El sol a esa hora no bronceaba: castigaba. Sentía su peso en los hombros, en la nuca húmeda de sudor, en los muslos tensos que ni el bloqueador podía salvar. Todo el resort parecía sudar conmigo, aunque la diferencia es que yo no podía escapar ni refugiarme bajo la sombra de una sombrilla con cerveza en la mano. Yo estaba atrapado en mi silla de plástico blanco, ese trono barato que me alzaba apenas un metro del suelo y que, a la distancia, debía darme cierta autoridad, cierto aire de seguridad, como si estuviera al mando de todo lo que ocurría en la alberca. Desde ahí debía parecer controlador, dueño del escenario. Eso supongo. Así debe imaginarlo la gente.
Todos piensan que ser salvavidas en un resort caribeño es un privilegio: bronceado gratis, uniforme que marca el cuerpo, la posibilidad de ser visto sin pedirlo, morras que sonríen de reojo, chavos que envidian o imitan. Y sí, a veces funciona de esa manera. Hay miradas que me alimentan aunque lo niegue, aunque finja que estoy concentrado en los niños corriendo al borde o en el turista que se pasa de listo. Yo tenso los músculos de manera automática: el pecho, el abdomen, los brazos. Mi coreografía de defensa. Mi mentira cotidiana. Mi manera de existir.
Lo que nadie ve es la cifra tatuada en mí, esa marca de agua imposible de borrar: metro sesenta y cinco. Esa condena que cargo desde niño, ese recordatorio permanente de que la vida se juega también en centímetros, en la forma en que otros te perciben al entrar a una habitación o al pararte junto a alguien más alto. Ninguna pesa, ninguna rutina de fierros, ningún suplemento ha logrado estirar lo que no se estira. Todos creen que soy frívolo, que lo único que me importa es el espejo, la selfie, el aplauso silencioso de los turistas. Y sí, en parte tienen razón, porque esa frivolidad me ha salvado de ser invisible. Pero lo que no saben es que debajo de esta piel apretada hay inseguridad, un vacío que me muerde todo el tiempo, un hueco que no se rellena con bíceps ni con abdominales. He trabajado cada músculo como si fueran muros de contención, pero la fisura sigue ahí: mi altura.
Esa mañana llevaba tres horas en la misma postura. Silbaba a ratos, con desgano, para avisar a un niño que no corriera, o movía la mano en dirección a un adulto que intentaba lanzarse de cabeza en la parte baja. El resto del tiempo lo ocupaba en mirar sin mirar, en fingir una atención absoluta mientras en realidad estaba pendiente de mí mismo: de si la piel brillaba demasiado, de si el abdomen estaba lo suficientemente firme, de si la postura me favorecía. La alberca brillaba como un espejo roto. La gente se movía como piezas de un tablero predecible: familias que gritaban más de lo necesario, parejas que discutían en voz baja, borrachos de sol que pedían mojitos a las diez y media de la mañana.
Y entonces escuché las voces. Un grupo de estudiantes, chilenos por el acento. Ruidosos, cargados de celulares, de risas, de esa energía nerviosa de viaje escolar o universitario. Los vi entrar como estampida y los ojos se me fueron directo a él: un flaco desmesurado, huesudo, una torre torpe. Más de dos metros diez, fácil. Sus rodillas parecían no saber dónde apoyarse, su ropa colgaba como si se la hubiera prestado un primo más chico. Nadie podía ignorarlo, y lo supe al instante: todos lo miraban. Otra atracción gratuita para el resort, aunque él no lo buscara.
Me incomodó su sola presencia. Ese cuerpo absurdo me redujo aún más en mi propia silla elevada. Sentí la comparación inmediata, inevitable: yo, metro sesenta y cinco, cada fibra trabajada hasta el cansancio, y él, desgarbado, larguirucho, pero con el privilegio inapelable de la altura. La genética como burla.
Se acercó al borde y preguntó qué tan honda era la piscina. Su voz me sorprendió: grave, profunda, demasiado seria para ese cuerpo que parecía no sostenerla. Respondí automático: un metro ochenta, quizá dos en el rincón. Le advertí que no se lanzara de cabeza. Y no sé cómo, no sé por qué, pero se me escapó lo otro. Dije que me gustaría ser alto.
No lo dije como chiste, ni como comentario ligero. Lo dije con una seriedad que hasta a mí me sorprendió. Fue como abrir una compuerta que llevaba años cerrada. Y lo peor: lo dije frente a un desconocido.
Él me miró incrédulo, como si tratara de leerme, como si no supiera si había escuchado bien. Yo pensé: la neta, sí la cagué, ahora creerá que estoy loco. Pero en vez de reírse o de soltar la frase obvia, dijo en voz baja que envidiaba mi físico, esa firmeza que parecía certeza. Y agregó, casi con vergüenza, que ni siquiera sabía nadar. Lo dijo con un tono juvenil, con esa forma chilena de reírse de uno mismo, como si dijera: “imagínate, con este porte, y no sé ni flotar”.
Ese momento me desarmó. Lo miré con otros ojos. Aquel gigante al que envidiaba, ese poste humano que parecía tenerlo todo, confesaba que no se sentía suficiente. Y ahí entendí. Los dos éramos prisioneros de nuestros cuerpos: yo reducido a un torso perfecto pero bajo, él reducido a una estatura exorbitante pero torpe. Dos espectáculos para los demás, dos heridas invisibles para nosotros mismos.
Seguimos hablando, aunque no recuerdo si eran frases completas o confesiones sueltas, como si las palabras se nos escaparan sin filtros. Él me contó que odiaba las micros en Chile porque nunca cabía, que las camas eran siempre demasiado cortas, que le dolía la espalda de tanto encogerse, de intentar no intimidar. Que le habían preguntado mil veces si jugaba básquet y que lo odiaba, porque era como reducirlo a un cliché, “como si mi vida se resumiera en meter pelotas en un aro”, dijo. Yo le conté lo de la cinta en el marco de la puerta, las marcas que mi madre hacía con ilusión, esperando el milagro del estirón. Le dije que me maté en el gimnasio para compensar, que el espejo fue primero enemigo y luego juez, que trabajé mi cuerpo como quien levanta una muralla para esconder detrás la herida que no se ve.
Reímos en un punto absurdo. Yo le dije que odiaba las fotos con tipos altos porque parecía un niño. Él contestó que odiaba las fotos con gente normal porque parecía un árbol en medio del grupo, “un palo”, dijo, y se rió con esa mezcla chilena de vergüenza y resignación. La risa fue breve, pero sincera. Y por un momento el ruido del resort se apagó, aunque los parlantes siguieran escupiendo reguetón reciclado y los niños corrieran como gremlins descontrolados.
No hubo más. El momento no necesitaba extenderse, no hacía falta alargarlo ni traducirlo en amistad. Se levantó, salió del agua y caminó con un aire más liviano, como si hubiera dejado algo ahí, en la piscina. Su grupo lo llamó a gritos, le pidieron fotos, lo rodearon como siempre. Dudó un instante, aceptó como siempre. Antes de irse, sin embargo, me miró. Esa mirada bastó. No hubo palabras, pero entendí: gracias por no preguntarme si juego básquet. Le devolví otra mirada: gracias por no preguntarme cuánto mido. Ese intercambio fue suficiente.
El día siguió como todos los días. Más turistas, más discusiones ridículas de pareja, más niños que corrían al borde, más música enlatada sonando como loop infinito. Mi turno se alargó como siempre, pero yo ya no era del todo el mismo. Cuando bajé de la silla y caminé hacia la salida, la piscina estaba vacía. El agua sin cuerpos vuelve a ser agua. Me quedé mirándola unos minutos, viendo las luces del fondo brillar como constelaciones lejanas.
Pensé en mi metro sesenta y cinco, en los años de gimnasio, en la cinta pegada en la puerta de la casa donde crecí, en mi madre marcando ilusiones que nunca se cumplieron. Pensé en él, en sus dos metros diez como disfraz imposible, en su confesión de no saber nadar. Y me descubrí sonriendo. No porque mis problemas se hubieran resuelto, no porque de pronto me reconciliara con mi altura, sino porque por un momento alguien había entendido la herida.
Esa noche, mientras la música del resort seguía sonando como pista rayada, pensé en lo absurdo que somos los seres humanos: todos creemos que nos falta algo, todos pensamos que lo que otro tiene nos completaría. Y sin embargo, a veces basta un cruce de palabras, una confesión mínima, una risa compartida para recordar que lo que nos falta es justamente lo que nos hace humanos.
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