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La Rosa Negra.


Eugenio no podía dejar de mirar la flor oscura, casi azulada, que su amigo giraba entre los dedos. La gente pasaba por el paseo Aldunate como si nada, como si no fuera raro ver a dos tipos de casi treinta discutiendo sobre una rosa negra en plena tarde universitaria. Qué ridiculez, pensaba, ¿qué se supone que era eso?

Benjamín sonrió con esa mueca que usaba desde los quince para desarmar cualquier crítica. Ridiculez, no, se decía a sí mismo, magia pura. Y aseguraba que con eso Eugenio podía salvar lo que tenía con Carolina.

Eugenio bufaba. No me jodas, repetía en su cabeza, ¿una rosa negra? ¿Para qué? ¿Para que ella piense que me volví gótico?

Benjamín no se inmutaba. Giraba la flor otra vez, como si escondiera un secreto en cada espina. No era cualquier rosa, pensaba. Una roja se compraba de a docenas, con papel celofán y moño brillante. Bonita, sí, pero vacía. Esta, en cambio, se entregaba sola. Sin adornos. Significaba amor eterno. Era distinta. Real.

Eugenio lo miraba con el ceño fruncido. Había aprendido a desconfiar de las palabras bonitas, sobre todo si venían de alguien con la fama de Benjamín. Tú hablas como si fueras poeta, pensó con cierto ácido en la voz.

Benjamín soltó una carcajada seca. ¿Y no lo era un poco? ¿Acaso se había olvidado Eugenio de las Rimas de Bécquer? Esa vieja profesora los había hecho leerlas hasta el cansancio.

Eugenio dejó escapar una risa breve, incrédula. Claro que se acordaba. Era Benjamín el que se hacía el chistoso con cada verso.

Y aun así él los recordaba, insistía. Mira, no sabía cómo era exactamente, pero decía algo así: “Podrá nublarse el sol eternamente…”. ¿Ves? Amor que no se borra. Carolina lo entendería.

El nombre de ella bastó para apagar cualquier atisbo de sonrisa en Eugenio. Carolina. Siempre Carolina. Apretaba los labios, incómodo. No quería perderla, se repetía, la amaba, pero no sabía demostrarlo. Hablaba y sonaba amargo. O peor: no hablaba nada.

Benjamín lo interrumpía con firmeza. Eso era lo que mataba una relación: quedarse mudo. Carolina no necesitaba discursos ni cenas caras. Necesitaba un gesto que le dijera que la elegían todos los días.

Eugenio bajó la mirada hacia la rosa. El tallo irregular, las espinas sin cortar, el color imposible. Cruda. Simple. Verdadera. ¿Y creía él que con eso alcanzaba?

No, no alcanzaba por sí sola, pensaba Benjamín, encogiéndose de hombros. Pero podía ser el comienzo. Un símbolo. Ella no quería un héroe. Quería a Eugenio. No a su viejo. No a su abuelo. A él.

El silencio se impuso. Eugenio respiraba hondo, como si soltara un peso que llevaba años en la espalda. Lo intentaría, se decía, tomando la flor.

Benjamín lo corregía sin sonrisa. No lo intentes, hazlo.

Habían pasado más de diez años desde que se conocieron, en secundaria, cuando Benjamín ya tenía fama de galán y Eugenio apenas se abría paso entre los códigos heredados de su familia. Su amistad había nacido en los recreos, en esas conversaciones de pasillo que comenzaban con burlas y terminaban con confesiones.

Benjamín siempre hablaba de mujeres. Eugenio siempre hablaba de su padre. El contraste era tan grande que, de algún modo, se volvieron inseparables.

Y ahora estaban allí, en plena universidad, con la misma dinámica de siempre: uno intentando convencer, el otro resistiéndose hasta ceder.

Sabes lo que más rabia me da de todo esto, se dijo Eugenio, mirando hacia el suelo. Que ella tiene razón. Me pide algo tan simple como que no la dé por sentada. Y no puedo. Algo me frena. Me pongo a pensar en lo que diría mi viejo, o mi abuelo, y me sale un muro en la garganta.

Tu viejo ya vivió su vida, respondía Benjamín. Tu abuelo también. Ahora te toca a ti. ¿Vas a repetir la historia o vas a hacer la tuya?

Eugenio lo miraba con una mezcla de irritación y gratitud. Él lo decía como si fuera fácil.

Nunca dijo que lo fuera, pensaba Benjamín. Solo que no era imposible. Y menos si la amaba de verdad.

Eugenio acariciaba el pétalo negro con la yema de los dedos. Era suave, casi aterciopelado, pero había algo inquietante en ese color, como si llevara consigo una promesa peligrosa.

¿Por qué una rosa negra, Benja?, pensaba Eugenio en voz baja.

Porque era única. Porque era un recordatorio de que lo verdadero no necesitaba adornos. Y porque una vez había funcionado.

¿Funcionado? ¿Cuándo?

Hace años, con alguien que no importaba tanto como Carolina, pero que necesitaba un gesto. Le salió del alma. Y entendió que no era solo un juego.

Eugenio lo miraba sorprendido. Nunca me lo habías contado.

Porque no todo se contaba, reflexionaba Benjamín. A veces las cosas importantes se vivían en silencio.

Eugenio guardó silencio también.

Pasaron minutos sin hablar, mientras la tarde caía lentamente. La gente seguía circulando a su alrededor, indiferente al pequeño drama que se desarrollaba en ese rincón.

¿Y si fracasaba?, se preguntaba Eugenio de pronto, con voz ronca.

Entonces lo había intentado, replicaba Benjamín en su cabeza. Y peor era no mover un dedo y verla irse.

Eugenio apretaba la flor con fuerza.

No era un hombre de gestos. Nunca lo había sido. Su vida había sido una suma de silencios, de miradas torcidas, de frases a medio decir. Y sin embargo, allí estaba, con una rosa negra en la mano, dispuesto a romper la herencia de generaciones.

Benjamín lo observaba en silencio, satisfecho. Sabía que detrás de la terquedad de su amigo había un corazón enorme, solo que mal entrenado.

Y esa tarde, en el paseo Aldunate, le estaba enseñando a hablar otro idioma: el del amor.

Eugenio se levantó, decidido. Estaba bien. Lo haría.

Eso quería escuchar, pensaba Benjamín con una sonrisa contenida.

No hubo abrazos ni choques de manos. Solo un entendimiento silencioso entre dos amigos que, a su manera, se salvaban mutuamente.

Eugenio caminó unos pasos, con la rosa apretada en el puño. Benjamín lo vio alejarse y supo que, pase lo que pase, esa noche Carolina recibiría un gesto distinto.

Un gesto verdadero.

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