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Teoría del derecho.


Rolo odiaba esa clase. “Teoría del Derecho”, así, con mayúsculas, le sonaba pomposo, inútil, aburrido. Lo único que lograba captar su atención era la idea de que había que aprobarla para poder seguir adelante en la malla. El resto era humo, palabrería de profesores que se creían filósofos. Y él detestaba a los filósofos.

Lo había dicho mil veces en el colegio: “puro hablar de tonteras, nadie gana plata con esas cosas”. En su casa lo aplaudían cuando lo repetía. Su padre se reía, orgulloso de ese hijo que calcaba sus frases frente a los amigos del club. Pero ahora, en la universidad pública, ese eco se desvanecía. Nadie lo celebraba. Nadie se reía con él. En un salón con cincuenta estudiantes de todos los rincones y orígenes, sus comentarios sonaban arrogantes, fuera de lugar, casi ridículos. Eso lo irritaba todavía más.

Lo irritaba, sobre todo, ver a Tonatián.

Tonatián, con ese nombre extraño que parecía inventado, con ese color de piel que lo conectaba con un mundo que a él siempre le enseñaron a despreciar, levantaba la mano sin titubeos. Ni siquiera se ponía nervioso. Hablaba con calma, seguro, como si todo fuera obvio. La profesora lo escuchaba, asentía, a veces sonreía.

Rolo lo observaba con rabia. “¿Cómo este hueón…?”, se repetía, apretando los dientes. No soportaba esa fluidez. No soportaba que un hijo de migrantes brillara en un ramo que él detestaba.

Ese día, la pregunta era simple en apariencia: ¿qué diferencia hay entre una norma jurídica y una norma moral? Rolo intentó responder. Balbuceó algo rápido: que las jurídicas servían porque tenían sanción y las morales no. Un par de compañeros rieron. No con él: de él.

Y antes de que pudiera recomponerse, Tonatián levantó la mano. Explicó la diferencia con ejemplos claros, concretos. No usó palabras raras, pero cada frase caía en su sitio, redonda, impecable. La profesora sonrió satisfecha.

En ese instante, Rolo sintió que la tierra se movía bajo sus pies.

Owen, que estaba sentado unas filas más adelante, lo notó también. No era la primera vez que Tonatián participaba, pero sí la ocasión en que más se lució. Y a Owen, la verdad, la materia le costaba. Leía, pero las frases de los libros le parecían escritas en otro idioma. Ahora, al escucharlo a él, todo cobraba sentido. Casi como si estuvieran conversando en la feria, no en una sala de derecho.

Cuando terminó la clase, Owen lo alcanzó en el pasillo.

—Compadre, ¿tenís un minuto?

Tonatián lo miró, desconcertado.

—Dime.

—¿Me podís explicar esa cuestión que dijiste? Lo de las normas jurídicas y morales… yo lo leo y no me entra.

Tonatián asintió. Se apoyaron contra la pared. Owen preguntaba, él respondía sin vueltas, con ejemplos simples. Norma moral: no insultar a tu mamá. Norma jurídica: usar cinturón de seguridad. Owen lo entendió al tiro.

—Esa era, poh —rió—. Así sí lo cacho. Gracias, hermano.

El “hermano” salió natural. Para Owen, que había crecido entre barras y mancuernas, esa palabra era pura camaradería. No la pensó demasiado.

Tonatián sonrió. No estaba acostumbrado a que alguien de apellido extranjero y ropa de marca lo tratara de igual a igual. Y le gustó.

Rolo lo vio todo. Desde lejos, pero lo vio. Owen, su “casi amigo”, el de los asados, el que siempre andaba en su mismo círculo, ahora hablaba animado con ese indio. Y lo peor: parecía admirarlo.

Sintió rabia. Se preguntó qué tenía ese sujeto que no tuviera él. Sí, era más alto, más fornido, pero eso en su mundo nunca había importado demasiado. Al menos no hasta ahora. Lo que dolía era otra cosa: que además hablara bien, que pensara, que dejara en evidencia lo poco que él mismo tenía que aportar.

En su cabeza apareció la palabra de siempre, la que había heredado de su abuelo: “negro”. La repitió como un conjuro. “Negro”, “indio”. Cualquier cosa servía para rebajarlo y no aceptar que estaba perdiendo terreno.

En la cafetería, Owen volvió a acercarse a Tonatián.

—Oye, ¿y tú cachai caleta de filosofía o qué?

—Me gusta, no más. En el liceo leía harto. No era fácil, pero de a poco se entiende.

—La dura. Yo en el colegio puro deporte, casi ni pescaba esas cosas. Por eso ahora me cuesta.

—No es que seai malo pa’ leer, Owen. Es que nunca te lo explicaron bien.

La frase quedó flotando. Owen la recibió sin defensiva, como un dato. Se rió, aliviado.

—Ya, hermano, entonces vay a tener que darme una mano. Sino, me echan del ramo a la primera.

Tonatián asintió.

Rolo apareció en ese momento. Llegó con su sonrisa de siempre, forzada.

—¿Y ustedes desde cuándo son tan amigos? —dijo, con tono sarcástico.

Owen lo miró, confundido.

—Amigos, no. Le estaba pidiendo ayuda no más.

—¿Ayuda? —Rolo rió corto—. ¿A él?

Tonatián calló. Ese tono ya lo conocía. Lo había escuchado toda su vida. No necesitaba defenderse otra vez. Sabía que el tiempo ponía a cada uno en su lugar.

—Sí, a él —respondió Owen, serio—. ¿Algún problema?

Rolo levantó las manos, fingiendo que nada pasaba. Pero hervía por dentro.

Las semanas pasaron con la misma dinámica. En clases, Tonatián hablaba, aclaraba, se destacaba. Owen lo buscaba más, entendía mejor. Y Rolo se hundía en un resentimiento que no sabía manejar.

La profesora lo notaba. Cuando pedía comentarios al final, Rolo bajaba la vista. Y en contraste, Tonatián hablaba con una seguridad sin arrogancia que desarmaba a todos.

Un día, la profesora lo llamó directamente.

—Rodolfo, ¿qué opinas tú de lo que planteó tu compañero?

Ese “Rodolfo” lo paralizó. Sentir todas las miradas encima lo hizo sudar. Balbuceó un par de frases, sin coherencia. El silencio fue peor que una carcajada.

Y otra vez, ahí estaba Tonatián, levantando la mano para complementar. No lo hacía para dejarlo mal, pero cada intervención era un espejo: su propia insuficiencia reflejada sin piedad.

Owen, en cambio, se sentía cada vez más cómodo. No solo mejoraba en la asignatura, también admiraba la calma de Tonatián. Le impresionaba cómo no caía en provocaciones, cómo hablaba con seguridad sin sonar pedante. Todo lo contrario de Rolo: atrapado en la necesidad de aparentar, incapaz de sostener una idea sin la máscara de la soberbia.

—Sabís qué, hermano —le dijo un día—, me impresiona cómo no te afecta lo que te dicen.

—Sí me afecta —respondió él—. Solo que no les voy a dar el gusto de verme caer.

Owen se quedó pensando. La frase era simple, pero le caló hondo.

Rolo la escuchó desde lejos. Y lo que sintió no fue solo rabia. Fue miedo. Miedo a quedar solo, miedo a que hasta Owen lo dejara atrás.

La prueba llegó rápido. Primera evaluación del ramo. Para muchos, la primera prueba universitaria en serio.

Rolo entró nervioso. La profesora repartió las hojas. Preguntas de Kelsen, normas jurídicas, morales, positivismo. Rolo recordó la sesión de estudio con Owen y, sobre todo, con Tonatián. Recordó cómo lo habían obligado a responder, cómo lo habían tratado de incluir. Escribió. No brillante, pero escribió.

Una semana después, las notas. Promedio bajo. Owen: 82. Tonatián: 94. Rolo miró la suya: 73.

No era un gran logro, pero para él era casi milagro. Sintió alivio y, al mismo tiempo, dolor. Dolor de saber que no era mérito propio.

Owen lo felicitó rápido, casi al pasar. Después, se giró hacia Tonatián.

—Grande, hermano. Sabía que te iba a ir la raja.

Rolo tragó saliva. Por primera vez en mucho tiempo, supo que debía agradecer. No por educación, sino porque sin él habría reprobado.

Se acercó.

—Oye… Tonatián. Gracias.

El otro lo miró fijo. Una pausa incómoda. Luego, una sonrisa breve.

—No me tenís que dar las gracias a mí. Te esforzaste tú.

Owen soltó una risa.

—¡Mírenlo! ¡El Rolo aprobó!

Tonatián lo abrazó sin dramatismo. Un gesto simple. El brazo fornido sobre sus hombros lo envolvió sin esfuerzo. No era un abrazo de celebración. Era otra cosa: el recordatorio de que, por primera vez, estaba siendo tratado como igual.

Y ahí, en ese instante, Rolo entendió. Con el dolor de quien ha vivido sumergido en prejuicios, se dio cuenta de que había necesitado de aquel a quien despreciaba para descubrir que podía ser, al fin, un verdadero ser humano.

No hubo discursos ni reconciliaciones. Solo ese gesto. Esa grieta en una muralla de arrogancia que había heredado y cultivado por años.

Para Tonatián, no fue más que un compañero que aprobó. Para Rolo, fue un terremoto. Una fractura interna que lo obligaba a ver su vida de otro modo.

Por primera vez, se permitió sospechar que quizás el equivocado siempre había sido él.

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