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Verano en familia.


"Me chupa un huevo", respondió Ezequiel a su primo cuando este le preguntó si le daba vergüenza andar sin polera en la playa. Para él, la apariencia física nunca había sido un conflicto interior. Desde niño, siempre se las arreglaba para jugar a la pelota con sus primos, y prefería una buena parrillada a cualquier gimnasio. Su lógica era simplista: no dedicaría un solo segundo a preocuparse por la estética.

Isabella, su madre, siempre le reclamaba por su colesterol y diabetes. Ezequiel, de malas ganas, había ido al médico una vez, y curiosamente, no tenía ningún problema de salud "de preocupación mayor", como le había dicho a su madre al mostrarle los resultados de los exámenes.

Su primo Ciro, un pibe de doce años, recién estaba aprendiendo a vivir. Pasaba pegado a las redes sociales, con la mente influenciada por los estereotipos. Ezequiel sabía que se enfrentaba a una realidad con la que no podía competir. Sus amigos del barrio de Tres Cerritos en Salta hacían mil deportes, iban al gimnasio desde pequeños, y en general, había que admitir que las personas al otro lado de los Andes tenían bien internalizado en su ADN el estilo de vida deportivo. A Ezequiel, sin embargo, le importaba un carajo. "Cada uno disfruta la vida a su manera", respondía siempre que alguien intentaba evangelizarlo con un estilo de vida saludable, mientras él disfrutaba de sus sándwiches de doble milanesa con queso y tomate para el desayuno.

Ese verano, la familia se fue de vacaciones a Coquimbo y no pasaban desapercibidos. Gabriel y Benicio, primos por parte de padre, eran dos adonis de esos que provocan esas otras emociones que son raras y confunden mucho, muy diferentes a Ezequiel. Sin embargo, él lucía sin pudor su panza gigante y jugaba con sus primos en la pequeña cama elástica. Abigail, su prima menos querida, comentó a mamá Isabella cuánto desentonaba Ezequiel entre sus primos. Igual de frívola que su hijo Ciro, no comprendía la despreocupación de Ezequiel por su cuerpo. Pero él, con la distancia o la sagacidad del gordo, le respondió al vuelo: "Calláte, prima, que vos no sos precisamente un palo", gritó mientras caía sobre Benicio, aplastándolo contra la arena.

A diferencia de Abigail, Gabriel y Benicio siempre trataron a Ezequiel con igualdad. Nunca lo menospreciaron, solo bromeaban como hombres, pero siempre fueron un trío inseparable. Delfina lanzó una mirada de desaprobación a su hermana y le dijo que cuándo iba a madurar y dejar de preocuparse por la apariencia. "No me banco que te preocupes tanto por la salud", dijo con severidad. "Pensá en el ejemplo que le das a tu hijo". Ciro, por suerte, no presenció el espectáculo de su madre, ya que fue el primero en entrar al agua.

Para los que estaban en la playa ese día, era imposible no ser espectadores: los gritos y risas de ese grupo singular contagiaban a todos. El juego se detuvo cuando mamá Isabella los llamó, sacando de la canasta el termo y los mates. Ciro, aún en el agua, no atendió el llamado. Cada año, familias similares llegaban a la playa de Peñuelas, y sin conocerse entre ellas, lograban establecer una bonita camaradería en torno a un mate.

El grupo seguía las órdenes de su matriarca: cuando mamá Isabella dijo "vamos al agua", Ezequiel, Gabriel, Benicio, Abigail y Delfina se levantaron de inmediato. Gabriel empujó a sus primos para motivarlos a competir por quién se lanzaría primero al mar. "Ya son grandes, ¿cuándo van a dejar de hacer macanas?", dijo Abigail, pero nadie la tomó en cuenta. A mamá Isabella, la carrera le recordó cuando eran niños y los llevaba a la orilla agarrados de la mano. Verlos ahora, grandes y unidos, era todo lo que podía pedirle a la vida, sin espacio para los comentarios de Abigail.

Sorprendentemente, Ezequiel fue el primero en llegar al mar. Estaba más cerca de la orilla y acostumbrado a las ocurrencias de su primo. Verlo entrar al mar fue un espectáculo singular. Al rato, Delfina lanzaba agua a Abigail, y esta devolvía el ataque, riendo como niñas. Mientras tanto, mamá Isabella encontró a Ciro en la orilla, mostrándole unas pequeñas pulguitas que había capturado.

"Ezequiel, no te vayas tan adentro", dijo mamá Isabella con su voz de mando. Pronto, todos se reunieron alrededor de Ciro y su abuela, curiosos por los bichitos con los que el nene jugaba. A Ciro le molestaba que lo llamaran "nene", pero con mamá Isabella cerca, no se atrevía a contestar a sus primos. La escena se volvió graciosa cuando Benicio y Gabriel se lanzaron al suelo a buscar los bichos de Ciro, "pulgas", corregía Delfina, quien también se unió a la búsqueda.

"¿Qué te sucede, mamá Isabella?", preguntó Ezequiel. "Nada", respondió ella, "solo estoy feliz de estar con mi familia y verlos actuar como niños". "Lo somos por vos, sabés. Tú nos das la energía para ser así", respondió Ezequiel.

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