energía. Decidida a iniciar su propio camino en el arte, esperaba con inocencia y alegría alcanzar a sus cinco mentoras algún día y trascender, como ellas lo habían hecho.

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