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Soliloquio al atardecer.


La tarde muere en silencio, como mueren las cosas verdaderas: sin aspavientos, sin siquiera pedir permiso. Las luces de la ciudad empiezan a encenderse una a una, tímidas al principio, como si se avergonzaran de interrumpir la penumbra que cae sobre los tejados y las calles. Son luces que titilan para recordarme que el mundo continúa su marcha, con la obstinación de siempre, aunque yo me haya detenido hace meses en un tiempo suspendido.

Apoyo los codos en la baranda del balcón y miro el mar a lo lejos, un mar que nunca me ha pertenecido del todo pero que siempre me ha servido de espejo. No digo nada, porque no hay palabras que valgan. El aire húmedo me acaricia el rostro, me despeina un poco la barba que he descuidado en las últimas semanas. Adentro, el departamento es apenas un refugio: paredes blancas, una cama desordenada, papeles sobre la mesa. Aquí afuera, en cambio, me pesa la soledad, pero también me sostiene, como si este balcón fuese la última frontera antes de caer en el vacío.

Me descubro otra vez con los ojos húmedos y no me importa. Nunca pensé que llorar a estas alturas me resultara tan fácil. La vida se encarga de volvernos vulnerables cuando creemos estar blindados. Es un llanto silencioso, cansado, que se desliza despacio, como si tuviera miedo de hacerse notar. No grita ni estremece; apenas humedece las mejillas y deja un rastro de sal que me recuerda al mar. Y siempre, en ese instante de desarme, aparece mi madre. Ella, como una sombra luminosa, como un recuerdo que no se resigna a desaparecer. La veo cruzar la puerta, trayendo consigo consejos inoportunos, advertencias repetidas, esa voz que unas veces irritaba y otras curaba sin remedio. Nunca me faltó. Nunca fue ausente. Y quizás por eso ahora su ausencia me duele como una amputación, como si me hubieran arrancado de raíz una parte vital de mí.

Me digo que soy profesor, que el aula es mi territorio, que ahí sigo vivo. Frente a los adolescentes que me miran con la mezcla de desafío y esperanza propia de su edad, siento que todavía cumplo un propósito. Pero aquí, en este balcón, lejos de los pupitres y la tiza, no soy maestro de nada. Soy apenas un hijo que ha perdido a su madre. Me duele admitirlo, porque me gustaría proyectar fortaleza, pero esa es la verdad más pura que tengo: sigo siendo un niño huérfano que añora el regazo que ya no existe.

Recuerdo a mi padre y lo distinto que fue. Con él la relación siempre fue un campo minado de silencios y reproches. Cuando murió, hace diez años, no lloré con este desgarro. Fue más bien un descanso, una reconciliación tardía. Pude soltar el rencor y dejarlo ir sin demasiada resistencia. Con mi madre no hay paz posible. Su partida me ha dejado en guerra conmigo mismo. Me repito una y otra vez sus últimas palabras: “Estoy orgullosa de ti”. Me aferro a ellas como a un salvavidas en aguas turbulentas, pero no siempre alcanzan. No bastan para llenar el hueco de su voz cotidiana, de su mano extendida, de su risa sencilla que convertía la rutina en compañía.

La soledad me acompaña desde hace años, pero ahora es otra. Antes era la soledad que elegía, la que buscaba entre libros, música y silencios prolongados. Era un espacio fértil, incluso creativo. Hoy se ha transformado en un cuchillo que corta sin avisar. Me recuerda que llevo más de veinte años sin compartir la vida con nadie. No tengo pareja, no tengo hijos, y me he convencido de que esa fue mi elección. Pero esta noche, mientras el sol se esconde detrás del horizonte, esa elección se siente como una condena. Hace tres años me cambié de ciudad, buscando nuevos aires, nuevas posibilidades. Y aquí estoy, contando mis penas a una pantalla, porque no sé a quién más dárselas.

Me doy cuenta de lo irónico que resulta: confío más en una inteligencia artificial que en los compañeros que veo cada día. Con ellos comparto pasillos, reuniones, cafés breves entre clases, pero no amistad. Nunca quise llamar “amigo” a lo que sé que es pasajero. Y quizá en eso me equivoqué: he levantado tantas murallas que ahora, cuando necesito compañía, sólo escucho el eco de mi propia voz.

No hay testigos de mi llanto, salvo este cielo que se tiñe de naranja y violeta. Quizás la tarde me entiende, porque también muere todos los días sin que nadie lo note demasiado. Yo, en cambio, noto cada instante, cada vacío, cada palabra no dicha. El mundo se llena de risas ajenas, de conversaciones triviales, de rutinas que no me incluyen. Y yo me aferro a la memoria de una mujer que ya no está, como si en esa memoria encontrara la última razón para seguir respirando.

Me sorprende recordar detalles mínimos: el olor de su perfume, la manera en que me miraba, su insistencia en que comiera más aunque yo dijera que estaba lleno. Pienso en nuestras discusiones, en su manía por dar consejos que yo rechazaba con impaciencia. Qué daría por escuchar uno más, aunque fuese absurdo. La vida está hecha de esas nimiedades que, cuando faltan, dejan huecos imposibles de rellenar.

Sé que mañana daré clases como siempre. Me pondré frente al curso con mi voz firme, corregiré pruebas, exigiré tareas. Quizás incluso sonría, porque he aprendido a vestir la pena con una máscara de serenidad. Pero esta noche, en este balcón, no soy maestro, ni colega, ni vecino. Soy apenas un hombre con pena, un hijo desgarrado. Y aunque me repita que la vida sigue, no logro convencerme. La muerte de mi madre es la única verdad que me habita.

A veces me pregunto si esta tristeza es una forma de fidelidad. Como si mantenerla viva en mí fuese mi manera de honrarla. Pero no es un homenaje; es un lastre. Siento que me arrastra hacia el fondo, que me impide caminar ligero. Y sin embargo, me aferro a él porque temería aún más olvidarla. La memoria se vuelve un campo sagrado donde ella todavía respira, aunque sea de manera frágil.

Recuerdo que de niño, cuando me enfermaba, mi madre se sentaba junto a mi cama y me rascaba el cabello. Nunca dijo nada cuando lo hacía, pero en ese acto había un amor que todo lo curaba. Hoy, enfermo de pena, me falta ese gesto. No hay quien me arrulle, no hay quien me diga que todo pasará. Tengo hermanos, sí, pero ellos viven en sus propios mundos. Nunca compartimos una intimidad verdadera. Son mis hermanos y punto. La sangre nos une, pero la vida nos distancia.

La ironía es que durante años me repetí que era feliz. Me convencí de ello y lo creí. Había días en que lo sentía de verdad, en que la rutina se vestía de luz. Hoy esos momentos son más escasos. La pena se ha convertido en un huésped obstinado, instalado en mis pulmones, en mis huesos, en cada rincón de este departamento.

El mar sigue allá, lejano, indiferente. Las olas rompen con la misma cadencia de siempre, como si nada hubiera cambiado. Y tal vez nada ha cambiado en el mundo, salvo yo. Quizás soy yo quien ha quedado suspendido en un duelo interminable. Me pregunto si algún día volveré a sentirme entero, si alguna vez la alegría volverá a instalarse en mis días sin pedir permiso.

La tarde termina, y yo sigo aquí, atrapado entre la necesidad de seguir y las ganas de detenerme junto a ella, en el recuerdo. El sol desaparece y las luces de la ciudad parpadean con más fuerza. En ese resplandor artificial encuentro una metáfora cruel: la vida sigue, brillante para otros, oscura para mí.

Y sin embargo, incluso en medio de la pena, hay un hilo invisible que me sostiene. Tal vez sea la memoria de sus palabras, aquel “estoy orgullosa de ti” que me dijo con la serenidad de quien se despide. Tal vez sea la certeza de que en el aula, con mis alumnos, puedo aún sembrar algo. O tal vez sea la simple obstinación de seguir respirando.

Mañana volveré a la rutina, porque la rutina es la única cuerda que me ata a la vida. Pero esta noche me permito llorar, me permito hundirme, me permito hablarle al silencio de este balcón. Y mientras lo hago, me doy cuenta de que quizá este dolor no se irá nunca, que aprenderé a caminar con él como se camina con una cicatriz.

Porque al final, la tristeza también es amor. Y si me duele tanto, es porque la quise demasiado.


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