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Entre la fuerza y el miedo.


El espejo del cuarto compartido en la residencia se había vuelto el santuario de Tomás. Mañana y noche lo buscaba con ansiedad, contaba líneas en su abdomen como si fueran monedas en una alcancía. Había dejado de ser el flaco de colegio, ahora tenía hombros anchos, venas marcadas, esa dureza que arrancaba miradas en el gimnasio. Y sin embargo, de pronto, en la superficie brillante ya no había orgullo sino un temblor. El pecho le latía raro, demasiado rápido, como si adentro alguien aporreara las paredes.

¿Será normal esto? ¿O me estoy echando algo encima?. Recordaba los polvos, los batidos, las cápsulas que le vendieron en la sala de pesas, y se convencía: era el precio del progreso, ¿no? Pero… ¿y si no? ¿y si me está cagando el cuerpo de verdad?.

Se dejó caer sobre la cama, los codos en las rodillas, la cara entre las manos.

Diego, desde la litera de arriba, lo miraba sin decir nada. Lo conocía demasiado bien: esa respiración entrecortada no era solo cansancio. Bajó, se sentó frente a él.

—¿Qué onda, hermano? Te veo pal pico.

Tomás se mordió el labio. Dudó. Luego las palabras se le escaparon en voz baja: que la había cagado, que llevaba semanas metiéndose cosas para crecer más rápido. Al principio era la raja, fuerza, energía, todo subiendo. Pero ahora dolía, ahora el cuerpo protestaba. Y tenía miedo.

—¿Miedo de qué? —Diego fruncía el ceño, aunque trataba de sonar tranquilo.

—De estar enfermo, hueón. De que me pase algo… de que un día no despierte.

Diego lo escuchó, y en su cabeza la frase se repetía: lo sabía, se estaba sobreexigiendo. Quiso retarlo, decirle que era un estúpido. Pero no servía de nada. Lo que Tomás necesitaba era otra cosa.

—Mira, loco —dijo al fin, poniéndole la mano en el hombro—, si estás mal, no hay que hacerse el fuerte. Vamos al médico. Si no es nada, bacán. Y si es algo, mejor pillarlo ahora. No te podí’ quedar con la duda.

Tomás levantó la vista. Los ojos húmedos, la mandíbula apretada.

—Me siento un imbécil, Diego. Todo este esfuerzo… y capaz que me esté matando solo.

—No, no eres imbécil —respondió su amigo, casi con torpeza, pero con una convicción que no admitía réplica—. Somos cabros, todos nos mandamos cagadas. La diferencia es si seguimos tapando el hoyo o si hacemos algo.

El cuarto quedó en silencio. Desde el pasillo llegaba la risa de otros estudiantes. Tomás pensaba que tal vez Diego tenía razón. ¿Y si el doctor confirma que estoy cagado? ¿Y si ya es tarde?… Pero, ¿y si no, y todavía estoy a tiempo?.

Diego no dijo más. Se limitó a quedarse ahí, con la mano firme en su hombro, como ancla.

Tomás respiró hondo, tragó saliva. —Ya… vayamos mañana. Pero no me dejís solo.

Diego asintió. —Obvio, hermano. Vamos juntos.

La escena quedó abierta, suspendida en ese filo donde la fuerza y la fragilidad se confunden. Y aunque no había certezas sobre el cuerpo de Tomás, algo sí se intuía: la verdadera versión de uno mismo no se mide en músculos, sino en la capacidad de reconocer el miedo y dejarse sostener por quien no huye.

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