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Mensaje en una piedrita. Edición aniversario.


—¿Qué estás haciendo? —preguntó Javier con asombro.

—Recojo piedritas —respondió Alexis con una naturalidad y convicción que despertaron la curiosidad de su amigo.

—¿Y por qué lo haces? —insistió Javier.

—Lo hago desde pequeño. Nadie me dijo nada, simplemente sentí la necesidad de recoger las más especiales —dijo Alexis mientras sus ojos se iluminaban al recordar—. Cuando era niño, regresaba a casa desde la playa cargado, con cada una diferente en forma y color, pero todas muy especiales.

—¿Qué tiene de especial una piedra? —preguntó Javier, un tanto escéptico.

Alexis se detuvo un instante y abrió su mano frente a su amigo, mostrando su tesoro con solemnidad.

—Cada una de ellas cuenta una historia, Javier. Lo realmente difícil es conseguir todas las partes —dijo Alexis, con la mirada fija en las piedritas.

—¿Y cuándo te volviste un poeta, amigo? —dijo Javier, sorprendido por la profundidad de sus palabras.

Mientras Alexis recogía las piedritas, Javier no podía evitar sentir que había algo más detrás de esa acción aparentemente simple. Era como si Alexis estuviera siguiendo un patrón invisible, un hilo que lo conectaba con algo más profundo.

¿Y qué hay en esas historias?, le preguntó Javier, curioso.

Alexis se detuvo, miró las piedritas en su mano y sonrió. "No lo sé", dijo. "Simplemente busco las que tienen cierta forma o color y percibo lo que se siente en mi mano. Pero a veces creo que hay algo más. Algo que me conecta con no sé, con otra parte de mí mismo."

Javier lo miró intrigado. "¿Qué quieres decir?", preguntó.

Alexis se encogió de hombros. "No lo sé exactamente. Pero a veces siento que las cosas que hago, las decisiones que tomo, no son solo mías. Es como si estuviera siguiendo un guión que alguien más ha escrito y esas piedritas... son como una conexión con algo que hay más allá de lo que puedo ver."

Javier asintió lentamente, comprendiendo. "Creo que sé a qué te refieres", dijo. "A veces creo que hay una resonancia entre las cosas. Una conexión que va más allá de la casualidad."

Alexis sonrió. "Exacto", dijo. "Es como si el universo estuviera tejiendo un tapiz, y cada acción, cada decisión, fuera un hilo que se cruza con otros hilos y a veces, podemos ver el patrón que se está creando."

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Aquella mañana de viernes, el cielo estaba despejado, algo muy inusual en una ciudad famosa por sus mañanas nubladas, donde el sol apenas asomaba antes del mediodía. Sin duda, era un día perfecto para bajar a la playa y caminar descalzo por la orilla.

Alejandro se despertó con una sensación distinta, casi como si algo lo impulsara a bajar a la playa. Lo curioso era que esta actividad formaba parte de su rutina durante todo el año. La única diferencia residía en que, dependiendo de la temporada, decidía o no caminar descalzo por la orilla. Ya no era el joven de ayer, y mojarse los pies durante un invierno frío podría costarle muy caro a su salud. Pero hoy era viernes, el último del mes de enero, y la temperatura era perfecta.

Siguiendo su acostumbrada rutina, pasó largo rato disfrutando del sol y la brisa mientras recorría cada centímetro del faro monumental de La Serena. Era algo que hacía desde niño, cada verano que visitaba la ciudad junto a su madre. Sabía que era una buena idea comenzar a caminar desde allí, ya que las olas eran más violentas que en el resto de la avenida, y los tesoros que encontraría serían mucho mejores.

Alejandro tenía la costumbre de recoger piedritas de colores y llevarlas a casa como trofeos, distribuyéndolas meticulosamente en el alféizar del ventanal de su habitación. De hecho, en todas las ventanas de su departamento había piedritas de colores que representaban sus diferentes viajes a la playa. Para Alejandro, esos eran sus tesoros, que ciertamente nadie valoraba tanto como él. Era su conexión con su interior, una forma de buscar una armonía interior que anhelaba y que le era efímera.

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Hoy en la playa hay algo diferente. Encuentro piedritas extraordinariamente hermosas. ¡Espera un momento, qué es esto! ¡Oh, de lujo! —exclamó Alexis con la alegría de un niño abriendo regalos en Navidad.

—Debiste haber estudiado geología en lugar de querer ser biólogo, amigo —dijo Javier con tono condescendiente.

—Son cuatro. Necesito solo cuatro piedritas, pero deben ser muy especiales, únicas —dijo Alexis, resuelto.

—Hombre, pero si tienes el bolsillo derecho de tu bermuda lleno de piedras y aún sigues buscando las cuatro más especiales —dijo Javier con humor, viendo el entusiasmo de su amigo.

—No lo sé, hoy siento una fuerte sensación de que encontraré las cuatro más especiales —respondió Alexis mientras esquivaba una ola para alcanzar una piedrita pequeña de color turquesa.

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Frente a él, como un premio destinado solo para él, Alejandro se agachó a recoger una pequeña piedrita de contornos redondeados, perfectamente pulida y de un maravilloso color turquesa. Había recogido muchas piedritas a lo largo de los años, pero esta tenía algo especial. Con el aspecto de un ágata, parecía una joya, aunque solo se trataba de otra hermosa piedrita para su colección. La sensación que lo inundó al levantar la piedrita y apretarla en su mano lo dejó aturdido. Cuando recuperó el aliento, siguió caminando.

Esa mañana de viernes, Alejandro estaba especialmente nostálgico. De vez en cuando, una tristeza profunda brotaba en su interior. Siempre había anhelado ser padre, tener un hijo varón con quien compartir esos momentos y construir las mismas historias que él inventaba cuando recogía piedritas. Aunque había asumido su vida solitaria sin mayores problemas y estaba enamorado de su forma de vivir, innegablemente sentía un vacío.

Mientras caminaba, otra pequeña piedrita de color miel llegó directamente a su pie cuando una ola golpeó cerca de él. Al ponerla en su mano, sintió un escalofrío muy extraño, como si la orilla del mar emanara una energía diferente aquel día. Al llegar a la mitad de su ruta habitual, Alejandro había conseguido cuatro piedritas aquel día, muy distintas a las que recogía habitualmente. A la turquesa y la de color miel, se unían otras dos obsidianas, distintas y parecidas al mismo tiempo.

Alejandro decidió buscar un lugar tranquilo en la arena para sentarse y contemplar su tesoro. Las cuatro piedritas lo sumergieron en un trance profundo, como si, por un momento, estuviera conectado con el viento, la arena, las olas; en comunión con el universo entero.

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"Esas dos son iguales —dijo Javier—. La verde y la amarilla son bonitas, pero las negras me parecen comunes."

Alexis le devolvió una mirada severa, pero esta vez lo envolvía una sabiduría distinta, casi como la de una persona adulta.

"Son turquesa y miel. Las que tú llamas negras son, en realidad, obsidiana y basalto. Muy distintas y muy iguales a la vez."

Javier notó algo nuevo en la voz de su amigo. Por un breve lapso creyó verlo contemplar las piedritas que sostenía en su mano con un fulgor en los ojos que nunca antes había visto. Alexis, después de responderle, dejó su mirada perdida en el tesoro que sostenía en su mano izquierda. Comenzó a sentir que el ruido del mar se hacía más intenso, que el viento le susurraba al oído palabras que no lograba entender. Por tan solo un instante sintió la cálida presencia de su padre. Alexis y su padre eran muy cercanos, lo amaba profundamente, pero en esta ocasión la sensación tenía algo diferente. Era la presencia de su padre y, a la vez, no lo era.

Mientras Alexis se encontraba en ese estado, una vorágine de imágenes aparecieron frente a él. Todas representaban momentos con su padre, desde su niñez hasta cuando celebraron juntos su ingreso a la universidad. También vio la imagen de un monumental faro de color blanco y terracota que jamás había visto antes. Se vio paseando por la playa, observando cómo esa enorme construcción se alejaba de él. Cuando sus ojos se llenaron de lágrimas, volvió en sí y observó a Javier de manera diferente. 

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Hace tiempo, durante un periodo de lucha emocional, Alejandro había soñado, entre delirios y pesadillas, con una versión de sí mismo que tenía un hijo. Este joven universitario, biólogo según recordaba, estaba profundamente conectado con él, en una relación que trascendía las realidades. El consuelo que encontraba en la idea de que, en algún lugar, en alguna realidad, era un buen padre, siempre había sido una fuente de alivio. Hoy, esa dicha lo había alcanzado, emocionándolo doblemente.

Ahora, sentado en la arena, Alejandro contemplaba las cuatro piedritas en la palma de su mano. El murmullo suave de las olas susurraba secretos lejanos, y una paz profunda lo envolvía. En ese preciso momento, sintió una conexión inexplicable, casi mística, con aquel hijo que tanto deseaba. Era como si sus almas estuvieran entrelazadas a través del tiempo y el espacio, unidas por un hilo invisible que trascendía la realidad. Alejandro cerró los ojos y dejó que esa cálida presencia lo abrazara, sintiendo en su corazón una armonía y plenitud que hacía tiempo no experimentaba. Las piedritas, tan diferentes y perfectas en su singularidad, eran el símbolo de esa conexión eterna y profunda, un recordatorio de que, más allá de las palabras y acciones, existen lazos que el alma reconoce y el corazón atesora.


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