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Un sábado cualquiera.


Llegaron al mirador de San Juan poco después de las diez y media. Esa hora en que el sol comienza a calentar lo suficiente como para incomodar a los que se visten de negro, pero al mismo tiempo se agradece en la piel de quienes cargan una semana de oficinas heladas, cafés recalentados y madrugadas con aire acondicionado. El sol, ese sábado, tenía la amabilidad de un domingo de película. El cielo se presentaba limpio, apenas interrumpido por los edificios que, a lo lejos, delineaban la bahía como si se tratara de una maqueta hecha por algún estudiante obsesivo de arquitectura.

Él apareció primero, aunque llegaron juntos. Era imposible no notarlo: casi un metro noventa, hombros anchos, brazos tensos, el torso marcado que hasta el buzo gris —ese uniforme de gimnasio barato— no lograba disimular. Vestía completo de algodón deportivo: polerón con cierre, pantalones a juego y unas Jordan blancas que brillaban bajo la luz, como si fueran recién compradas. No necesitaba más. Su cuerpo y su cara funcionaban como un pasaporte para pasar por encima de cualquier código de vestimenta. Había gente a la que la ropa la vestía; él, en cambio, vestía la ropa.

Ella, en cambio, se veía más pequeña. Shorts de mezclilla, polera negra ajustada, el cabello largo hasta la mitad de la espalda. Había puesto empeño en arreglarse, aunque no lo suficiente como para parecer arreglada. Una especie de punto medio: natural pero cuidado, un gesto deliberado de no mostrar esfuerzo. Y sin embargo, bastó que lo viera llegar con ese look de trote improvisado para que se le tensaran los labios y se le erizara el tono.

Lo enfrentaba de pie, levantando la barbilla, con el dedo índice alzado como un profesor de secundaria reprendiendo a un alumno. La voz firme, demasiado firme para la hora y el lugar. No hacía falta escuchar cada palabra para entender el guion: lo estaba retando. El crimen: presentarse demasiado informal. Como si al mirador se viniera con terno o con un mínimo de sofisticación. Ella parecía convencida de que esa cita —porque se trataba de una cita— debía respetar cierto ritual, una cierta solemnidad, aunque fuera sábado y aunque estuvieran solos.

Yo, que estaba ahí como casi todos los sábados, con mi café en vaso de cartón y un libro que nunca terminaba de leer, no pude evitar pensar que lo superficial estaba camuflando lo esencial. Ella lo reprendía por la ropa, pero lo que estaba en juego era otra cosa. No era la polera ni el buzo: eran los códigos, las expectativas, la idea de mostrarse como pareja frente al mundo.

Desde mi banco, lo miraba y pensaba: ese hombre podría ponerse una bolsa de basura y aun así habría mujeres dispuestas a girar la cabeza. Con ese cuerpo, con esa mandíbula marcada, con ese aire de deportista que se sabe observado, todo le quedaba bien. Y aun así, ahí estaba ella, insistiendo, transformando el outfit en un símbolo de falta de respeto.

Él parecía soportarlo con paciencia, o con resignación. Contestaba poco, siempre con voz grave, esa voz que parecía arrastrar algo de humo o de radio antigua, una voz de locutor nocturno que calma incluso cuando se niega. Y cada vez que decía algo, ella fruncía más el ceño, como si esa serenidad la irritara. Como si necesitara que él explotara, que él se defendiera con la misma intensidad con la que ella atacaba.

Lo vi dar un par de pasos hacia adelante, cambiar de ángulo, mirar hacia la bahía. Pero no miraba nada. No miraba el agua ni los barcos ni los edificios. Era un mirar vacío, un mirar hacia dentro. Su mente estaba en otro lado, en cualquier lado menos ahí. Ella lo interpretó como una provocación. Y redobló la apuesta: subió el volumen, desempolvó heridas antiguas, trajo al presente pequeñas humillaciones acumuladas y, para colmo, inventó futuros desastres. Discutía por lo que fue y por lo que todavía no había ocurrido.

Y yo pensaba: ¿qué los mantiene juntos? ¿Costumbre? ¿Miedo? ¿La certeza de que romper es más difícil que seguir? Porque lo que veía ahí no era amor, ni siquiera una pelea digna de amor. Era un intercambio burocrático, un papeleo emocional. Ella hablaba, él resistía. Ella buscaba justicia, él buscaba silencio.

Mientras tanto, la mañana se desplegaba perfecta. Sin viento, sin niños corriendo, sin perros callejeros ladrando. Solo un sol amable y un cielo azul que parecía recién estrenado. El mirador, para cualquiera, sería un escenario de postal: un lugar para tomarse de la mano, para dejar que la luz hiciera lo suyo en la piel, para inventarse un recuerdo digno de Instagram. Pero no. Allí, en ese escenario, la pareja elegía la guerra fría de los reproches.

Me descubrí pensando en mi soltería, en esa soledad que tantas veces maldije, que tantas veces interpreté como fracaso. Y sin embargo, en ese momento, la sentí como un lujo. Mejor estar solo que atrapado en un monólogo tóxico. Mejor caminar en silencio que escuchar una letanía de reclamos por la ropa que otro decide ponerse.

Quizá —me dije— el amor contemporáneo se ha transformado en esto: un campo de batalla donde lo banal se disfraza de vital. Discutimos por la ropa porque nos da miedo discutir por el desamor, por el tedio, por el deseo que se apagó. Nos peleamos por la superficie porque la profundidad da vértigo.

La mujer no se detenía. Su voz se volvía una perorata constante, un goteo que parecía no tener final. Él se cruzaba de brazos, la miraba apenas, murmuraba respuestas cortas. Cada tanto, su mandíbula se tensaba. Yo sabía que estaba cansado, que su paciencia tenía fecha de vencimiento.

Y pensé en mí mismo, en mi lugar de observador involuntario. ¿Qué hacía yo ahí cada sábado, viendo escenas que se repetían como capítulos de una serie mal escrita? Porque no era la primera pareja que veía discutir en ese mirador. Ya había visto a otras, con otros cuerpos, otras voces, otros motivos, pero siempre el mismo guion: el reproche, el fastidio, la frustración. ¿Era el mirador un imán para el desencuentro? ¿O era simplemente que el amor, en esta época, se resquebraja en público porque ya nadie sabe esconderlo?

El hombre, finalmente, suspiró. No lo escuché, pero lo vi. Un suspiro largo, de esos que parecen desinflar el cuerpo. Ella lo notó y se encendió más. Y yo, desde mi banco, tuve ganas de gritarles: basta. Váyanse a otro lado. Abrácense, rían, hagan el amor, o sepárense. Pero dejen de desperdiciar el sol.

El tiempo pasaba. La bahía seguía ahí, inmensa, tranquila, indiferente. Ellos seguían enredados en la pelea, como si la vida se jugara en esa diferencia mínima entre un buzo gris y un pantalón formal. Yo bebí el último sorbo de café, cerré el libro que no leía y me puse de pie.

Al final, no hubo beso, no hubo caricia. Solo la sombra de una pelea más, idéntica a tantas otras que volverán a repetirse. Y me fui pensando que el mirador de San Juan se ha convertido en un teatro al aire libre donde el amor se exhibe en ruinas. Un museo de parejas que no saben cómo quererse, un recordatorio de que la soledad, aunque duela, puede ser menos triste que la compañía equivocada.

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