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Tierra de gigantes. Edición aniversario.


Tres centímetros separaron a ese hombre de alcanzar su sueño de ser considerado socialmente una persona alta. Peor aún, con los años, el promedio de estatura en su país se había disparado, por lo que ese metro ochenta que anhelaba ya no le servía para nada. Sin embargo, toda su vida supo administrar muy bien su complejo, transformándolo en un singular hobby: coleccionar gigantes.

Desde la secundaria, durante sus largos desplazamientos al liceo, desarrolló la costumbre de estar atento a la fauna urbana de Santiago, percatándose hábilmente de la aparición de seres de fenomenal tamaño. Apenas avistaba a uno de estos titanes, lo observaba con detenimiento para alimentar su bitácora personal sobre los comportamientos clásicos de los seres sobrenaturales. Luego se ingeniaba para acercarse lo más posible y constatar empíricamente la monumental diferencia de tamaño. Todo era parte de un juego personal que no compartía con nadie, pues sabía que nadie realmente entendería sus travesuras.

Con los años, en uno de sus trabajos, conoció a Jaime, un colega cercano que, de manera insólita, compartía el mismo trauma-hobby. Por primera vez en su vida, sentía que no estaba loco, que había más personas que enfrentaban su misma realidad y que eran capaces de sobreponerse creando una especie de entretenimiento que los consolaba en lo más profundo. Lo más desquiciado era que cada vez que viajaba en el tren subterráneo de la ciudad, repetía la misma rutina de la secundaria y, si era posible, capturaba una fotografía del individuo, que después de analizar detenidamente, siempre borraba.

Hoy se había propuesto ir de compras para renovar algunas prendas viejas y aprovechar las ofertas de fin de temporada. Como era lógico, comenzó a caminar despreocupadamente, sin seguir ningún plan predeterminado. Ir de shopping nunca había sido su actividad predilecta. Distraído en sus pensamientos, no notó la presencia de un singular individuo, vestido todo de azul y con aspecto intimidante. Era llamativo encontrar a un guardia de seguridad con un físico fuerte y una altura de más de dos metros. Al verlo, la misión del día de buscar ofertas quedó atrás. Inmediatamente, todos sus movimientos se enfocaron en observar a este gigante y estudiarlo con detenimiento.

La fase uno de su hobby tuvo que ser llevada a cabo con más cuidado del acostumbrado. Las personas que visitaban el boulevard recurrían exclusivamente a él para solucionar sus problemas, ya fuera porque era el único guardia disponible o porque su personalidad era muy afable y atenta con todos. Sin embargo, su personalidad no se correspondía con su rostro pétreo y su caminar hercúleo, pero tal vez eso era precisamente lo que lo hacía especial.

Cuando llegó a la fase dos de su desquiciado hobby, tuvo que intentar muchas y diferentes aproximaciones para quedar a pocos centímetros del gigante y constatar su significativa diferencia. “Dios mío, estoy más cerca de su pezón que de su axila”, dijo, a punto de perder el aliento por la impresión. Luego buscó un lugar seguro para sentarse y reflexionar sobre sus hallazgos. Realmente admiraba a ese gigante, pues nunca antes se había topado con un espécimen de tales proporciones. Al mismo tiempo, se dio cuenta de que ya no era el niño de la secundaria ni el encargado de courrier que viajaba en Metro con su cómplice. Ahora era un hombre más viejo y con más personalidad.

Por un breve instante, pensó en armarse de valor y entablar una pequeña charla con el gigante, decirle que lo admiraba y preguntarle cuán titánica era su estatura. Sin duda estaba dispuesto a hacerlo, pero su sentido común le decía que tal vez el gigante llevaba toda una vida sufriendo el acoso de toda clase de personas diminutas, que lo abrumaban siempre con las mismas preguntas: ¿cuánto mides? ¿cuánto calzas? Y también con las típicas bromas desubicadas y repetitivas de los chilenos hacia las personas altas. Decidió empatizar con el fastidio del gigante y frenó todos sus impulsos de molestarlo. Al mismo tiempo, la empatía fue reemplazada por un fastidio personal que le agrió el ánimo. ¿Por qué no podía decirle a su héroe gigantesco cuánto lo admiraba? Seguramente por las reglas no escritas de la sociedad chilena, que dictan que es mal visto decir algo bueno a un desconocido. Por el contrario, nuestra sociedad ha preferido especializarse en juzgar y criticar antes de compartir una palabra de aliento.

Se hundió en esas cavilaciones y terminó por ennegrecer aún más su ya deprimido estado de ánimo. Mientras discutía consigo mismo, no se percató de que el guardia gigante había desaparecido, negando cualquier posible desenlace a sus intenciones. Esa tarde se fue del boulevard sin comprar nada y sin haber hecho realidad uno de sus sueños. Sin embargo, algo despertó en él, permitiéndole salir de ese estado. Se prometió que la próxima vez que encontrara a ese guardia gigante, no escatimaría esfuerzos en acercarse, estrechar su colosal mano y decirle cuánto lo admiraba. Estaba decidido a hacerlo, sin importar ninguna objeción social, sólo le importaba conocer en persona a este coloso.

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