Las palabras del anciano, impregnadas de un misticismo que resonaba en lo más profundo del ser de Rodrigo, le hacían estremecer. Sin embargo, una enorme barrera se interponía en su camino: el control implacable de don Fernando. En su mente se desarrollaba una batalla, y sus pensamientos se hundían en un abismo de silencio. Don Lorenzo, con una aguda percepción de la lucha interna del joven, esbozaba una sonrisa que irradiaba una serenidad tranquilizadora. Anunciaba que tenía un plan para ayudarle. Juntos encontrarían la manera de escapar y descubrir la verdad que tanto anhelaba. Una chispa de esperanza iluminaba el rostro de Rodrigo. La posibilidad de desentrañar los misterios de la cueva y el legado de su bisabuelo comenzaba a tomar forma en su mente. Con don Lorenzo a su lado, el joven sabía que su viaje hacia la verdad estaba apenas comenzando.
Durante el almuerzo, don Lorenzo los atendía con la hospitalidad reservada a los más ilustres huéspedes. La mesa, adornada con una elegancia que desafiaba el paso del tiempo, ofrecía un festín de sabores y aromas. Alonzo, el más sorprendido de todos, se retorcía incómodo en su asiento, sintiéndose inadecuado entre los demás comensales. Don Lorenzo, percibiendo su incomodidad, dirigió la conversación hacia él, inundándola con historias sobre haciendas y plantaciones. Hablaron que administrar una hacienda era una tarea colosal, cada detalle, desde el cultivo de las tierras hasta el manejo de los trabajadores, requería una precisión casi militar. La conversación fluía con naturalidad hacia los desafíos de la administración, y Rodrigo, inspirado por el tema, hablaba del rol fundamental de su madre en el buen funcionamiento de su hacienda, elogiando su capacidad para mantener todo en orden. Su madre era el pilar de la hacienda, decía Rodrigo, con una mezcla de admiración y orgullo. Su dedicación y conocimiento aseguraban que todo marchara a la perfección. Don Lorenzo, asintiendo con aprobación, mostraba sus ojos brillando con una chispa de interés genuino. La madre de Rodrigo era una mujer admirable, le recordaba a los viejos tiempos, cuando la dedicación y la firmeza eran la clave del éxito. Con estas palabras, don Lorenzo ponía en marcha su plan, ese plan que había prometido ayudaría a Rodrigo.
Buscando atraer la atención de don Fernando, quien hasta ese momento había permanecido en un mutismo casi reverencial, don Lorenzo hablaba de sus campos de olivo, administrados por un férreo capataz, un antiguo maestre de campo que, irónicamente, había triunfado en otros campos también. La risa de don Lorenzo, aunque forzada, lograba su cometido. Don Fernando, cuya curiosidad había sido despertada, rompía su silencio, preguntando si podría conocer a ese hombre. La verdad, cuidadosamente oculta tras la anécdota, era que el capataz era un ávido lector de los libros de infantería de la biblioteca de la hacienda. El plan de don Lorenzo era simple pero efectivo: distraer al soldado con historias o, si la oportunidad lo permitía, con la bebida. Con una sonrisa satisfecha, don Lorenzo reconocía que su plan había dado resultado. El interés de don Fernando significaba que la primera parte de su estrategia estaba en marcha. Rodrigo, observando el desarrollo de los acontecimientos, sentía una chispa de esperanza. Sabía que, con don Lorenzo a su lado, podría encontrar el camino hacia las verdades ocultas que tanto anhelaba.
El día transcurrió con apacible precisión en la Hacienda de don Lorenzo de Miranda. Se organizaron visitas a las plantaciones, y don Fernando y Alonzo, guiados por el capataz, se adentraron en los vastos terrenos que componían la hacienda. Mientras avanzaban por los senderos bordeados de cultivos, el capataz, con voz firme y segura, relataba las historias de las batallas en las que había participado, cautivando la atención de don Fernando, cuyo rostro se iluminaba al escuchar las hazañas de otro soldado. Rodrigo, por su parte, observaba cada movimiento con atención meticulosa. Había captado las intenciones de don Lorenzo durante el almuerzo, y no tardó en alertar a Alonzo para que no cayera en la trampa. Alonzo, sorprendentemente, se mostró más comprometido que nunca. Desde que habían partido de La Mancha, su escepticismo había desaparecido, reemplazado por una lealtad inquebrantable hacia su amigo. Le aseguró que tendría los caballos listos y que estaría preparado para partir hacia la cueva en cualquier momento.
El plan seguía su curso con una precisión casi militar. Don Fernando, seducido por la personalidad firme del capataz, pasó casi todo el día hablando de batallas y estrategias militares. La conexión entre ellos era evidente, y don Lorenzo no perdió la oportunidad de fomentar esta relación. Cuando llegó la hora de la cena, y el día concluía sin mayores contratiempos, don Lorenzo incluyó al capataz como su quinto invitado. La mesa, una vez más, se llenó de sabores y aromas exquisitos, mientras las conversaciones giraban en torno a historias de valor y sacrificio.
El capataz, siguiendo las instrucciones de don Lorenzo, se sentó junto a don Fernando y comenzó a hablar con él con una familiaridad recién adquirida. Mientras los demás comensales conversaban sobre temas triviales, estos dos hombres profundizaban en recuerdos de campañas militares y estrategias de guerra. Las risas, aunque forzadas en ocasiones, fluían con naturalidad, y las copas se llenaban y vaciaban al ritmo de la charla animada. Rodrigo, observando el desarrollo de los acontecimientos, sintió una chispa de esperanza. Sabía que esa noche era crucial. Con don Fernando distraído, él y Alonzo tendrían la oportunidad perfecta para poner en marcha su plan. La cena transcurrió sin incidentes, y al final, don Lorenzo se levantó, alzando su copa en un brindis. —Por los hombres valientes y por las grandes empresas que nos esperan —dijo, mirando a cada uno de los presentes, pero deteniéndose un segundo más en Rodrigo y Alonzo. Al concluir la cena, don Lorenzo hizo un gesto discreto al capataz, indicándole que mantuviera a don Fernando entretenido. Los dos hombres se retiraron a una esquina del salón, donde continuaron su conversación, ahora más distendida gracias al vino.
Don Lorenzo, utilizando la reserva especial de su padre, hizo que su capataz y el viejo soldado bebieran ginebra y anís mientras compartían historias de grandes batallas. El ambiente se llenó de risas y camaradería, reforzado por la calidez del licor. Rodrigo y Alonzo, aprovechando el momento, fingieron retirarse a sus aposentos para dormir. En lugar de ello, se dirigieron directamente a las caballerizas, donde sus yeguas ya estaban listas, gracias a la ayuda de uno de los pajes de la Hacienda de don Lorenzo.
Sin ser vistos, salieron del comedor y se dirigieron al establo. Las sombras de la noche les ofrecían un velo protector mientras se preparaban para partir hacia la cueva. Rodrigo sabía que cada minuto contaba, y su corazón latía con fuerza ante la expectativa de lo que estaba por venir. Con un último vistazo a la mansión iluminada, montaron en sus caballos y se adentraron en la oscuridad, con la determinación de quienes saben que el destino está en sus propias manos. La cueva, y las verdades ocultas que guardaba, los esperaban.
Menos de una hora de viaje, que para Rodrigo fue una eternidad, les tomó a los tres llegar a la cueva de los Montesinos. El paje de la Hacienda que los había acompañado, tan robusto como Alonzo y cargado con antorchas y sogas, dispuso de todo para ayudarlos en su aventura. Rodrigo estaba muy emocionado, y nuevamente su mente se sumergía en las historias que había leído en la abadía. Sin embargo, estar en este lugar le provocaba una sensación muchísimo más intensa. Alonzo y el paje ataron uno de los extremos de la soga a un enorme roble que dominaba el lugar y, con el otro extremo, armaron un arnés que Rodrigo usaría para descender. Los amigos se abrazaron mutuamente, llenos de emoción, y no fueron necesarias las palabras en ese momento, pues ambos se sentían cómplices de la misma aventura.
Rodrigo bajó sin complicaciones y pronto se dio cuenta de que la antorcha que llevaba no era necesaria, ya que la cueva poseía una tenue iluminación propia. Una luminosidad fúngica emanaba de las rocas, pensó Rodrigo, lo que le daba a la cueva un aspecto mágico. Cuando llegó al fondo, habiendo descendido aproximadamente unos diez metros, sintió que su corazón se escapaba de su pecho. Comenzó a avanzar, tanteando las rocas y el suelo con mucho cuidado. El aire estaba impregnado de humedad y un ligero eco resonaba en la cueva, amplificando sus pasos. Rodrigo, con los sentidos agudizados por la mezcla de excitación y temor, avanzaba lentamente, maravillado por el resplandor surrealista que emanaba de las paredes. Su mente evocaba leyendas de tesoros y secretos ocultos, cada historia de la abadía cobrando vida en cada paso que daba.
La cueva se abría ante él, revelando cámaras y pasadizos que parecían infinitos. Rodrigo sentía una conexión profunda con el lugar, como si estuviera destinado a descubrir los misterios que aguardaban en sus entrañas. Con cada metro que avanzaba, su determinación se fortalecía. Sabía que esta aventura era más que un simple descubrimiento; era una oportunidad de redención, de encontrar respuestas a preguntas que habían atormentado su alma durante años.
Las sombras danzaban a su alrededor, proyectadas por la luz fúngica, creando figuras fantasmales que susurraban secretos y fantasías de caballeros. Rodrigo sabía que debía permanecer alerta, pues aunque el lugar irradiaba una belleza etérea, también escondía peligros desconocidos. Continuó su camino con paso firme, decidido a enfrentar cualquier desafío que se le presentara en su búsqueda de la verdad.
---
Fin de la séptima parte de la historia del bisnieto de don Quijote.

Comentarios
Publicar un comentario