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Mira esas zapatillas. Edición aniversario.


Sin meditar demasiado en las posibles consecuencias de mis palabras, exclamé con espontaneidad: "Oye, me encantan tus zapatillas, ¡son geniales!" El joven, visiblemente sorprendido, no supo cómo interpretar mis palabras en un primer momento. Tratando de comprender desde su propia perspectiva, respondió: "Me costaron $130.000 en una tienda de Santiago". No era la primera vez que alguien, buscando retribuir un halago, lo hacía mencionando algo tan superfluo como el costo monetario en lugar de un sincero y honesto "gracias".

Me asombra que, en pleno siglo XXI, las personas parezcan incapaces de recibir un cumplido de un desconocido sin contaminarlo con prejuicios o banalidades. En una sociedad dominada por las redes sociales y el “qué dirán”, una opinión noble y desinteresada parece haber caído en el olvido. Es por eso que con un tono reflexivo y conciliador, respondí: "No te pedí que me dijeras cuánto te costaron, solo quería ser amable y reconocer que tus zapatillas son muy bonitas".

Ambos estábamos tan aburridos esperando ser atendidos en la sala de Servicio al Cliente del banco, que tal vez eso contribuyó a que nuestra conversación fluyera de la manera en que lo hizo. El joven, de aspecto deportivo y visiblemente más joven que yo, parecía haber sido criado en un entorno superficial o extremadamente competitivo. Me costó hacerle comprender que no intentaba incomodarle al preguntar cuánto dinero había gastado en sus zapatillas, lo cual equivaldría a que le preguntara por cualquier otra prenda o accesorio que llevara consigo.

Mientras cambiaba de postura, señalando que la conversación captaba su interés, confesó que desde pequeño había estado expuesto a la constante comparación con sus amigos y compañeros de escuela. Para él, enfrentarse a una opinión desinteresada era algo totalmente nuevo. "Me imagino que ir al gimnasio debe ser aún peor, ¿cierto?". Sorprendido nuevamente por mis palabras, el joven infló el pecho y flexionó los brazos hacia mí, diciendo con ironía: "¿Acaso se nota que hago pesas?". Ambos reímos espontáneamente.

Relató que, aunque nadie le diría nada directamente ni le prohibiría el acceso al gimnasio por usar zapatillas viejas o un pantalón desgastado, eran las miradas de los demás las que finalmente lo desmoralizaban. Compartí con él algunas de mis propias experiencias al respecto, las cuales escuchó con una atención admirable que me sorprendió gratamente. Sin duda, este joven tenía una excelente educación, algo que se hacía evidente en nuestra dinámica charla, una que probablemente no hubiéramos sostenido en otro contexto.

"¿Ve que es cierto?", dijo el joven tras escuchar atentamente mis experiencias. "Todo es apariencia", afirmó con voz firme y resuelta. "En ningún aspecto de la vida se nos permite actuar de manera fácil y sencilla. Definitivamente, todo esto parece una historia de 'Un mundo feliz'". En ese momento, mi mente explotó, sorprendido al encontrarme con un joven deportista haciendo referencias literarias. Me reprendí por mis prejuicios, pero comprendí que las posibilidades de que nuestra conversación tomara ese rumbo eran realmente excepcionales.

"¿'Un mundo feliz' de Huxley?", pregunté, con tono de sorpresa e interrogación. El joven confesó que era el libro que más recordaba de su enseñanza media, porque muchas de las cosas que había leído resonaban con su propia experiencia en cuarto medio. Con ese punto en común, nuestra conversación comenzó a tomar giros más complejos. Argumentamos sobre el pádel, el surf y, nuevamente, sobre el gimnasio, volviendo una y otra vez a la idea del "Mundo Feliz" predicho por Huxley.

Finalmente, cuando ambos caímos rendidos en el primer punto aparte de nuestra conversación, nos devolvimos mutuamente una sonrisa infantil de resignación y terminamos lanzándonos en nuestros asientos como si la realidad nos hubiera derrotado a ambos. Sin duda, fue un momento especial.

"¿Por qué no usa usted estas zapatillas Jordan también?", preguntó el joven con un tono tan inocente que me dejó sorprendido. En mi afán por mantener mis prejuicios de viejo tonto, le expliqué que consideraba esas zapatillas más apropiadas para gente joven o muy deportiva, y que, claramente, yo no encajaba en esa categoría.

"Son solo zapatillas", respondió con una madurez reflexiva que me dejó perplejo, haciéndome reprochar por haber supuesto que estaba hablando con alguien superficial. Según el joven, muchas cosas que aparentemente están diseñadas para un público específico terminan siendo utilizadas por personas muy diferentes a las que los diseñadores o publicistas tenían en mente.

"Ya ve usted, Benetton o Armani, al menos en Chile no son marcas del segmento al cual fueron destinadas originalmente". Lo dijo con tanto sarcasmo que ambos volvimos a reír cómplices e infantilmente, afirmando su punto.

"S45 ventanilla 2" apareció en la pantalla, acompañado de una breve melodía que anunciaba el turno del joven. Cuando se levantó para dirigirse a la ejecutiva, se quedó un momento frente a mí, y pude contemplar lo alto y fuerte que realmente era. Sin embargo, lo observé sin prejuicios y, con una satisfacción enorme, estreché su mano, que apareció frente a mí acompañada de un cordial saludo y buenos deseos de su parte.

Seguramente no lo volvería a ver y todo se convertiría en un recuerdo para ambos, pero estábamos seguros de que el intercambio de buenas vibras había sido beneficioso para los dos. Por cierto, creo que el joven me inspiró a decidirme a conseguir mis primeras Jordan. Pensar en esa idea me hizo esbozar una sonrisa boba mientras seguía esperando mi turno.


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